La piel de una gota Kivu
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La piel de una gota

La piel de una gota

Por Cesar Perez Gellida

© inepub.com

Kivu

Cerro de las Contiendas, Valladolid

No suele pasarle. De hecho, no sería capaz de recordar la última vez que lo sintió. Pero no alberga ninguna duda: eso que ahora recorre su cuerpo es miedo.

Le aterra pensar que le pueda suceder algo malo.

Desde que Cristina decidió marcharse, su perra es lo único que le queda.

Lo único que lo mantiene cuerdo.

Lo único que le importa.

Por eso, abrazado a ella sobre el suelo arenoso del parque, no ha dejado de acariciarla desde que empezaron los fuegos artificiales.

—Tranquila, pequeña, tranquila —le susurra.

Pero sigue rígida.

En cuanto ha sonado la primera explosión y el cielo se ha teñido de rojo y verde, Kivu se ha paralizado y ha empezado a temblar.

Con la lengua fuera y los ojos muy abiertos, jadea de manera acelerada y el corazón le late a una velocidad endiablada.

Desde el punto en el que se encuentra, en el mirador de la Dehesa, que corona el cerro de Las Contiendas, sabe que nada puede hacer para evitar que su agudo sistema auditivo siga sufriendo con esos impactos acústicos de más de ciento cincuenta decibelios cada cuatro o cinco segundos.

Impactos que Kivu confunde con fuego de artillería y disparos de mortero.

Si cargara con ella en brazos hasta casa tardaría al menos quince minutos, el tiempo que suele durar este tipo de malditos espectáculos pirotécnicos. Además, puede que ella lo interpretara como una huida, una alarma, lo cual podría ser aún peor.

—Ya está, Kivu, ya está. Tranquila, mi amor, tranquila.

Ni siquiera su voz suena sosegada.

Porque se siente impotente y no está acostumbrado a ello.

Él, a quien sus camaradas conocen como el Témpano por ser capaz de mantener la mente fría cuando otros se bloquean.

Él, que ha seguido a rajatabla la doctrina que un día le inculcó el sargento Canales, su primer instructor: «Para desactivar cualquier artefacto, lo primero que tienes que hacer es aprender a desactivar tus emociones».

Él.

—Vamos, nena, vamos, estás conmigo. Yo te cuido.

Cuidarla: eso es básicamente a lo que se ha dedicado desde que la rescató de aquel poblado lugbara perdido cerca del lago Eduardo, en la República Democrática del Congo, cuando el que había sido su hogar durante los nueve meses que convivió con ellos fue masacrado por una milicia Mai Mai.

Cuando se lo encontró, aquel cachorro atigrado de basenji parecía custodiar la entrada de una cabaña en la que los cinco miembros de la misma familia habían sido asesinados a machetazos.

Aquella sería su última misión en África antes de ser licenciado por problemas psicológicos y, desde entonces, cuidarla se ha convertido en lo único que daba sentido a su vida.

Su compañera.

Su redención.

Pero ahora no sabe qué hacer para protegerla. No puede permitirse fracasar de nuevo como fracasó con Cristina. Todo es demasiado reciente. Demasiado doloroso.

Solo es capaz de repetir la misma frase.

—Tranquila, pequeña, tranquila —la anima sin dejar de acariciarla bajo la mandíbula.

Sobre el pelaje blanco que le cubre el pecho se reflejan las tonalidades que iluminan la bóveda celeste, ahora de color dorado por una palmera gigante que desciende con lentitud hasta desaparecer en la oscuridad de la noche.

A través de las manos, con las que intenta calmarla, puede sentir que su pequeño corazón sigue golpeando con fuerza el interior de la caja torácica.

Su respiración se quiebra en intervalos cortos, como si cada intento de tomar aire fuera un esfuerzo que no termina de completarse.

Hay un temblor leve, persistente, que no responde al frío, sino a algo más hondo que se le escapa.

Teme que colapse.

Y en ese instante, como si quisiera hacer desaparecer el temor que le embarga, busca otra emoción que pueda remplazarla.

La encuentra de inmediato.

Odio.

Se odia por haber aceptado viajar a Valladolid para vaciar la casa de Cristina, el lugar que eligió su mujer para separarse de él.

La ciudad que se la arrebató.

Se odia por haberlo hecho de forma inconsciente durante las ferias, la época del año en la cual se convierte en un rincón mucho más inhóspito para un tipo como él, que no soporta el contacto con civiles.

Se odia por haber decidido salir a dar una vuelta con Kivu para procesar lo que llevaba todo el día leyendo en ese condenado diario.

Se odia por no haber tenido en cuenta que en media hora iban a empezar los fuegos artificiales.

Pero por encima de todo se odia por haberse convertido en un cero a la izquierda cuando ella más le necesita.

Igual que le pasó con Cristina.

—Ya está, nena, ya está. Ya se acaba.

Pero no.

Muy al contrario, falta lo peor.

La traca final.

Un silencio esperanzador la precede.

Un silencio esperanzador demasiado breve.

En cuanto empieza la secuencia ininterrumpida de explosiones la agarra de la cabeza y le tapa los pabellones auriculares, descubiertos por naturaleza, en un intento desesperado de amortiguar el ruido.

Incluso a él, acostumbrado como nadie al sonido de las explosiones, le irrita.

Mataría sin pensarlo a quienes están causando ese sufrimiento a su perra.

Sin saber qué hacer, posa sus labios en el hocico de Kivu y la besa al tiempo que busca su mirada. Es entonces cuando se percata de que sus ojos color canela se están oscureciendo y apenas brillan. Un par de segundos más tarde se han convertido en una esfera negra, opaca.

No es la primera vez que ve la muerte a través de los ojos de un ser amado.

La reconoce de inmediato, pero, así y todo, se niega a aceptar su presencia.

—¡Kivu, vamos, pequeña, reacciona!

Al abrazarla nota que sus músculos ya no están agarrotados; de hecho, tiene el cuerpo relajado por completo y las patas le cuelgan sin firmeza alguna.

Antes de comprobar lo que ya sabe, el Témpano contiene la respiración y desliza su mano temblorosa y húmeda por el lomo de su compañera hasta alcanzar la caja torácica.

Silencio absoluto.

—Kivu, no. No, por favor. No, no, nena, no... No me dejes —musita entre dientes.

Una cálida ovación de un público entusiasta se oye a lo lejos.

—Mi pequeña...

El Témpano se derrite.

Abatido, atrae el cuerpo de Kivu hacia su pecho y lo mece hacia delante y hacia atrás. Las lágrimas vuelven a hacer acto de presencia igual que aquella vez en casa de Cristina. Lágrimas densas y amargas que son fruto del dolor y la rabia que, como la carcoma, le devoran por dentro.

Si es que aún queda algo que devorar.

El tiempo pasa.

Solo cuando se nota vacío por completo, repleto de ira, se incorpora y camina con el cuerpo de Kivu en los brazos hasta la barandilla del mirador. Si albergaba alguna duda sobre la última petición de Cristina, la pérdida de Kivu la acaba de disipar.

Desde lo alto contempla una ciudad en fiestas.

—Te voy a destruir, maldita hija de puta.