La piel de las azucenas El último poema
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El último poema

El último poema

Veintidós días después, emergió entre la multitud como si hubiera salido de una grieta en el aire.

Hizo un leve ademán con la cabeza, apenas un gesto, y avanzó hacia Azucena con una calma que desentonaba con el bullicio del mercado.

Ella, distraída, se arañó el brazo con una rama de las varas de ciruelo, sin apartar los ojos de aquella figura que parecía flotar entre la gente.

Se quedó inmóvil frente a él; tan cerca que el mundo parecía contener la respiración.

Había en ese encuentro algo furtivo, casi prohibido, que lo volvía aún más fascinante.

Sintió un deseo urgente de que la besara, aunque, al mismo tiempo, una voz en su interior suplicaba que no lo hiciera allí, donde los ojos del mercado podían volverse cuchillos, donde don Ignacio o su madre podían aparecer en cualquier instante.

Entonces, lo comprendió: él solo se presentaba en ausencia de su madre o de Yolanda.

Aquella coincidencia se convirtió de pronto en certeza.

Él lo sabía. Sabía que alguien velaba por ella… y no quería ser visto.

—¿En qué le puedo ayudar? —le preguntaba siempre como parte de un juego que ambos conocían.

Las visitas eran frecuentes. Los poemas y versos llenaban su libreta: «Amo la forma en la que miras vigilante mi caminar», escribió al darse cuenta de que él la observaba sigiloso antes de acercarse.

A veces, creía que la timidez lo superaba, que intentaba pasar desapercibido hasta que lograba vencer su recelo y se animaba a acercarse, a conversar y a regalarle un ramo de leónidas.

Esos gestos la hacían sentir mimada, querida.

Su ingenuidad se había transformado en una marea silenciosa que comenzaba a mover el deseo estancado entre sus piernas.

Tuvo que ingeniárselas para esconder los obsequios.

Sabía que si su madre los veía, vendrían las preguntas incisivas, la voz dura y el juicio inevitable.

«Aceptar regalos es cosa de mujeres de la calle», le había repetido más de una vez, pero Azucena siempre guardaba algo de sus encuentros: una rosa prensada entre las hojas de la libreta dejaba su forma y su aroma como un secreto bien escondido entre palabras.

El resto del ramo lo deshacía con cuidado, entregando una flor a cada cliente habitual, como quien reparte fragmentos de una historia que solo ella conoce completa.

Con el paso de los meses, sus poemas se afinaron cual melodía que encuentra el tono exacto; cada vez más intenso, más suyo, más verdadero.

Azucena decidió romper con la voz interior que la obligaba a ser una muchacha decente; esa que la vigilaba desde adentro, una sombra heredada, empeñada en encogerle las alas.

Ese día, dejó de disculparse. Dejó de pedir permiso.

Y sus letras, por fin libres, sonaron como un grito que no pensaba acallar.

Quería que él supiera lo que había despertado en ella.

Ya no le pesaban los sermones dominicales ni las amenazas de un castigo divino por pensar en el pecado.

Todo eso se volvió una bruma frente al santuario íntimo que había levantado en su mente, donde cabían caricias imaginadas, su voz, sus gestos y ese estremecimiento que le provocaba la sola idea de que él también la deseara.

Preparó su declaración como quien alista un talismán: con cuidado, casi con devoción.

Había elegido una hoja especial, adornada con corazones diminutos.

Compró dos en la papelería del barrio por si el temblor de la mano la traicionaba; no quería tachaduras ni errores.

Cada palabra debía quedar perfecta. Cuando terminó, dobló el papel con delicadeza en un sobre blanco y lo mantuvo cerca.

En realidad, no estaba segura de si lo vería ese fin de semana, pero iba preparada.

Estaba arreglando un ramo de lisianthus cuando él apareció por detrás del puesto, como si la sola acción de pensarlo lo hubiera traído.

El impulso la venció: lo abrazó sin previo aviso.

Él se quedó quieto, desconcertado, apenas alcanzó a posar las manos sobre sus hombros.

Intentando aferrarse a una rutina que ya no los salvaba, murmuró:

—Prepara las leónidas… como siempre.

Pero su voz temblaba, traicionándolo.

Azucena también temblaba. Le extendió el sobre con una sonrisa.

—Toma —dijo en voz baja—. Esta vez, el regalo es para ti.

Él lo aceptó sin decir palabra. Luego, con una ternura cargada de electricidad, le apartó un mechón de cabello de la mejilla.

Sus dedos rozaron su piel; parecía acariciar algo sagrado.

Se sentaron juntos, tan cerca que los latidos de uno parecían contagiar al otro.

Él abrió el sobre con manos lentas, casi ceremoniosas, y comenzó a leer en voz baja:

Esta es una de esas noches en las que el cuerpo me arde de ausencia,

una de tantas en las que imagino tu boca en mi cuello,

tus manos recorriéndome como quien vuelve a casa.

Me giro. Te busco.

La sonrisa que había asomado hacía un instante se le borró por completo, y añadió:

Y aunque no estás, te siento: intenso, inevitable…

como si cada rincón de mi piel te llamara en secreto.

Pienso en nosotros,

en romper el silencio con un solo beso.

Apretó los labios, las palabras lo golpeaban. Espejismos tejidos en sus visitas; un malentendido que había crecido en el silencio:

Y que el amanecer me encuentre rendida:

por fin, el uno dentro del otro.

No pudo continuar. En ese momento, arrugó el papel; necesitaba callarlo, silenciar lo que no sabía cómo enfrentar.

Azucena se inclinó y tomó la hoja con suavidad.

La alisó con cuidado, tratando de alisar también el rechazo, como si pudiera desdoblar el gesto, borrar la pausa, rescatar una ilusión antes de que se deshiciera por completo.

Sus dedos temblaban, no por miedo, sino por esa mezcla de tristeza y dignidad herida que arde sin hacer ruido.

Aún no entendía todo, pero algo, en su pecho, ya empezaba a doler con otro nombre.

Con el peso de quien carga más de lo que dice, el hombre se quitó los lentes oscuros para limpiarse una lágrima que caía sin permiso.

Fue en ese momento, bajo la luz filtrada del toldo, que Azucena vio por primera vez sus ojos desnudos.

En ellos, se vio a sí misma. La misma forma almendrada.

La misma curvatura triste en la comisura.

La mirada exacta que llevaba impreso el mapa secreto de su origen.

La certeza se instaló sin aviso, sólida y feroz.

Ese par de abismos la buscaron, pidiéndole que permaneciera un instante más en su reflejo.

Era una mirada hecha de sombra y ternura rota, una súplica sin voz.

Azucena la sostuvo apenas un instante cuando algo se contrajo en su pecho; era el vértigo de reconocerse en esos ojos, con la culpa agolpada en la mirada y el temblor de quien sabe que no habrá vuelta atrás.

Hay cosas que el cuerpo no olvida y una mirada así es una despedida que se queda viviendo adentro.

Ojalá nunca la hubiera mirado así. No con esos ojos. No con los suyos.

A él le pesaba respirar, pero, en un movimiento, le arrebató la hoja y la guardó de nuevo en el sobre, sellándolo con una presión muda.

Lo puso en las manos de Azucena con cuidado, con la ternura de quien aún cree que un gesto puede detener un naufragio.

Entregaba un error que no sabía cómo deshacer. A ella, el contacto la quemaba.

—Perdóname… perdóname —murmuró el hombre.

Cada sílaba le atravesaba la garganta como un alambre caliente.

No tuvo el valor de volver a mirarla. No hubo despedida.

Solamente giró sobre sus pasos con los hombros hundidos, tambaleante, y comenzó a alejarse.

A mitad de camino, se llevó una mano a la cabeza, buscando contener el torbellino que lo desgarraba por dentro.

Tropezó, apenas un mínimo desequilibrio, pero no se detuvo.

La culpa lo arrastraba con la fuerza de un río crecido y la prisa con que se iba no era por escapar de Azucena… sino de sí mismo.

Ella se tambaleó sobre el banco donde lo había soñado, donde le escribió palabras que ahora se le volvían cuchillas.

En su mente, las imágenes estallaban como vidrio bajo el fuego.

En sus ojos, vio el remordimiento tallado a pulso y el reflejo de su propia vergüenza.

Lo entendió todo. Sin filtros. Sin pausas. Era él.

Nunca podría sentirse hija. El vínculo estaba quebrado, violado por la ignorancia, confundido por la ternura y el deseo que jamás debieron florecer.

El amor y el asco comenzaron a revolverse dentro de ella como animales salvajes enjaulados.

Aspiró con violencia, abrazó su libreta, que le ardía entre los dedos, y, en un impulso, comenzó a deshojarla.

Rasgó cada poema, cada frase que alguna vez creyó luminosa.

Ahora eran solo veneno hecho caligrafía.

Cada línea, una hendidura nueva mordiéndole la conciencia.

Las caricias que imaginó eran ahora cenizas; los deseos, una repulsión que le subía por las entrañas como una marea sucia. Ya no quedaba nada limpio, nada inocente. Solo ella. Abierta. Rota. Irreparable.

Soltó el ramo de leónidas. Lo dejó caer al suelo y lo pisó con rabia. Se quedó ahí, hecha trizas, con un daño que no podría decir en voz alta. Nunca. Una verdad solitaria, dolorosa, que la dejaría en duelo para siempre.