La piel de las azucenas Epílogo
100%

Epílogo

Tuvieron que pasar veinte años para que estas páginas nacieran.

Vienen de un rincón de mí al que nadie entraba.

Las oculté durante mucho tiempo, como escondí los ramos, las cartas, las lágrimas.

La historia que acaban de leer no es una novela: es mi memoria.

Mi manera de sostenerme cuando el mundo se me desmoronó por dentro.

Escribí sobre él. Sobre ese hombre que apareció entre los puestos de flores una tarde cualquiera, con una presencia que parecía venida de otro tiempo y que, sin buscarlo, trastocó para siempre mi manera de mirar el mundo.

Al principio, no supe quién era. Solo sentí que algo en él me llamaba, quizá porque su sombra ya estaba en mi vida desde antes.

Lo miré como se mira a alguien que despierta algo dormido, convencida de que había encontrado el amor.

Ese era el hombre de quien mi madre nunca hablaba.

El origen de su silencio y de su herida.

Escribí sobre él antes de saberlo y, quizá, por eso, mis palabras estaban llenas de confusión, de deseo.

Lo que creí amor era sangre. Lo que creí destino era pasado.

Tuvieron que correr los años para entenderlo, pero, si no lo hubiera escrito, todo eso seguiría viviendo en mí como una sombra sin forma.

Y yo ya no quería vivir a oscuras. Contarlo fue como desenterrar algo con las uñas: me sangraron los dedos con cada palabra.

Escribí también sobre la vecindad, ese pequeño universo donde todo era intenso y cercano; donde los días se vivían al ritmo de las voces compartidas, de gritos cruzados, de risas que rebotaban entre muros descascarados.

Un lugar donde los secretos se colaban por las paredes delgadas, como el olor del café por las mañanas o el llanto contenido tras una puerta entreabierta.

Cada rincón tenía memoria: el aljibe, la azotea, las escaleras oxidadas que crujían con cada paso.

El tiempo ahí estaba empapado de humedad y de resistencia…

pero también de pequeños sueños que buscaban grietas por donde asomarse. Ahí crecí. Ahí me inventé.

Escribí sobre mi abuela Elia porque fue la primera en mostrarme que hay quienes sobreviven a todo, incluso a la ausencia.

Llevaba consigo una sabiduría que no cabía en los libros, una sabiduría hecha de vida, de tropiezos y de silencios.

Su voz tenía raíces hondas. En ella, resonaban las voces de las mujeres que la antecedieron; generaciones acostumbradas a resistir a toda costa, obligadas tantas veces a callar más de lo que habrían querido y que, aun así, supieron tejer amor entre los pliegues de los días grises.

Mi abuela me heredó su manera de mirar con paciencia, su intuición afilada y esa resistencia silenciosa que no presume, pero sostiene.

Sabía cuándo regar y cuándo podar, cuándo acompañar un brote y cuándo dejar que algo muriera.

Con ella entendí que las flores no solo adornan, sino que hablan, consuelan, protegen, acompañan.

Que una buganvilia puede ser abrigo y, una rosa, despedida.

Escribí sobre Yolanda porque fue la única que alguna vez me habló con franqueza, aunque también callara lo esencial.

Tenía un decir pausado que sonaba a consejo y a herida y unos ojos que sabían más de lo que dejaban ver.

Me enseñó a desconfiar de las certezas y a buscar la verdad en los gestos, no en las palabras.

Fue un faro tenue en mis años más oscuros y, aunque también guardaba sus propios silencios, con ella aprendí que, a veces, compartir el dolor es la única forma de resistirlo.

Fui el resultado de una herida que mi madre jamás pudo nombrar.

Y, pese a eso, me sostuvo. Me crio con manos fuertes y, por eso, la quiero.

No con el amor ingenuo de la infancia, sino con ese que nace cuando una comprende de dónde viene el dolor; cuando se reconoce que, a veces, el amor no se dice: se sobrevive.

Escribirla es mi manera de honrarla, de no dejarla sola en el olvido.

Jamás volví a trazar versos; se quedaron dormidos entre las fisuras de aquella vecindad, como flores marchitas que nadie recogió.

Fueron mi refugio en la adolescencia, mi modo de respirar cuando todo dolía, pero se apagaron cuando me reconocí en aquellos ojos desnudos, los mismos que sofocaron el fuego de tantas primeras veces, dejándome en una penumbra que tardé años en nombrar.

Sin embargo, muchos años después, cuando la vida me obligó a detenerme y mirar hacia atrás, sentí que aún había algo que debía decir.

Entonces, escribí este relato. No como un ejercicio de memoria, sino como un acto de amor. Lo escribí para Rosario. Para mi madre.

Esta es mi manera de pedirle perdón por no haberla entendido antes y también de perdonarla por todo lo que no pudo darme.

De ponerle palabras a su silencio, ese que me acompañó toda la vida como una sombra tibia.

Al comprender su dolor y su sacrificio, nació en mí un deseo profundo de honrarla, así que recurrí a la única herramienta que siempre me fue fiel: la escritura.

Ese también fue su sueño y lo cambió por la fuerza para sobrevivir.

Por eso, estas páginas son suyas. Porque ella no pudo contar su verdad, decidí contarla por ambas.

A veces, al narrar a quien más nos dolió, descubrimos que también fue quien más nos quiso.

Me llamo Azucena.

Esta es nuestra historia.