La piel de las azucenas Al fin, te encontré
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Al fin, te encontré

Al fin, te encontré

Los días pasaban y Azucena los vivía a la espera, recordando el roce de aquel hombre en su piel mientras le hablaba.

Encerrada en sí misma y en sus escritos, miraba su rostro en todos lados: en el sueño profundo, en la duermevela o cuando se quedaba embelesada jugueteando con un mechón de pelo entre los dedos.

Así la encontró Yolanda esa tarde en que decidió hablar con ella.

Pensaba que quizá estaba deprimida porque de nada servía que la buscara, que tocara el timbre; ni siquiera se molestaba en contestar.

No sabía que, en realidad, Azucena lo único que quería era perderse en el recuerdo de su última presencia y en el anhelo de volverlo a ver.

Para Rosario, la actitud de su hija durante las últimas semanas se había convertido en una señal de alarma; le preocupaba que quisiera pasar tanto tiempo a solas y no lograba entender por qué no confiaba en ella.

Inevitablemente, temía que algo como lo que le pasó a ella le hubiese sucedido.

Azucena estaba mandando mensajes que su madre interpretaba y que le hablaban de cosas terribles, pero, como no lograba sacarle ni una palabra al respecto, esperaba que Yolanda pudiera acercarse a ella.

Yolanda esperó a que Azucena llegara de la escuela.

La chica subió directo por las escaleras herrumbrosas y no pasó a saludar a su abuela, cosa rara en ella.

Estaba sentada al borde de la azotea con la mirada fija en algún punto que solo ella parecía ver.

Yolanda no quiso hablarle de golpe. Se sentó a su lado y permaneció en silencio un rato, dejando que el viento hiciera el primer contacto.

—¿Estás enojada con nosotras? —preguntó de forma suave, sin reproches.

Azucena negó con la cabeza sin despegar los ojos del horizonte.

—¿Entonces por qué parece que estás tan lejos? Como si te hubieras ido a otro sitio… y no supiéramos cómo alcanzarte.

La voz de Yolanda no era inquisitiva. Era más bien una cuerda tendida entre dos orillas.

La joven respiró hondo. Por un momento, pareció que iba a hablar, pero solo apretó los labios y bajó la mirada.

—Tu mamá está preocupada —continuó Yolanda—. No te dice nada para no presionarte, pero yo la he visto… La forma en que se le apagan los ojos cuando no logra entenderte. Cree que te pasó algo. Algo grave.

Azucena se volvió hacia ella con una mezcla de ternura y tristeza.

—No me pasó nada —dijo—. O sí; me pasó algo….

Yolanda le tomó la mano con firmeza, como quien quiere decir: «Cuando estés lista, aquí estoy».

Azucena bajó la voz.

—Tengo algo importantísimo que contarte.

Yolanda guardó un silencio expectante.

—Pero no se lo puedes decir a nadie.

—Lo prometo, pero ¡dime ya! ¿Te pasa algo?, ¿qué necesitas?

Azucena respiró profundo. Miró sus manos entrelazadas con las de Yolanda; luego, soltó de golpe:

—Creo que estoy enamorada.

Yolanda no respondió enseguida. Solo ladeó la cabeza, sintiendo alivio de que, al fin, dijera algo.

—¿De quién? —preguntó con cuidado, sin alarmarse.

Tardó en contestar. Las palabras le salían lentas, como si se resistieran.

—No lo sé. De un hombre, pero… no sé quién es ni de dónde viene ni qué hace.

Solo aparece, me mira, me dice una frase y se va. Eso es todo.

Yolanda frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—Sí —confirmó Azucena y su voz apenas tembló—. Pero, cuando lo veo… cuando lo veo, es como si el mundo entero se apagara y solo quedáramos él y yo. Me cambia el cuerpo. Me cambia el aire. Me dan ganas de escribir y de llorar, de correr y de quedarme quieta entre sus brazos. Me siento viva.

Yolanda bajó la mirada. El peso de las palabras la sensibilizó más de lo que esperaba.

—¿Y no te da miedo?

—Mucho, porque no sé si es real. Porque no sé si es amor o si solo estoy esperando algo que nunca va a pasar.

No hacía falta decir más. Había cosas que no se explicaban con lógica.

—Me la paso mirando a mi alrededor, inquieta, esperando que aparezca entre la muchedumbre —confesó, sonrojada.

—Pero ¿qué te dice? ¿Con qué pretexto se acerca?

—Normalmente, no dice nada; solo nos vemos…

Salvo la última vez, que me dijo: «Al fin te encontré».

Me costó trabajo no echarle los brazos al cuello, pero no lo hice, por si don Ignacio nos veía.

Ay, no sabes cuánto deseo estar con él en un lugar donde no nos vean los demás —reveló Azucena, emocionándose más con cada palabra.

—¿Y cómo se llama? —intervino Yolanda con un dejo de impaciencia.

La pregunta quedó flotando en el silencio.

—¡No me digas que no lo sabes!

—No, no lo sé. Yo tampoco le he dicho mi nombre…

aunque creo que lo averiguó por ahí, seguramente, preguntando a algún locatario.

Pero ¿eso qué importa? Si se llama Roberto, Juan o Pedro, da igual.

Yo me imagino que damos largos paseos tomados de la mano, lejos del mercado, del barrio, de todo lo conocido.

Él me está enseñando lo que es estar enamorada, lo que es sentirse protegida, querida.

Sueño con dedicarle sonrisas, susurrarnos al oído, rozarnos los labios…

No sabes lo que es tener a alguien en la cabeza a toda hora, que pensar en verlo se convierta en el motor de cada día —respondió Azucena, dejando escapar un suspiro—.

Es como si, al mirarnos, buscáramos algo que nos hace falta; algo que solo está en los ojos del otro.

—¿Pero no sabes nada de ese visitante misterioso?

—insistió Yolanda con una tensión que comenzaba a delatar su profunda preocupación—.

¿Qué tal si es un abusador o un drogadicto o te quiere enganchar para obligarte a hacer cosas horribles?

Tienes que averiguar quién es antes de seguirte llenando la cabeza con fantasías románticas —le advirtió, visiblemente alterada.

Azucena bajó la mirada sin responder. Sus ojos tenían un brillo distinto que inquietó a Yolanda.

Desde que comenzaron a hablar del tema, tuvo un mal presentimiento.

Aunque no quería arruinar el momento tan privado, notaba que la mirada de la joven ya no era inocente. Había algo que no le daba buena espina.

Se le cayó a Azucena su libreta de las manos y Yolanda alcanzó a leer:

Me duermo anhelando que mañana me encuentre en el sosiego de la tarde y, como hoy, me sorprenda a mí misma otra vez pensando en ti.

Cerró el cuaderno de golpe, apretándolo entre sus manos sudorosas.

—Espero que tengas bien guardado tu diario —la sermoneó Yolanda, tajante—. Imagínate que lo encuentra tu mamá. Esa mujer ha dado la vida por cuidarte —añadió, molesta.

Azucena sintió en sus palabras una preocupación sincera y la agradeció.

Era cierto. Su madre la había educado bajo una lupa, empeñada en formar a una señorita decente, pero no permitió que esa advertencia ensuciara la magia que la envolvía al imaginarlo.

«¿Pensará también en mí?», se preguntaba mientras cerraba los ojos, intentando recuperar el control y reunir una paciencia que, cuando se trataba de desear verlo una vez más, siempre parecía escapársele de las manos.

Pasó una semana más y Azucena sintió por fin el fuego de la mirada que se escondía entre las siluetas de ese mercado ruidoso y lleno de vida.

Lo vio acercarse entre la marea de gente, como si el mundo se abriera solo para dejarlo pasar.

Sus pómulos se redondearon ante la sonrisa coqueta que esbozó al verle.

La felicidad renovada. Azucena había imaginado ese momento decenas de veces durante los días anteriores y, en su ensueño, él corría hacia ella para robarle un beso.

No sucedió así. Se quedó parado a la distancia.

Sacó un paquete de Delicados de la bolsa de su pantalón y se llevó un cigarrillo a la boca entreabierta.

Sus carnosos labios le resultaban cada vez más atractivos y los ojos de la joven se quedaron clavados en las ondulaciones de humo que lo envolvían.

Dio una larga bocanada. Ella observó cómo exhalaba el humo lentamente, cómo sostenía el tabaco entre los dedos; le pareció tan sugerente.

Justo cuando Azucena intentó acercarse más, él se escabulló con la misma facilidad con la que había llegado, dejándola inmóvil, confundida entre sus sonrisas amables y esas miradas que escapaban como si llevaran culpa.

Solo le quedaba el rastro de su aroma, que, a veces, se le quedaba pegado a la piel hasta que él volvía a aparecer.

Todo aquello le despertaba una urgencia casi física por escribir.

Sentía la necesidad de traducir en palabras esa sensación enigmática que le quedaba cada vez que él desaparecía.

Sabía que debía hacerlo de inmediato, en el calor del momento, cuando las sensaciones aún se mostraban crudas y sin disfraz.

Postergarlo sería como dejar escapar un soplo de revelación, como perder la posibilidad de un poema.

Así que tomaba la pluma y dejaba que su mano corriera sobre el papel, sin rumbo claro, guiada solo por la inquietud que ese hombre le provocaba:

Cierro los ojos para coquetear con tu recuerdo.

Solo hacerlo borra la insipidez de la tarde.

Imagino tus manos, posadas a la medida,

como un ornamento en mi cintura.