La piel de las azucenas Olor a tormenta
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Olor a tormenta

Olor a tormenta

Un primer goterón anunció la tormenta que se avecinaba.

Era sábado y, como cada semana, Azucena caminaba al puesto antes de que saliera el sol.

Las banquetas húmedas todavía guardaban el olor agrio de la madrugada y el vapor de los tamales flotaba en el aire como una promesa.

A esa hora, todo parecía más crudo: las cortinas oxidadas, los perros sin dueño, los niños que aprendían a ganarse el pan antes que a escribir su nombre.

«La pobreza no es solo escasez, es más bien una herencia silenciosa», pensó.

Una especie de sombra que se cuela entre generaciones, como las ollas viejas o los oficios que nadie elige, pero todos aprenden.

Pasa de madre a hija, de mirada a mirada, sin necesidad de nombrarla.

Rosario solía decir que no importaba no tener, mientras se tuviera dignidad.

«Pobres, pero honradas», repetía con los labios apretados; aunque, Azucena sospechaba que, a veces, ni ella podía sostener esa frase sin que le temblara la voz.

Pensaba también que la iglesia ayuda a muchos a lavar los pecados que la vida les obliga a cometer.

Confesarse es una forma de empezar de nuevo, de fingir que uno puede ser distinto el lunes, aunque el sábado tuviera que vender lo que fuera para sobrevivir.

Muchas de sus conocidas no habían tenido la oportunidad de vender solo flores, como ella.

No las juzgaba, nunca lo hacía porque una madre lleva pan a la mesa de sus hijos sea como sea.

Azucena apretó el paso. El mercado ya asomaba al final de la calle, vibrante, despierto.

Y ella, con los pies fríos y la mente llena de preguntas, se alistaba para otro día más entre flores, entre secretos que nadie se atrevía a decir en voz alta.

Era un día más que prometía hacerse eterno mientras esperaba, sin admitirlo del todo, que apareciera aquel hombre que la había dejado intranquila.

Le costaba trabajo reconocer lo que en realidad sentía: inquietud, sí, pero también una atracción persistente que no se le iba de la cabeza.

Lo imaginaba sin esos lentes oscuros que ocultaban su mirada.

Había pasado una semana desde aquel extraño encuentro, ese en el que él pronunció su nombre sin que se lo hubiera dicho.

Llegó a su puesto. El aroma de las hierbas del local nueve flotaba en el aire: albahaca, romero, yerbabuena y epazote.

Las pequeñas macetas le parecían espejos del barrio; unas, frescas y llenas de vida; otras, luchando por no marchitarse.

«Como nosotras», pensó. Esa mañana se sentía distinta.

Miró cada cosa como si fuera nueva. Los anturios brillaban con un color inusual, la dalia, o acocoxóchitl, le pareció una joya tallada en pétalos, frágil y perfecta.

Las tareas pesadas, como lavar el piso o acarrear cubetas, no le molestaban.

Sus ojos, sin querer, buscaban al hombre misterioso entre la gente.

No lo encontraba. Siguió trabajando, dejándose llenar por el granate, el lila, el magenta de las flores; por el verde inagotable de la eterna primavera que vivía dentro del mercado.

Las horas pasaron entre clientes y pedidos; se acercaba el Día de las Madres y el lugar se volvía una tormenta: remolinos de voces, pasos veloces y flores desbordadas que lo empapaban todo.

En medio del caos, mientras despachaba a una señora, sintió una mirada recorrerle la espalda como una caricia tibia.

No necesitó voltear para saberlo: era él.

Reconoció su voz, grave y dulce, y una corriente suave le recorrió la columna, como si alguien soplara despacio sobre su piel húmeda.

Azucena quiso acercarse, pero, por fortuna, su cuerpo no la obedeció.

A un costado, estaba don Ignacio; un hombre de aspecto maltrecho al que todos consideraban un viejo cizañero.

La jovencita pensaba que no era tan ruin como lo pintaban; recordaba que, don Nacho intercedió para que su abuela consiguiera el puesto en el mercado.

Sin embargo, le encantaba el chisme y, si llegaba a ver algo, en minutos todo el barrio lo sabría.

Un chiflido llamó la atención del viejo que, enseguida, se fue rumbo a la pulquería con su compadre.

—En un ratito regreso, hija. Ahí te encargo mi changarro —le pidió, relamiéndose los labios.

Entonces, el hombre misterioso se acercó y le susurró al oído:

—Al fin, te encontré.

Él la tomó de la barbilla; un gesto que la dejó congelada durante unos cuantos segundos.

Le cosquilleó el pecho, como si alguien invisible la hubiera tocado por dentro.

Las campanas de la iglesia repicaron al fondo y ella sintió que todas hablaban el mismo idioma: el de la pasión.

Buscó a don Ignacio con la mirada por si acaso había presenciado algo.

De haber sido así, hubiera sido un problema explicarle a su madre cuando ni ella misma sabía quién era ese hombre.

—¿Cuáles son tus flores favoritas? —Escuchó que le preguntaba con voz serena, como si no quisiera alterar el aire entre ellos.

Azucena tardó un instante en responder. Se permitió mirar el puesto como si fuera la primera vez, pese a que lo conocía de memoria.

—Paso el día entre tantas, todas tan bellas… pero mis consentidas son las leónidas. Tienen ese tono rosa viejo que las hace parecer traídas de otro tiempo, como si vinieran desde la antigüedad, de días más lentos, de días mejores.

Él sonrió apenas y, con esa calma suya, dijo:

—Entonces dame una docena de las más frescas que tengas.

Azucena bajó la mirada y se inclinó con cuidado sobre los ramos. Sus dedos, por lo general ágiles, se volvieron torpes de pronto. Separó las leónidas una por una, como si cada flor llevara dentro una palabra no dicha.

El silencio no era incómodo, sino sorprendente. Un espacio contenido, denso, como el instante antes de una tormenta.

Mientras preparaba el ramo, se preguntó si él sabría que era la primera vez que alguien le preguntaba por sus flores favoritas. Que nunca lo había dicho. Que ni siquiera su madre lo sabía.

Le extendió el manojo envuelto en papel estraza con un nudo sencillo. Al hacerlo, sus dedos apenas rozaron los de él, pero fue suficiente para que una oleada le subiera por la nuca, como si su cuerpo registrara lo que su mente aún no se atrevía a pensar.

Él tomó las flores y no dijo nada. Solo la miró con esos ojos inalcanzables tras sus lentes oscuros. Se acercó aún más, colocó el ramo de vuelta en sus manos y, al hacerlo, ella acarició sus dedos.

—Son para ti —declaró con la voz más dulce que Azucena había escuchado nunca, mientras el hombre deslizaba un fajo de billetes en el bolsillo de su mandil.

El mundo se desdibujó. Solo estaban ellos dos. Todo lo demás se desvaneció, incluso el bullicio del mercado pareció ahogarse. Vulnerable y suspendida, Azucena sintió que, por primera vez, dejaba de mirar la vida pasar desde su puesto de flores. Por fin, la estaba habitando.

—¡Muchacha! —tronó la voz ronca de don Ignacio—. Atiende a la señora, que ya te está esperando con el dinero en la mano.

El instante se rompió. El murmullo del mercado volvió con toda su fuerza: el pregón de los vendedores, el rechinar de los carritos, el llanto de un niño y ese aroma a humedad y fruta madura que siempre rondaba al final del pasillo.

Azucena pestañeó, como saliendo de un sueño.

Giró hacia el puesto y vio a una mujer mayor, impaciente, con un ramo de alhelíes en la mano y el ceño fruncido.

Ella tenía su propio ramo en el regazo y, por un momento, se le quedó viendo.

No podía tirarlo. No podía llevarlo a casa.

No podía andar con él por el mercado como si fuera una novia.

Entonces, lo desenvolvió de nuevo, con cuidado, y metió las leónidas de vuelta en la cubeta.

Tenía las manos vacías, aunque todo su cuerpo olía a rosas.

El hombre se había alejado, pero la joven lo siguió con la mirada hasta verlo desaparecer.

De ese mismo tumulto, surgieron Rosario y Yolanda al frente de un mecapalero cargado de flores frescas para rellenar el puesto.

El olor a albahaca y crisantemo la trajo de vuelta a la tierra, como si el mundo real, con su rutina y su peso, la reclamara de nuevo.

Yolanda la miró de reojo con ese gesto que usaba cuando algo no le cuadraba, mientras Rosario, ocupada en darle indicaciones al cargador, no notó el temblor en los labios de su hija.

—¿Nos ayudas o sigues mirando el horizonte, estatua de plaza? —preguntó Yolanda con media sonrisa, intentando disimular su preocupación.

Azucena soltó un suspiro y bajó la mirada con la tristeza de quien despierta justo antes del final de un sueño.

—Sí… ya voy —respondió, metiendo la mano al bolsillo de su mandil y descubriendo el fajo de billetes.

Rosario giró al escucharla, la miró y, en un segundo, supo que algo raro le pasaba a Azucena.

Frunció apenas el ceño, sin decir nada. Era experta en detectar sombras en el rostro de su hija, pero ya había aprendido a no preguntar de inmediato.

Guardaba sus sospechas como se guarda una carta sin abrir: esperando el momento justo para leerla.

Y, así, entre ramos húmedos, bolsas de papel estraza y el murmullo creciente del mercado, Azucena volvió a su lugar, aunque una parte de ella, pequeña pero insistente, se había quedado allá, donde lo vio por última vez.

Entonces, casi sin pensarlo, buscó la libreta que guardaba detrás del frasco de monedas, arrancó una hoja y escribió:

Hay personas que no vienen a quedarse…

solo vienen a despertar algo que dormía.

Por fin, era hora de cerrar y necesitaba llegar a casa, abrir su cuaderno y dejar que las palabras se desbordaran.

El camino le pareció más largo por la urgencia.

Los lugares por los que había pasado cientos de veces ahora tenían un semblante diferente.

En el trayecto, se abandonó al deseo disfrazado de fantasía: imaginó escenas febriles, manos que exploraban sin prisa, susurros en la penumbra y decidió que la mirada de aquel hombre era su nuevo destino.

Recordaba con nitidez cómo alzó una ceja al verla; ese gesto preciso, insinuante, que le recorrió el cuerpo sin permiso.

A medida que trataba de descifrar los misterios de este nuevo sentimiento, caía en cuenta de lo poco que sabía del amor, pero, sin duda, así era: desconcertante, hondo, desordenado, algo que removía los anhelos más profundos.

Fue un golpe suave de certeza: su alma ansiaba sentir eso que la hacía vibrar sin permiso, eso que la desarmaba y la empujaba a mirarse distinta.

Solamente pensar en él, la llevaba a persignarse y cerrar los ojos, como si al volverlos a abrir pudiera desaparecer el deseo o, al menos, esconderlo mejor.

Había algo enigmático en aquel hombre mayor que la atraía de forma irremediable.

Las imágenes de las parejas entrañables que había conocido en sus lecturas alimentaban aún más su imaginación.

Quería ser como esa muchacha de la novela que una vez le prestó el señor Ortega, María, la de Jorge Isaacs: tierna, entregada, capaz de amar con todo el cuerpo y sin hacer preguntas.

Quería inspirarlo, acompañarlo, aunque no supiera a dónde iba.

Pero ponerle nombre a lo que sentía no le resultaba sencillo, pues eran emociones nuevas y desconocidas que jamás había experimentado y que aún no sabía cómo traducir en palabras.

Pasó la noche despierta, espolvoreando en su cuaderno hecho diario, palabras y confidencias; era la única forma de poder respirar:

Me sorprendo a mí misma pensando en ti,

me sorprendo imaginando la sensación de tus besos;

eso con lo que has desafiado mi pasión.

Cuando leyó lo que acababa de escribir, estuvo a punto de arrancar la hoja y romperla en pedazos.

Aquellas palabras no tenían sentido… estaban fuera de lugar, desbordadas.

A sus dieciséis años, jamás había dicho esas cosas en voz alta y mucho menos las había escrito.

No sabía que dentro de ella vivía esa voz, ese incendio.

Se quedó quieta un momento con el cuaderno abierto, sorprendida de sí misma, como si alguien hubiera escrito en su lugar.

¿Cómo era posible que unas cuantas frases cruzadas con un desconocido despertaran en ella esa tormenta, esas imágenes tan vivas?

No entendía del todo lo que le pasaba, pero lo sentía en la piel, como si algo dentro de ella se hubiera encendido sin pedir permiso ¿Quién era él… y por qué sabía su nombre?

Recordó su aliento que olía al campo después de la tormenta. A ese aroma húmedo, terroso, limpio, que la hacía sentir, inexplicablemente, a salvo.