La heredera de la luz
La heredera de la luz
En la cabeza de la abuela Nati, los montes y los ríos resonaban y se hacían presentes, como si estuvieran vivos, como si los pudiera ver.
Con la última imagen que sus ojos miraron, se despertaba y se iba a dormir.
Quedarse ciega no fue un impedimento para trabajar; hacía que sus nietos le llevaran las mazorcas recién sacadas de la tierra y las colocaran junto a ella para que pudiera desgranarlas a mano, a pesar de que ya tenían una máquina que hacía ese trabajo.
Para doña Natividad, desmenuzarlas con sus propios dedos hacía una gran diferencia en el sabor de cada grano de maíz; ese era un ritual en el que se ensamblaban los diálogos sagrados con quien se empapaba del sudor del campo.
Transcurrieron los meses y la abuela seguía relatando, ahora con los párpados ensombrecidos, las historias que nunca había vivido sobre lugares en los que jamás había estado, pero que parecía conocer a la perfección.
A la sombra del encino, sus nietos se sentaban en las raíces que crecían por encima de la tierra y la escuchaban.
Ella transmitía toda una tradición oral heredada, les contaba los secretos que sus abuelos le habían confiado.
Ahora era su turno de proteger ese patrimonio, el del vínculo inquebrantable que tenía con la tierra y con el orgullo indígena.
Le gustaba finalizar sus crónicas con estas palabras: «No es mucho lo que tenemos, pero tampoco es mucho lo que necesitamos».
Una tortilla calientita, el calor del amor y el fogón eran suficientes para su familia.
Uno a uno, pasaban a que les diera la bendición con sus manos prietas y arrugadas; las uñas negras por la tierra que tanto amaba.
Los iba palpando y, sin equivocarse, sabía quiénes eran.
A Elia le recorría los brazos y le decía: «Mira nomás, hija, mi Huesitos, te me vas a quebrar».
La oscuridad la había cegado, pero su tacto parecía haber renacido.
Una noche, apenas Rosario cruzó la puerta de su cuarto, escuchó un leve golpeteo.
Se acercó en silencio y encontró a Elia acomodando los trastes a tientas; sus manos tanteaban el aire como si buscaran la memoria de los objetos.
Por un instante, Rosario sintió que estaba viendo a una niña jugar en la penumbra, pero la seriedad en el rostro de su madre rompía cualquier ilusión.
—¿Qué haces, mamá? —preguntó con la voz apenas sostenida.
Elia alzó la mirada, pero sus ojos ya no enfocaban el mundo.
Se incorporó con lentitud y, al dar un paso, se tambaleó.
Rosario corrió a sostenerla y, en ese gesto, algo se quebró dentro de ella.
Era como mirarse en un espejo que le mostraba el porvenir: el cuerpo frágil, la oscuridad ganando terreno, la dignidad forcejeando con el tiempo.
Pensó que las mujeres de su familia estaban pagando una deuda silenciosa con la mirada.
Una herencia que ninguna había pedido y que todas llevaban a cuestas.
Desde el umbral, Azucena observaba en silencio.
Sus ojos, tan plenos de vida, se llenaron de un dolor nuevo al ver a su abuela atrapada en las tinieblas.
Esa noche, sin decirlo, se hizo una promesa: convertirse en su sombra, caminar tras ella, ver por las tres.
Y, mientras Rosario la abrazaba fuerte, sin saber si lo hacía por su madre o por ella misma, Azucena comprendió que algo había cambiado.
Que, en el vaivén invisible entre quienes cuidan y quienes son cuidados, a veces el ciclo empieza mucho antes de lo que uno espera.
A la mañana siguiente, Azucena se levantó antes que de costumbre. No hizo ruido. Se vistió en la oscuridad, como había visto hacerlo tantas veces a Rosario, y salió de casa con paso firme. El sol apenas despuntaba y ya el mercado olía a humedad, cartón y flores dormidas.
Cuando Rosario llegó más tarde al puesto, cargando los baldes con agua fresca, se la encontró ahí: Azucena, sentada en una caja de madera, separando ramos con precisión, anotando precios en la libreta, saludando con voz clara a los primeros clientes.
Tenía el delantal de Elia puesto, doblado en la cintura.
—¿Qué haces aquí, mi amor? —preguntó Rosario sin regañarla, pero preocupada porque se le hiciera tarde para la escuela.
Azucena la miró sin dejar de ordenar los tallos.
—Estoy viendo por la abuela.
Rosario sintió que algo se acomodaba en su interior.
No era alivio. Era una especie de paz nueva, áspera y dulce, como si, por fin, el río hubiera encontrado otra orilla donde apoyarse.
Azucena se sentó en silencio frente a los crisantemos y pensó que, aunque su abuela ya no pudiera verlos, al menos sabría que alguien estaba mirando por ella.