La piel de las azucenas Aromas de Jamaica
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Aromas de Jamaica

Aromas de Jamaica

Y, así, empezó Azucena a ir al Mercado de Jamaica por las tardes después de la secundaria.

Acomodaba ramos, separaba los pétalos frescos de los marchitos, memorizaba los nombres de los clientes.

Rosario insistía en que no tenía por qué hacerlo, que ya con los fines de semana bastaba, que tenía que cuidar sus estudios.

Ese sería el gran logro de su madre: verla terminar la secundaria y después entrar a la preparatoria.

Su misión en la vida, su sueño por cumplir, pero Azucena, terca y dulce como solo una joven con propósito puede serlo, no faltaba una sola tarde.

Elia, al principio, protestó. No por orgullo, sino por amor.

Cuando Azucena le alcanzaba el billete correcto o le ataba un ramo con firmeza, le apretaba la mano en silencio y sonreía.

Rosario, al verlas juntas entre flores y risas suaves, sentía una ternura profunda y un nudo leve en la garganta.

Porque, en ese pequeño acto, el de brindar ayuda sin que nadie la pidiera, había algo que no se aprende en los libros y que ella le había enseñado: la herencia del cuidado, la forma en que el amor también se transmite con los ojos que empiezan a ver por los otros.

«¿Cuáles son las más frescas que tiene? ¿Duran mucho?

¡Ah! Pero póngale su papel celofán y un moñote rojo», pedían.

Ella aprovechaba y les recomendaba las flores más caras, pues sabía que no iban a chistar, porque lo que busca ese tipo de cliente es quedar muy bien con la dama a la que pretende.

Ya les tenía bien tomada la medida; cuanto más grande y caro el ramo de flores, más difícil la conquista.

Por la tarde, cuando llegaba Azucena, la actividad había disminuido un poco.

Los tumultos de gente se dispersaban, las voces regateadoras se silenciaban y las cubetas vacías, apiladas en una esquina, indicaban las ganancias de la jornada.

Su madre se adelantaba para llegar a casa y empezar con el quehacer, aunque, hacía algunas compras de camino.

Si se encontraba con alguna vecina, charlaba un rato y luego, si la plática no era lo suficientemente interesante, se despedía con un:

—Bueno, manita, te dejo porque ya se me hizo tarde.

Llegaba a lavar ropa, preparar la cena y limpiar un poco el cuarto.

Aprovechando que el ritmo del mercado bajaba, Azucena levantaba la tapa de vinilo roído del banquillo en el que pasaba sentada parte del día y sacaba su libreta de hojas medio sueltas, sostenidas solo por una gruesa liga.

La pared trasera del puesto le servía para acurrucarse mientras abría el frágil cuadernillo, disponiéndose a dejar por escrito en él todo lo que pasaba por su cabeza.

Antes de irse, dejaba el puesto limpio de hojas, varas y desperdicio que había estado en el piso húmedo y desgastado.

Luego, cerraba con llave los estantes de lámina oxidada donde guardaba las flores que sobraban del día.

Esa tarde, con los ojos cerrados, se guardó el dinero en el pecho en el lado izquierdo del sostén, como le había enseñado su abuela. La voz arenosa de un cliente, que arrastraba las palabras con timidez, la sacó de sus pensamientos con un sobresalto.

—Enseguida, señor, ¿en qué le puedo ayudar?

De bigote bien dibujado y haciendo una mueca, el caballero se aclaró la garganta.

—¿Me pone, por favor, diez varas de casablanca?

Pagó las flores y, sin esperar su cambio, se esfumó, dejándola con la palabra en la boca y los billetes en la mano.

Lo llamó varias veces, pero desistió mientras veía las coordenadas de su espalda perderse en los pasillos.

Aquel individuo la intrigó, tenía algo de místico; los lentes oscuros que escondían su mirada, la prisa con que desapareció.

Decidió tratar de alcanzarlo, abriéndose camino entre la gente.

Cuando lo tuvo cerca, le tocó el hombro y él se dio la vuelta, sorprendido, por verla.

—Señor, olvidó su cambio —le dijo con la voz entrecortada por la agitación que le provocó caminar casi corriendo.

—Quédatelo —contestó el hombre, evitándola y continuando su andar apresurado.

—No, es que es mucho dinero, ¿cómo cree?

—Es tuyo, Azucena, cómprate algo bonito —le respondió antes de diluirse en aquel avispero humano.

Tratando de recobrar el ritmo de su respiración y volvió sobre sus pasos hasta llegar al puesto. Hasta ese momento, fue que se quedó pensando: «¿Cómo sabe mi nombre?». Ella nunca le dijo cómo se llamaba.

Sin saber qué concluir, levantó los hombros, intrigada.

Esa voz grave, pronunciando cada sílaba, le hizo contener el aliento: «A-zu-ce-na».

Miró por encima de las decenas de cabezas que se movían en oleadas entre los pasillos hacia la salida, ya no lo encontró.

Se aseguró de que los estantes estuvieran cerrados, se quitó el delantal, tomó su libreta y se fue mirando a su alrededor, por si lo volvía a ver antes de ser engullida por el tumulto.