Cuando los ojos se apagan
Cuando los ojos se apagan
Elia llevaba semanas entrecerrando los ojos, acercándose demasiado a los billetes y confundiendo los claveles con las margaritas.
Al principio, Rosario pensó que era el cansancio, pues, desde la madrugada, la jornada en el mercado no perdonaba.
Pero, una tarde, mientras ordenaban las flores por colores, notó algo más.
—Mamá… ese ramo es de lirios, no de gladiolas —señaló con suavidad.
Elia frunció el ceño y luego se rio con cierta incomodidad, como si quisiera disimularlo.
—¡Ah, claro, hija! ¡Qué tonta, me distraje!
Rosario se quedó mirándola un segundo más. No era la primera vez que se confundía. Esa noche, mientras Rosario remendaba unas blusas viejas y Azucena terminaba una tarea, la jovencita alzó la vista.
—¿Crees que la abuela esté enferma de los ojos?
—¿Por qué lo dices? —respondió Rosario, midiendo cada palabra.
Azucena guardó silencio. Luego, bajó la cabeza, siguió escribiendo y, mientras lo hacía, le contó que, al llegar al mercado el sábado, como todos los fines de semana en que ayudaba en el puesto, encontró a su abuela batallando con el cambio de un cliente.
—«Aquí tiene, joven», le dijo la abuela, extendiéndole tres monedas que no coincidían con el precio —contaba Azucena—. El muchacho era un cliente habitual, así que le sonrió con amabilidad y le dijo «Doña Elia, se pasó. Eran veinte, no treinta».
Azucena observó desde un costado. Luego, miró el dinero en la mano de su abuela: había confundido los billetes de cinco con los de diez.
Nada grave, pero no era la primera vez. Lo que estaba sucediendo le recordaba la historia que Elia le había platicado acerca de la abuela Nati: que los pies de su viejecita, impregnados de olor a tierra, y sus brazos con aliento de maguey, poco a poco, fueron cansándose, al igual que sus ojos, esos que habían visto miles de amaneceres debajo de párpados caídos.
Una de tantas noches en que las palabras de Elia tejían mundos para su nieta, le contó que un día, allá en el pueblo, el calor ondulaba en el aire, haciéndolo tan denso que costaba trabajo respirar.
Después de varios kilómetros recorridos, la abuela Nati decidió sentarse y tomar un poco de agua.
De entre las matas salió un hombre delgado y pálido, tan etéreo que parecía flotar.
El misterioso sujeto, cubierto con su sarape de rayas de colores a pesar del calor, se dirigió hacia la abuela y le dijo con voz carrasposa:
—Estás enferma, lo puedo ver, pero yo te voy a ayudar.
Azucena, recostada junto a ella, la escuchaba con los ojos muy abiertos. Continuó el relato:
—Hacía tiempo que la abuela Nati no se sentía bien, veía los rostros borrosos y ni todas las hierbas que ella bien conocía lograban quitarle esa sensación de tener dos enormes rocas presionando su cabeza, así que escuchó con atención al hombre que, rodeado por un halo de misterio, se acuclilló junto a ella y le dijo: «El hombre fue creado varias veces, con diferentes materiales, hasta que los dioses definieron que el ser humano debía ser de maíz.
Porque tú siembras y cuidas este grano sagrado, quizá te concedan la cura de tu enfermedad».
»El hombre, casi espíritu, le dijo que debía bañarse en siete aguas distintas en siete días antes de que saliera el primer rayo de luz.
Ríos, lagunas o mares: siete cuerpos de agua diferentes.
Que metiera su cuerpo entero y ya adentro enjuagara sus ojos con esas aguas que la naturaleza ofrecía y que son sagradas.
Con la mirada atenta, y a la vez curiosa, Azucena siguió escuchando.
—El brujo le dio gracias a la madre tierra y al dios del viento, terminando con el obligado Ooh matacuyatzin.
La abuela Nati estiró la mano para agradecer al brujo y este se desvaneció como una visión.
Ella siguió las instrucciones. En el primer río, antes del amanecer, los pies se le resbalaron, se deslizó por la tierra húmeda y cayó al agua dulce.
Ahí enjuagó sus ojos, llenando sus manos recias y orgullosas de campesina, con el líquido que le pareció mágico desde entonces.
«¡Creo que veo mejor!», exclamó emocionada cuando, parpadeando, trató de enfocar el cielo que apenas comenzaba a clarear.
»Llegó el día de remojarse en las séptimas aguas.
Una rebanada de luna la acompañó. Avanzó en su carreta tanto tiempo como los animales que la jalaban pudieron hacerlo, los senderos, angostos y resbaladizos, cansaron a las bestias.
El resto del camino lo realizó a pie, a tientas, tratando de acelerar el paso para llegar al mar antes del amanecer.
La abuela supo que estaba cerca cuando percibió el olor salino que traía la brisa.
El cielo y la tierra se confundían en una franja oscura.
La abuela sacó el rosario del bolsillo de su falda y talló las cuentas con nerviosismo, se santiguó tres veces moviendo los labios en un ruego por recuperar la vista.
Al llegar a la orilla del mar, Nati se descalzó, dejó los huaraches sobre la arena húmeda, se desvistió y entró en aquellas olas apacibles.
Inhaló hondo y dejó salir el aire poco a poco.
Hizo un cuenco con las manos y las sumergió para llenarlas de agua.
Se lavó los ojos varias veces, pese al ardor de la sal.
Mientras la noche retrocedía sobre el oleaje, el primer rayo asomó.
»Abrió los ojos dispuesta a ver con claridad. Se quedó inmóvil y en silencio. La brisa se fue haciendo mansa y el sol hizo brillar pequeños destellos dorados en la arena. Destellos que ella no vio. Se hizo un ovillo sobre la arena, que empezaba a entibiar, y las olas lamieron sus lágrimas.
Azucena y Rosario estaban preocupadas, Elia se había caído ya un par de veces al tropezar con objetos que, en un descuido, alguien olvidaba en el camino que conocía a tientas.
A pesar de los incidentes, ella no pensaba dejar de trabajar; mientras el Señor le diera fuerzas, seguiría vendiendo sus flores.