Llévame si quieres hasta el fondo del dolor
Llévame si quieres hasta el fondo del dolor
La llegada de la menstruación de Azucena preocupó a Rosario. Ese sangrado quería decir que los pechos comenzarían a crecerle y que los hombres dejarían de verla como a una niña.
La joven se miró en el espejo: su cuerpo estaba cambiando.
Aquella primera regla le duró seis días.
Al principio se asustó, pero luego recordó las palabras de su mamá y entendió que aquello formaba parte de lo que alguna vez le había explicado.
Rosario había decidido no seguir el ejemplo de su madre, quien había crecido entre silencios heredados; por eso optó por guiar a su hija con la convicción de que, al hacerlo, honraba a las mujeres de su propia familia, a todas aquellas que pasaron por los mismos cambios sin poder nombrarlos.
Para ella, romper ese silencio no era solo un acto de cuidado, sino un gesto de lealtad hacia la memoria de su linaje.
Rosario le preparó un té de jengibre y Elia le acomodó unos paños de romero caliente sobre el vientre, mientras le advertía que, en esos días, no se acercara a la leche porque «se corta» y que no fuera al mercado de las flores porque «las plantas se mueren».
Los cambios se producían a gran velocidad y Rosario veía a su hija dejar la infancia atrás.
Esos cuatro o cinco días de cada mes la hacían crecer y le moldeaban las caderas, pero también daban forma a los miedos de Rosario, que había aprendido de la peor manera que la virginidad no se pierde ni se cede: te la quitan.
Azucena se acomoda los tirantes del vestido, nerviosa. El espejo no le devuelve bien la imagen, como si estuviera empañado. Se pinta los labios de carmín, pero el color parece desvanecerse al instante. Sale dando un portazo; Rosario grita:
—No llegues tar… —No alcanza a terminar.
Ella y sus amigas caminan. Ríen, pero no se entienden las palabras.
Anillo de Circunvalación parece más largo de lo normal, como si nunca fueran a llegar.
El lugar es El Consalero, lleno de luces y voces.
El dueño las acomoda en una mesa sin verlas a los ojos.
Azucena habla de pedir cerveza, pero ya hay tres caballitos de tequila frente a ellas.
Una mujer canta. Roja de labios, de uñas, de vestido. Se pasea entre las mesas como si no tocara el suelo. Su falda le aprieta las caderas y su collar brilla con cada nota. Azucena la mira, hipnotizada. Las paredes parecen moverse con su tono.
Un mesero les deja más tequila. Desde la esquina, un muchacho alza su copa. Es alto, moreno, de chamarra negra. Nadie lo ha visto antes. Las amigas cuchichean entre risas y miradas entrecortadas.
Luego, la música cambia. Las llaves de mi alma . Alguien la canta con desesperación. Azucena se pone de pie y dice que va al baño. Ninguna de las amigas responde. Pasa junto al muchacho. Él la sigue con la mirada, o la precede. No está claro.
Después, baila. Está bailando con él. La está manoseando. El ritmo se vuelve bruma. La letra de la canción se mezcla con la voz del muchacho: «…harás conmigo lo que quieras, bien o mal » . Ella asiente, o no. Se deja llevar. ¿O se resiste?
Su cuello tiembla. Algo se le mueve dentro y no sabe si es deseo o miedo. Él la toma de la cintura. Se funden. Ya no están las amigas. No hay más gente. No hay mesa. No hay canción.
Entonces, están en el baño: verde, húmedo, antiguo. La empuja contra los azulejos. Las juntas oxidadas parecen cerrarse sobre ella. Intenta hablar, pero no puede. Él respira fuerte. Ella quiere salir, pero sus piernas no la obedecen. No hay ruido afuera. Él le susurra: «Tomo y obligo».
Rosario no soporta ver a Azucena envuelta en sombras que la tocan sin permiso. Oye su llanto como un eco lejano, frágil, ahogado. Intenta alcanzarla, pero sus pies se hunden en un suelo blando y traicionero, mientras una niebla densa le roba el aliento.
Se incorporó de golpe en la cama con el pecho agitado.
Tardó un segundo en reconocer su habitación.
Su cuerpo entero era un temblor. Se llevó las manos a la cara.
Sus venas sobresalían como cables a los costados de su tenso cuello por el peso de los sueños.
Una noche más en que se repetía la misma pesadilla.
La habitación estaba oscura, apenas un resplandor entraba por la cortina.
El ventilador giraba lento en el techo, pero su respiración era agitada.
Se llevó una mano al pecho: lo sentía retumbar.
Parpadeó varias veces, intentando borrar las imágenes.
El Consalero, los caballitos de tequila, el muchacho de chamarra negra, Azucena.
Azucena.
Escuchó con atención. Desde el otro catre, llegaba el sonido tranquilo de una respiración dormida. Estaba ahí, a salvo.