Donde empiezan las alas
Donde empiezan las alas
Azucena había crecido y, en su cuerpo delgado, Rosario adivinaba la huella de los años que se les habían escurrido entre las manos.
Sus trenzas infantiles habían dado paso a un cabello rebelde y sus mejillas redondas se habían afinado, como si la vida, poco a poco, comenzara a reclamar su inocencia.
Ya habían pasado ocho años desde que Rosario le dijo que su padre había muerto.
Aun a sus catorce, esa pérdida le había dejado un vacío que solo calmaban las historias, los personajes, los mundos distintos que leía y que imaginaba como propios.
Un padre ausente es un dolor traicionero que aparece cuando se cree ya haberlo superado.
Hace ensoñar los escenarios más improbables de reencuentro.
Era una constante el deseo de ver esa línea angulosa de la espalda y los hombros que Azucena imaginaba.
Palabras punzantes que, clavadas como espadas en el pecho infantil de niña, resonaban ahora en sus oídos adolescentes.
El héroe, el que todo lo sabe, el que la defendería del mundo entero si fuera necesario, la había abandonado antes de que ella naciera.
Los cimientos apenas erigidos en la infancia se tambaleaban.
Confusión, impotencia y, pasado el tiempo, rabia.
Una opresión en el plecho le venía cada vez que pensaba en él; a veces, de anhelo; otras, de ira por haberse muerto.
Con la ayuda de sus múltiples lecturas nocturnas, el pensamiento de un padre al que nunca conoció desaparecía por fin en una exhalación, como quien le sopla a un diente de león, pero sin poder nunca sacar de su alma a ese hombre cuya memoria cuidaba como quien cuida una tumba imposible de olvidar.
En el catre, ya sin su mamá abrazándola, se desvelaba leyendo, haciendo las tareas y soñando despierta, como cualquier adolescente de su edad.
La secundaria quedaba un poco lejos. El camino de ida y vuelta era largo, pero valía la pena.
Era una de las mejores alumnas y, cada fin de curso, le llevaba sus calificaciones a doña Marina, quien estaba cada vez más contenta de haber decidido pagar su educación.
Azucena se había acostumbrado a algunas comodidades que la patrona le ofrecía, alejándola de las carencias propias de su clase social.
De alguna manera, vivía en dos mundos: uno irreal, brindado por aquellos buenos patrones, y el que se le presentaba cada noche en la vecindad.
Rosario se encargaba de hacerle hincapié en que, aunque los Ortega las quisieran mucho y las consideraran de la familia, jamás dejaría de ser la hija de la servidumbre.
La joven era muy inteligente y comprendía lo que su madre trataba de inculcarle y, por eso, el deseo de superación la acompañaba día con día.
El recibimiento al nuevo ciclo escolar lo dio la maestra Georgina, la profesora de Literatura.
Los alumnos se levantaron de los pupitres en cuanto entró al salón.
«Buenos días, maestra», exclamaron a una sola voz.
«Se pueden sentar», respondió, sonriendo.
A continuación, pasó lista; así, Azucena se enteró de los nombres de sus compañeros, casi todos con apellidos dobles y de abolengo que venían de colonias aledañas como la Roma y Polanco.
Un poco intimidada, respondió cuando se pronunció su nombre, tan simple, tan sencillo.
La clase comenzó cuando la maestra preguntó:
— ¿ Quién quiere dos puntos más en la boleta? —Todos levantaron la mano —. Se los va a ganar quien entre al concurso de cuento que organiza la red de escuelas del Valle de México .
En cuanto acabó de decir la oración, casi todos bajaron la mano. Quedaron solamente tres con el brazo en alto.
—Muy bien —dijo la maestra Georgina—, tienen tres semanas para entregar sus trabajos, sin importar si ganan o no, yo les subiré los dos puntos por participar .
En el trayecto de regreso a casa, Azucena no hizo más que pensar de qué podía escribir, qué historia podía narrar.
Se le ocurrieron varios temas, aunque, de inmediato, los desechaba, encontrándoles algún pero.
De entre todos los libros que había leído en la primaria, alguno tenía que servirle de inspiración: el Popol Vuh o El periquillo sarniento .
No, no, ninguno de los que les habían dejado leer como tarea hacía que su imaginación se nutriera para poder escribir el cuento.
Se concentró en los títulos que obtuvo de la biblioteca de don Alfonso: El principito , La metamorfosis , El diario de Ana Frank , Mujercitas .
Sabía que lo difícil era escribir la primera oración; la apertura de una historia que ni siquiera tenía muy clara y que no sabía hacia dónde iba a ir.
«A ver, a ver, piensa, piensa y escribe.
Lo que se te ocurra, lo primero que venga a tu mente», se dijo, y se dispuso a escribir:
Sentada en la repisa de un aparador que cada día acumula más polvo, veo pasar a una niña que se me queda mirando…
Por fin la primera idea, y continúo:
Pasaban las semanas y, desde la vitrina, observaba a la gente; algunos se acercaban para ver bien los números escritos en un cartón a mi lado.
Era lo que yo valía. Un día, la dependienta de la juguetería me tomó de la cintura y me metió en una caja.
La oscuridad era absoluta y tuve miedo. Traté de empujar la tapa, pero no pude; un listón rosa cruzaba de lado a lado, imposibilitando la salida.
Entre más escribía, más imágenes venían a su cabeza:
Transcurrieron los días y mis piernas de trapo se acalambraron de estar en la misma posición, además, el aserrín que me envolvía se enredó en mi cabello.
Al menos no tenía frío ahí dentro, pero no saber a quién me habían vendido me hacía sentir unos escalofríos que me recorrían de la cabeza a los pies.
Escuchaba voces a mi alrededor: un hombre y una mujer tratando de decidir cuándo entregarme, mientras yo me asfixiaba ahí dentro.
Las palabras llegaban a Azucena sin buscarlas y su mano cambiaba de línea, apresurada por seguir:
—Yo creo que se la daremos cuando se despierte —proponía él.
—No, mejor cuando regrese de la escuela —sugirió la voz femenina.
Varias horas de silencio absoluto me hicieron pensar que me habían abandonado, pero, de pronto, las voces volvieron. Ahora había una tercera.
—¡Feliz cumpleaños! Adivina qué es —pidieron a coro las primeras dos voces.
En ese momento, sentí un movimiento brusco. Un terremoto me zarandeaba de un lado a otro: no sabía qué estaba pasando. Me golpeé la cabeza con los extremos de la caja; primero, con el derecho; luego, el izquierdo; otra vez con el derecho. Instantes después, todo paró.
Ya no había freno. El lápiz seguía dibujando letras de una historia que salía a borbotones de entre sus dedos:
Escuché cómo se deslizó suavemente el listón que mantenía la caja cerrada. Sentí que se abría; la luz lastimó mis ojos y yo inhalé una larga y profunda bocanada de aire. De pronto, una pequeña me tomó entre sus brazos.
Releyó varias veces el cuento. No sabía si era mejor dejarlo guardado en un cajón.
Le intimidaba saber que otros lo iban a leer, que iba a ser sometido a juicio.
Finalmente, decidió entregarlo el día que les habían dado como límite.
Estaba contenta de haber logrado escribirlo; ese ya era premio suficiente.
Pasó la lengua por la goma de la pestaña del sobre, lo cerró y lo entregó.
Un momento después, quiso recuperarlo. Demasiado tarde, ya lo habían puesto con los demás en la caja que iría sellada al concurso.
Dos semanas después, la maestra entró al salón con una enorme sonrisa.
—Silencio, muchachos, por favor. Tomen sus lugares. Me da mucho gusto anunciarles que el ganador del premio de cuento es uno de ustedes.
Azucena se puso nerviosa, nunca consideró siquiera la posibilidad de llegar a ser finalista.
Seguramente, era uno de sus compañeros, otro de los alumnos que había mantenido la mano arriba cuando se les invitó a participar.
En eso pensaba, cuando la maestra la llamó al frente.
Un momento después, entró la directora y un señor que traía un fólder en la mano.
—Azucena, quiero, en nombre de esta secundaria, felicitarte por tu participación en el concurso de cuento y por haber ganado el primer lugar, con mención honorífica.
El representante de la Secretaría de Educación Pública te hará entrega de tu diploma, una medalla y, por supuesto, tienes dos puntos más en la clase de Literatura.
No estaba segura de haber escuchado bien.
¿Había ganado? La noticia le llegó como un eco, confusa, difícil de asir, tanto que dudó incluso de haberla entendido correctamente.
Unos días después, ya en la ceremonia de premiación, todo adquirió una forma concreta.
El auditorio, los aplausos, su nombre pronunciado en voz alta.
Hizo falta que la maestra Georgina le indicara que sonriera para la fotografía que estaban a punto de tomarle mientras recibía el premio, todavía incrédula.
Sintió en ese instante el placer del descubrimiento.
Podía escribir. Podía escribir. Por fin, una certeza a la que se aferraría.
Rosario recibió la noticia y sonrió apenas, apretando los labios para que la emoción no se le desbordara.
Asintió, acariciando el brazo de su hija con una ternura que guardaba más de lo que mostraba.
Por dentro, sin embargo, el orgullo y la tristeza se entrelazaban, recordándole que, aunque ella había tenido que dejar ir muchos sueños, Azucena estaba aprendiendo a escribir los suyos.
Lo leyó varias veces cuando ya todos dormían, de noche.
Acarició con los dedos cada palabra, como si fueran las que a ella le había tocado callar.