El secreto ya no duerme en la cuna
El secreto ya no duerme en la cuna
Seis años habían pasado desde su nacimiento y el mundo de Azucena se ensanchaba, pero volvía siempre al regazo de su abuela que le hacía cosquillas en la barriguita para hacerla reír.
Y, en cada vuelta, traía algo nuevo: una palabra recién descubierta, las mejillas hinchadas de frijoles con una pregunta o con una ilusión que compartir.
Elia respondía con lo único que sabía ofrecer: tiempo, atención y ternura.
Entre libros, historias y tardes soleadas, crecía el cariño de una abuela que supo ver que Azucena tejería con hilos invisibles el legado de tres generaciones.
Por su parte, Rosario entendió que los hijos tienen la puerta abierta al corazón de sus madres y su niña ayudó a que el suyo se ablandara otra vez desde que esa boca diminuta se aferró a su pezón, buscando el calostro.
Esa oleada de amor y perdón se transformó en una forma de amnesia.
Como el mar que lame la orilla, los malos recuerdos llegaban, pero se iban apenas tocar la tierra.
Sin embargo, llegó el momento que tanto habían temido Rosario y Elia. Una tarde, mientras jugaban en el patio, Azucena alzó la vista con esa seriedad que a veces le brotaba sin aviso.
—Abuela, mamá… los otros niños tienen papá. ¿Y el mío? ¿Dónde está mi papá? —preguntó.
Las dos mujeres se miraron fugazmente, como si la pregunta hubiera sido una piedra lanzada al centro de un lago quieto.
Rosario esbozó una sonrisa forzada y le habló de las flores que brotaban junto al muro.
Elia sacó una muñeca vieja del cesto de ropa y se la ofreció igual que si fuera un tesoro recién descubierto, pero Azucena no se distrajo.
—¿Mi papá no me quiere? ¿Se fue? ¿Está muerto? —insistió con la obstinación dulce de quien no comprende el peso de lo que pregunta.
Rosario sintió que le temblaban los dedos. Elia le acarició el cabello en silencio, entendiendo que, al menos por un tiempo, habían logrado que el mundo fuera sencillo.
Rosario respiró hondo y, sin mirar a su madre, murmuró:
—Tu papá ya no está con nosotros, mi amor. Se fue al cielo cuando tú aún no habías nacido.
Elia asintió despacio, reforzando la mentira con ternura. Azucena, confundida, las miró.
—¿Y por qué? ¿De qué se murió? —preguntó bajito.
Rosario tragó saliva.
—En un accidente. No pudimos hacer nada.
La niña guardó silencio unos segundos, tratando de asimilar la información. Luego abrazó su muñeca y susurró:
—Las he escuchado hablar de vez en cuando de alguien que se llama Chema… ¿Él es mi papá? ¿Ya no lo voy a conocer nunca?
Rosario sintió que algo se le rompía adentro, pero logró sostener la voz.
—No, mi amor, pero él te quiso mucho desde que supo que venías en camino Elia tomó la palabra, acariciándole la mejilla.
—Pero estamos nosotras aquí para cuidarte por él, para darte todo lo que puedas soñar.
Azucena asintió, más por confiar que por comprender. Rosario supo que, algún día, los cuestionamientos volverían, aunque, por ahora, bastaba con esa media verdad.
Con el paso de los años, las preguntas de Azucena sobre su padre regresaban como ecos lejanos que, aunque apagados al principio, volvían con más fuerza en cada etapa de su vida.
A veces, surgían en medio de una conversación casual; otras, en silencios cargados de nostalgia, pero ni Elia ni Rosario estaban listas para enfrentar esa verdad.
Entre excusas vagas, cambios de tema y relatos inventados, ambas construyeron un muro de pretextos que protegía a la niña de una historia demasiado dolorosa, mientras cargaban en silencio el peso de una ausencia que nunca supieron cómo nombrar.
Azucena insistía, pero las telarañas que tejían esa historia cada vez eran más difíciles de desenmarañar para explicarle a una jovencita algo de lo que no se debía enterar nunca.
Quizá ese secreto era el que las vinculaba aún más que la sangre.
Para distraerla, Elia recurría a los recuerdos de su propia infancia en el pueblo.
Le hablaba con tanto detalle que Azucena terminaba olvidando su pregunta, sumergida en aquellas imágenes que le pintaban un mundo antiguo y simple que comenzaba casi siempre con las mismas frases: «Cuando yo era chamaca, el tiempo corría lento como lo hace en los pueblos donde no hay tráfico ni tumultos ni prisa como aquí; donde se vive y se siente a otro ritmo y el aire parece que abanica los aromas de los plantíos y del campo que es sagrado.
Yo corría por la breña sin rumbo y me bañaba en los ríos a la luz de la luna.
Allá, los huertos se extienden dando color al día y todo es calma».
Y así podía seguirse por horas, platicando de su infancia ante el asombro de Azucena.
Tenía mucho que contar porque, para el abuelo Manuel, Elia siempre fue especial.
Había nacido chiquita y enclenque, con la piel pegada a los huesos, como si no se hubiera esponjado en el horno; por eso, él quería estar cerca de ella para protegerla, para estar al pendiente de que la engordaran, lo cual nunca sucedió.
Creció así, delgada y a punto de quebrarse, pero más fuerte que sus ocho hermanos.
De piel de aceituna, cara alargada y cabello azabache, don Manuel también la llamaba «Huesitos», con el cariño de un abuelo que, preocupado, ofrecía a su nieta un taco hecho con las tortillas palmeadas por Natividad, la abuela, esas que todos se arrebataban antes de que acabaran de inflarse.
—Cuéntame más —le pedía Azucena.
—Cuando no me sentaba a coser con mi madre, estaba espulgando frijoles o echando machincuepas y enredándome en la ropa recién tendida al sol.
Mi pasatiempo favorito era jugar alrededor del enorme árbol de encino que ocupaba casi todo lo ancho de la vereda principal del pueblo y al que había que rodear para llegar a casa de los abuelos.
El encino se levantaba altísimo, como si tocara el cielo y yo no dejaba de contemplar sus flores salpicadas entre las hojas.
La corteza de su tronco, escamosa y grisácea, era lo que más me gustaba porque podía desprenderla con facilidad en tiras a las que les encontraba formas —le contaba Elia, mirando al techo, como si ahí se dibujaran sus recuerdos. Luego, continuaba.
»Siempre fui curiosa, como tú, y eran esas ganas de saber de todo las que me aplacaban el miedo cuando el abuelo nos contaba las historias de su juventud.
Los niños nos arrejuntábamos, como nosotras cuando tenemos frío, abríamos los oídos y escuchábamos sin parpadear; todos rodeando al abuelo que nos daba tenmeacá cuando mi mamá se lo encargaba.
Con la voz rasposa por el pulque, comenzaba diciendo: «¿Ven ese árbol, el encino?
Pues ahí mero, en sus ramas retorcidas, los gringos colgaron a muchos hombres cuando se les enfrentaron por órdenes de Santa Ana para defender lo nuestro.
Venían de una guerra que perdimos, pero no dejaron de pelear.
Varios de los presos terminaron en estos tallos que ven aquí mero, no sin antes haber recibido culatazos y ofensas, pero ellos seguían peleando con puños y piedras, tratando de defender la tierra».
El abuelo nos hacía ofrecer respetos a los difuntos persignándonos y orándole al Cristo postrado en un pedestal de madera amarrado al árbol: «Fueron muchos y la luna los lloraba», decía .
—Ay, abuela, qué cosas tan tremendas les platicaba.
—¡Nombre! Y lo contaba como si él mismo hubiese sido testigo, como si ahí hubiera estado, detrás de los matorrales, observándolo todo y, aunque su historia era casi la misma siempre, los morrillos no nos cansábamos de escucharla y de morirnos del miedo cada vez.
¿Cuánto de lo que nos contaba era verdad y cuánto imaginado?
En realidad, no importaba, lo cierto era que todos los chamacos nos quedábamos paralizados, chorreando sudor y bien entretenidos.
Espantábamos los mosquitos que nos traía la humedad, pero no pestañeábamos hasta que mi mamá nos echaba un grito, anunciando que estaba lista la comida.
Azucena se quedaba dormida al arrullo de las palabras de su abuela y Elia miraba con nostalgia por esa ventana desde donde no asomaban ni las hileras de mazorcas, ni el arroyo, ni los nogales.
Entre más le contaba a su nieta acerca de su niñez en Veracruz, más extrañaba el olor a ocote quemándose y la cara de Francisca, su madre, atizada por el fogón.
Extrañaba acarrear agua, extrañaba las veredas, la humedad, las víboras de cascabel y los paliacates en la frente deteniendo el sudor de los años.