Heridas que no sanan
Heridas que no sanan
Llegó María de la escuela. Doña Marina corrió a recibirla a la entrada principal. En cuanto la vio, la abrazó más fuerte que nunca.
—¡Hijita, mi niña!, ¿Qué te han hecho?
María volteó a ver a Rosario lanzándole una mirada con mensajes que supuestamente solo ellas entendían. Le quitó la pesada mochila de las manos y siguió a la madre e hija por instrucción de su patrona. Ellas continuaban abrazadas entre lágrimas. Ya en el estudio, cerró la puerta.
—Quiero que me cuentes, que me digas todo —le suplicó a su hija—. Te protegeré, créeme que jamás te pondrán otra vez una mano encima —le aseguró.
María comenzó a llorar y se echó a los brazos de su madre, lo que había querido hacer tantas veces. Que adivinara el miedo en sus ojos y la resguardara como en un capullo.
La niña le contó que esa no era la primera vez que había estado acorralada entre las paredes de la cocina y las garras de las hermanas.
—Lo siento, lo siento —repetía la madre mientras se balanceaba con su hija en brazos. Rosario, tratando de ser prudente, se alejó unos pasos y observó la escena consternada y dejó escapar amargas lágrimas. Con la luz del ventanal emplomado a sus espaldas, María le repetía a su madre:
—¡Te juro mamá que me porto muy bien, te lo juro! Lo que pasa es que a veces juego a las escondidillas con mis muñecas y, entonces, echo un grito de emoción cuando las encuentro en alguna esquina en donde yo misma las escondí —explicó llorando.
Llegó don Alfonso. Entró como siempre, distraído con sus propios pensamientos. En cuanto doña Marina lo vio, se levantó del sillón en el que tenía abrazada a María, sin haberla soltado ni un segundo.
—Hola, mi amor, tenemos que hablar —le dijo con la voz entrecortada por el llanto.
—¿Qué pasa? —inquirió preocupado en cuanto su esposa se le echó encima en un mar de lágrimas.
Volteó a ver a María que también lloraba, mirándolo estremecida.
Rosario se quedó inmóvil, manteniendo una postura rígida por el nerviosismo mientras esperaba a que la señora terminara de contar la noticia de lo ocurrido.
Él escuchaba con los ojos cerrados, como si quisiera que se detuviera la conversación, que no fuera cierto lo que estaba oyendo.
Se llevó las manos a la espalda, caminó unos pasos viendo fijamente el suelo y volvió sobre ellos.
En cuanto Marina terminó de contarle, Alfonso gritó con una voz que jamás se le había escuchado:
—¡Las corres en este mismo instante, que saquen sus cosas y se larguen! ¡No quiero verlas aquí ni un minuto más!
Observó a su hija con ahogo y la abrazó fuerte, la aprisionó entre sus brazos dándole la protección que en otros momentos necesitaba.
Sentía una pesada opresión en el pecho y trató de no llorar frente a ella.
Después, turbado, tardó unos segundos en reaccionar; hizo un amago por hablar, pero ya no pudo.
Se dirigió a su biblioteca azotando la puerta tras de sí.
El sonido seco resonó en toda la casa. En la cocina, la tensión de Celsa y de Manuela, que se miraban asustadas, aumentó cuando se escuchó un desgarrador grito proveniente de la biblioteca.
La culpa también asfixiaba a Alfonso. En la cara de su esposa, se dibujó una honda preocupación.
Rosario abrazó a la niña, tratando de darle un poco de serenidad.
Luego, doña Marina entró a verlo. Dejó la puerta entreabierta, lo suficiente para que Rosario alcanzara a ver lo que pasaba.
Él boqueaba como los peces del río tratando de respirar.
La rabia se le mezcló con la dolorosa conciencia de no haberse dado cuenta de lo que sucedía con una de sus personas más amadas.
Parecía que estaba a punto de darle un ataque al corazón; sí, su corazón estaba ajado.
Marina lo abrazó y se quedaron así un buen rato.
Él rompió a llorar. Finalmente, ella se animó a decir lo que los dos tenían en la cabeza.
—Pensar en el temor con el que vivía nuestra niña en su propia casa, debajo de nuestras narices —murmuró desolada.
Él la abrazó más fuerte, dejando que se le quebraran los nervios templados que supuestamente tenía.
—¡Celsa, Manuela, vengan aquí de inmediato! —gritó la señora con autoridad, imprimiendo en esas cuantas palabras toda la rabia acumulada.
En cuanto las hermanas pasaron hacia la biblioteca, cruzaron miradas retadoras con Rosario.
Doña Marina no podía creer la actitud de las agresoras de su hija que, sabiéndose descubiertas, no mostraban arrepentimiento alguno.
La rabia enrojeció su piel de nácar. Habían sido años de confiarles su casa, sus cosas y lo más querido, su niña.
Parecía que no se daban cuenta del daño que le habían hecho, de cuánto las habían lastimado a las dos.
Rosario se quedó observando por el hueco que dejó la puerta apenas emparejada.
Parecían no inmutarse, la desfachatez con la que reaccionaban encendió aún más a la madre, que rascaba un poco de arrepentimiento en esos ojos y en esos semblantes que no se alteraron ni un poquito, pero no halló nada.
El rencor fue cavando un hueco hasta llegar al fondo de su alma, enfureciéndola como jamás pensó ser capaz de sentir enojo, pero el instinto materno estaba más presente que nunca y una madre a la que le tocan a sus hijos puede no reconocerse a sí misma.
María las miraba, resguardándose tras el delantal de Rosario, contraída, muerta de miedo, suplicando con su gesto que ya se fueran.
La señora Marina notó su presencia, volteó a ver a su hija y sus ojos se transformaron, llenándose de infinita ternura; después, les sostuvo la mirada a las hermanas y comenzó a interrogarlas.
Sus miradas no cambiaron, seguían desafiantes.
«Su papá les hubiera dado un buen cinturonazo o mínimo un par de azotes con la reata», pensó Rosario.
Pobre de su patrona, les hacía preguntas tratando de entender cómo fue que se habían atrevido a hacer algo así, cómo habían podido atormentar a su niña si se suponía que le tenían cariño, que estaban para cuidarla.
—Pues usted los tiene muy consentidos —respondió Celsa con tono irónico.
Esto acabó con los nervios, ya de por sí rotos, de doña Marina.
Sin un ápice de arrepentimiento en su conciencia, ni un gesto de remordimiento, Manuela replicó soltando una risa tan conspiratoria como lo había sido su participación en las maldades a María.
Rosario trató de despegarse de la niña para dar espacio a sus patrones para estar solos con ella, pero no pudo, así que la abrazó con más fuerza aún. Estaba aterrada, apretujada contra ella, como si quisiera desaparecer.
—Ya pasó, mi niña, ya pasó —le dijo mientras le acariciaba el cabello intentando calmarla.
El señor Alfonso rehuyó la mirada de su esposa, le costaba trabajo mirarle la tristeza.
Sus puños revelaban una profunda impotencia.
Le dio un largo trago a su whisky, pegó la espalda en la puerta y la cerró con el empujón.
Se pudo escuchar el roce de su saco contra la madera, se fue resbalando lentamente hasta sentarse en el piso.
La señora las echó a la calle. Era el mes de enero y, al abrir la puerta para que se fueran, el ambiente gélido, por fin, se fue con ellas. El sosiego comenzó a sentirse en cuanto salieron. Rosario relajó los hombros y María dejó de llorar.
Días más tarde, los Ortega no podían evitar mirarse con culpa, se reprochaban no haber visto antes lo que ocurría bajo su propio techo. La idea de que María hubiera sufrido en silencio les pesaba como una deuda imposible de saldar.
Al mismo tiempo, sentían un profundo agradecimiento hacia Rosario, cuya mirada atenta y corazón firme habían protegido a María cuando ellos no pudieron hacerlo.
Gracias a ella, se había puesto un alto al maltrato constante que había sufrido su hija.
Rosario había sido todo lo que ellos no vieron a tiempo.
«¿Cómo agradecemos algo así?», pensaron y tomaron una decisión que los dejó tranquilos: pagarían los estudios de Azucena.
—Es lo menos que podemos hacer. Además, hemos visto lo curiosa que es y cuánto le gusta leer incluso a su corta edad. Déjanos ayudarte con esto, que para nosotros es una muestra de gratitud —declaró la señora.
Para Rosario, esa generosidad fue como si, de pronto, el mundo tan severo hasta entonces le abriera una rendija de luz.