La piel de las azucenas La confesión #2
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La confesión #2

—Decía que el jueves pasado usted salió.

La escuche decirles a Manuela y a Celsa que les encargaba a la niña y a ella que se portara bien, que regresaba usted más tarde.

Yo terminé de doblar la ropa y entré a la cocina a avisar que ya me iba.

En ese momento, escuché que Celsa llamaba a María y le dijo: «Te me pones a jugar en lo que recojo mi cocina y, después, ni se te ocurra hacerme ruido porque voy a ver mi telenovela».

María se salió al jardín y comenzó a recolectar plantas.

«¿Para qué son esas hierbas?», le pregunté antes de irme.

«Para hacerles el té a mis muñecas», me contestó.

Me despedí de ella y me fui con la imagen de otra ocasión en que la vi llenando con agua su tetera de juguete y echando las plantitas dentro; de hecho, había pensado que servía cada tacita de plástico imitando sus ademanes, señora.

«Mmm, está delicioso», la escuché decir cuando fingía tomarse el té y animaba a sus muñecas a probarlo.

Cerré la puerta y, un par de cuadras después, el cielo empezó a ponerse gris.

Se venía una buena tromba y ahí me di cuenta de que había dejado mi suéter en la casa.

Me regresé. Como usted ya me había dado la llave de la entrada de servicio, abrí sin tocar el timbre. Lo que vi me dejó fría.

—¿Y qué viste mujer? ¡Habla ya, por lo que más quieras!

—Quizá me estoy metiendo en terrenos ajenos, pero a mí me enseñaron que hay que decir la verdad y pues, además, yo los quiero mucho a todos y les estoy muy agradecida por estos años de trabajo.

—¡Rosario, me estás asustando, dime, por favor, qué viste!

—Bueno, cuando entré, Manuela sostenía a María de los brazos y…

Vio la reacción de la señora; se le había deformado el rostro como en cámara lenta. No era posible descifrar su gesto.

—¡Y qué, con un demonio! —gritó ya muy enojada.

—Celsa traía en la mano un chile verde cortado por la mitad. «¡Vamos a ver si después de esto no aprendes a callarte cuando te lo ordeno!», le dijo a la niña mientras le tallaba el chile en la boca.

La furia enrojeció los ojos de su patrona.

—María apretaba los labios mientras trataba de zafarse volteando de un lado al otro con la desesperación de un animalito enjaulado, pero las garras de Manuela la agarraban bien fuerte para que no se escapara. Todo ocurrió en segundos. Yo me enfurecí.

Primero, las cejas de doña Marina se juntaron; después, formaron un arco.

Frunció la boca en desaprobación. No estaba segura de querer oír, de saber lo que sucedía en su propia casa y vivir con la culpa de no haberse dado cuenta.

Rosario pensó nuevamente en los consejos de Yolanda, suspiró y decidió continuar.

—¡Dime que hiciste algo por mi niña! —exclamó la señora entre sollozos.

—En la estufa, hervía una olla de salsa verde a medio guisar.

La rabia me salía hasta por las orejas, que se me pusieron calientes.

No sé ni cómo, pero agarré la cacerola burbujeante y la aventé sobre Celsa con las fuerzas que parecían haber estado atadas mientras presenciaba aquello y que mi coraje liberó.

»La espalda de Celsa se escaldó y aullaba con gemidos de un animal malherido.

Manuela le trataba de quitar el vestido ardiente.

Yo corrí a abrazar a María. Me resbalé con la salsa en el piso.

Traté de pararme y, pues claro, me volví a caer.

Sentía las venas de mi cuello inflamadas por el enojo.

María me ayudó y de un jalón me pude levantar.

Las semillas del serrano que le tallaron en la boca le enrojecieron los bordes, que se le hincharon.

Los labios le ardían. ¡Ay! Pobrecita, mi niña.

Quería agarrar de las greñas a la maldita de Celsa o darle dos cachetadas a Manuela, pero pensé que era mejor llevarme a la niña a su cuarto y abrazarla. Gemía con la lengua lastimada.

Lágrimas amargas brotaron de los ojos incrédulos de la pobre señora Marina al ritmo de las palabras de su lavandera. Por momentos, parecía no comprender bien a bien lo que le estaba contando.

—¿Por qué no me lo contaste ese mismo día? ¿Por qué espe…? —No pudo terminar. Se pegó una y otra vez en la cabeza con los puños hechos una piedra; después, los abrió hilvanándolos a sus ojos, como queriendo tapar el dolor tan profundo por no haber visto, por no haberse dado cuenta.

Acongojada, Rosario tragó saliva para poder seguir.

—Celsa me amenazó diciéndome que, si se me ocurría contarle lo que había sucedido, algo mucho peor le haría a la niña cuando se encontraran a solas.

Si usted recuerda, ese día me quedé hasta que regresó.

Se le hizo raro verme aquí tan tarde, pero le inventé que me había sentido mal del estómago y me había quedado hasta que me hiciera efecto un té de anís que me había tomado.

La verdad es que no quise dejar a María con esas malditas que más que hermanas son cómplices —expresó, ya en un franco llanto que la desinfló como globo que deja salir su angustia.

Aunque no pudo sostenerle la mirada, la señora Marina le preguntó de nuevo:

—¿Por qué no me dijiste antes?

—Créame, señora, en cuanto la oí entrar esa noche, me encontré en una encrucijada.

Le pedí consejo a la Virgen. Tenía tantas dudas.

Qué tal que se lo contaba y no me creía; después de todo, ellas llevan ya mucho tiempo aquí, son su gente de confianza.

Si por alguna razón, Celsa y Manuela la convencían de que yo me había inventado todo esto y se enteraban de que le fui con el chisme, seguramente la venganza caería sobre mí y no quería ni imaginar de lo que eran capaces.

Recé mientras le acariciaba el pelo a María, que lloraba con la lengua y los labios lastimados.

Le di azúcar. En mi pueblo, quitamos así los sustos y lo picoso.

La amenaza surtía efecto y la angustia se apoderó de mí.

Tampoco quería exponer a la niña a una revancha por mi culpa; sepa Dios qué le hubieran hecho Celsa y Manuela si se veían acorraladas.

Además, la niña me hizo prometerle que no le diría nada, ella también tenía miedo de lo que pudieran hacerle.

Para tranquilizarla, le dije que ese sería nuestro secreto, pero, por supuesto, yo debía decírselo; créame que no hubiera podido seguir trabajando aquí callando todo esto.

La señora Marina le sonrió con una mueca no menos triste que el llanto que le siguió.

A Rosario se le encendía la sangre tan solo de imaginar que alguien pudiera hacerle daño a Azucena.

Era un pensamiento insoportable, pero inevitable cada vez que recordaba lo que había visto en esa casa.

Entonces, como un eco lejano que volvía con fuerza, pensaba en su madre, en Elia.

En lo que debió sentir al verla volver rota, con la mirada perdida y el silencio pegado al cuerpo.

Rosario entendía ahora que no hay dolor más hondo que el de una madre impotente y que ese mismo dolor era el que Elia había tragado en silencio por años.

Esa herida, pensaba, no podía repetirse.