La confesión
La confesión
Fue Elia la primera en notar que Azucena se inventaba finales distintos para los cuentos. Que preguntaba cómo se escribía tal o cual palabra, que copiaba frases enteras con una letra desigual pero decidida. A los cinco años, la niña pidió su propio cuaderno. A los seis, quería un diccionario.
—Tiene las palabras en la sangre —comentó Elia una noche, mientras Rosario lavaba los platos en silencio—. Como tú cuando eras niña.
Rosario no respondió. Solo apretó un poco más la esponja y dejó que el agua hiciera correr su alegría.
Azucena llegaba de la escuela a veces con un poema; otras, con una historia nueva que quería leer en voz alta.
Elia guardaba cada papel en una caja de cartón como si fuera un tesoro: notas en las que se veían los cambios en la letra de su nieta y también en su pensar.
Era cada vez más segura en su escritura, más dueña de su voz, más refinada.
La mandaron a una muy buena escuela por la colonia Roma —muy cerquita de la casa de los señores Ortega—; sin embargo, aunque la escuela le dio herramientas, la curiosidad y las historias la acompañaban desde antes, desde la vecindad, las flores y las mujeres que le enseñaron a escuchar.
Rosario la pasaba a dejar de camino al trabajo y la recogía por la tarde para regresar juntas a la vecindad.
La señora Marina estaba muy agradecida con Rosario, no solo porque hacía que todo funcionara correctamente en la lavandería, sino porque llegó a confiar plenamente en ella y, con el paso de los meses, se convirtió en una persona de valor inestimable.
Era esa manera silenciosa pero precisa con la que cuidaba cada detalle, su lealtad inquebrantable y la dignidad con la que sostenía su jornada incluso en los días más duros lo que más apreciaba la patrona.
También veían con admiración que Azucena, la niña de ojos despiertos que llegó de apenas unas semanas a su casa, ahora leía todo lo que caía en sus manos.
Pero la distancia entre ellas se estrechó aún más después de que Rosario encontrara el valor para hablar con doña Marina sobre algo que cambiaría el rumbo de su vida y la de Azucena.
Sucedió un día en que el aroma de las finas cremas que se ponía la señora por las noches seguía impregnado en las sábanas que estaba a punto de lavar.
Jaló con fuerza para destender la cama y, al hacerlo, salió volando la colcha.
A esa velocidad, la esquina alcanzó a tirar un frasco de perfume del tocador.
El envase se hizo añicos; las decenas de pequeños cristales serían fáciles de recoger, pero el charco de aroma en el piso la iba a delatar en cuanto comenzara a flotar fuera de la recámara.
Rosario abrió el ventanal de cristales emplomados y manoteó, dando amplios aletazos, para disipar el olor que le cosquilleaba la nariz.
Contemplando el hueco que dejó el perfume en la charola plateada de cosméticos, decidió avisarle a la señora de inmediato y mejor antes de que Manuela le fuera con el chisme.
Bajó por las escaleras de servicio. Cruzó por la cocina, Celsa palmeaba tortillas para el desayuno; agradeció que el olor a masa sobre el comal atenuara el del perfume que comenzaba a viajar por la casa.
En el antecomedor, la señora se limpiaba las comisuras de los labios con una servilleta blanquísima que Rosario había almidonado el día anterior.
El señor leía el periódico como todas las mañanas.
Los niños ya se habían ido a la escuela con el chofer.
No sabía si, en realidad, lo del perfume era un pretexto inconsciente para poder hablar con la señora Marina.
Lo que había presenciado una semana antes la tenía sin dormir.
Con la confianza que le tenía a Yolanda y los buenos consejos que le daba siempre, se lo había platicado, suplicándole que no comentara nada.
Yolanda le recomendó que de inmediato se lo contara a su patrona, pero Rosario se moría de miedo.
Además, no había encontrado un momento en que el señor no estuviera en casa para hacerlo.
«¡Dios mío!, creo que es el momento; no me queda de otra. Ni modo de decirle del perfume y no mencionarle lo otro que es mucho más grave», pensó.
Regresó a la cocina, se tomó un café y, unos momentos después, escuchó que don Alfonso se despedía diciendo que no iba a regresar a comer, que tenía una junta muy importante con sus colegas para hablar de uno de sus casos.
Rosario se subió a terminar el quehacer.
Lavó las sábanas perfumadas, cuidando de no cortarse con algún trozo de vidrio, y las tendió al sol.
En esos momentos, la azotea y el lavadero eran un buen lugar para esperar pacientemente que la valentía llegara a ella.
Hasta en capilla se convirtió esa solana para hablar con la virgencita y agarrar fuerzas.
«¡Ayúdame, Madre! Está reduro lo que le voy a decir a la patrona.
¿Qué debo hacer? ¿Me irá a creer? Además, con la edad, recibir malas noticias no es bueno; el corazón ya no aguanta los sustos y, aunque la señora Marina no es tan grande, pues sepa Dios cómo le va a afectar esto».
Pasaron un par de horas. Rosario se puso a planchar los manteles de lino que se iban a ocupar para la cena al día siguiente.
Mientras tanto, se trataba de convencer de que el tiempo pondría las cosas en su lugar y quizá era mejor no decir nada.
—¡Rosario! —llamó la señora—, ven, por favor, ayúdame a sacar las servilletas para revisar que no tengan ninguna mancha.
—Ya voy, señora —contestó, pensando que quizá debía aprovechar el momento. Celsa y Manuela estaban regando el jardín y faltaba un buen rato para que llegaran los muchachos de la escuela. María era la que salía más temprano del colegio, pero eso no sucedería hasta dentro de un par de horas todavía.
Entró al comedor. La señora comparaba un bordado con otro y hacía pruebas sobre cómo acomodar las servilletas con unos aros de plata que llevaban las iniciales amp .
Rosario disimuló su incomodidad con una falsa tos.
Ella se dio la vuelta, su rostro sonriente desapareció y le lanzó una mirada interrogativa.
—¿No tienes algo que decirme?
La joven se quedó congelada, mirando sus aretes de perlas.
—Iba a decirle, señora, pero me daba miedo, la mera verdad. Es que fue sin querer, pero, si quiere, descuéntemelo de mi sueldo.
—No te preocupes. Los accidentes suceden y créeme que no pasa nada, finalmente, son cosas materiales que se pueden reponer. Lo que sí te quiero pedir es que seas siempre sincera y me comuniques la situación cuando algo así suceda.
—Claro, tiene razón —respondió, pensando en lo otro que le debía decir. En el transcurrir de las horas, ya había cambiado de opinión varias veces y los nervios acrecentaban.
—Bueno, espero que tengas siempre la confianza de decirme las cosas. Ya llevas con nosotros un buen tiempo y, además, sabes que nos hemos encariñado mucho contigo y con Azucena; especialmente, mi esposo, que no deja que nadie toque sus libros en la biblioteca más que tú.
—Sí, muchas gracias, no volverá a suceder —titubeó unos momentos.
Recordó nuevamente las palabras de Yolanda: «La señora tiene derecho a saber y, si se entera de que tú fuiste testigo de lo sucedido y no le dijiste, se va a enojar mucho contigo; yo estaría furiosa».
En la ventana se reflejaba su rostro temeroso. Restregó las manos dentro de los bolsillos de su mandil y se quedó ahí parada.
—Quita esa cara de preocupación, mujer. Ya olvídalo. Mandaré al chofer a comprar otro perfume al Palacio de Hierro en la semana.
—Bueno, es que….
Estaba a punto de meterse a la boca del lobo, pensó que ese sería su final en la casa de los Ortega.
Las palabras de Yolanda le escurrían junto con el sudor por los costados de la frente: «Le tienes que decir a la señora lo que viste.
Te aseguro que, si estuvieras en su situación, querrías que alguien te contara, por más doloroso que sea».
Tenía toda la razón, pero, para contarle, tendría que romper la promesa que hizo.
Ya después pediría perdón. Suspiró exhalando un aire lleno de temor. La señora Marina se dio cuenta.
—Te noto preocupada —le dijo endulzando la voz—. ¿Te puedo ayudar en algo?
La habitación le daba vueltas; dejó de escuchar y las imágenes de lo que presenció le llenaban la cabeza buscando una salida. En ese momento, decidió que estaba dispuesta a aceptar lo que le aguardara con tal de hacer lo correcto. La miró con un aire sumiso y finalmente se animó a hablar.
—Mi única intención al atreverme a hablar con usted es proteger a María —pronunció con voz de cristal.
—¿A María? ¿A mi niña? ¿Qué tiene que ver ella en todo esto?
—Tiene todo que ver, señora Marina. Su semblante sufrió una metamorfosis.
—¡Dime ya, por favor!
Rosario tuvo la sensación de estar en la escena de una de las telenovelas que veían las vecinas por las tardes.
—Bueno, es que… el jueves pasado usted se fue como cada semana a tomar café con sus amigas —mencionó, aunque le hizo falta firmeza en la voz.
—¿Qué? No te alcanzo a oír; habla más fuerte.