La piel de las azucenas Curiosidad heredada
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Curiosidad heredada

Curiosidad heredada

A Azucena le fascinaba cómo la voz de Elia cambiaba al contar historias, como si cada palabra abriera una puerta secreta.

No pedía cuentos, sino «una de tus historias, abue, de las que no están escritas».

Y así, las noches fueron revelando que la cuarta hija, Francisca, se convertiría años después en la madre de Elia.

Miraba desde muy pequeña el pueblo vecino de Estanzuela, separado del suyo tan solo por una vereda y una valla de troncos, invadida por el musgo que la humedad provocaba.

La magia del poblado vecino comenzaba donde se daba el último paso en Lerdo de Tejada.

Ese camino era suficiente para que Francisca sintiera que del otro lado se vivía diferente, que del otro lado se extendían las milpas en tableros tan perfectos que, si se vieran desde el cielo, tendrían un diseño geométrico impecable de tierras labrantías.

Parecía que la curiosidad de las mujeres de esta familia, sobre todo la de Azucena, venía desde entonces.

Lo cierto era que, desde ese otro lado, a través de los matorrales que delimitaban los dos pueblos, era al revés: la gente estiraba la vista hacia los maizales de don Manuel Vidal.

Rectas cañas plenas de mazorcas en su forraje de totomoxtle levantaban la admiración de los vecinos, dedicados también a la tierra y a los granos.

Ninguna milpa era como la de la familia Vidal, de equilibrio perfecto entre la pasión y el sentir por la tierra.

Los magueyes y agaves que el abuelo Manuel usaba como lindero de los huertos le regalaban su miel y su savia, que él pacientemente cuidaba, observándolos antes de la salida del tronco de flores.

Esos magueyes ya habían madurado y, al cumplir los diez años, el abuelo los capaba: les quitaba el corazón para evitar la salida del quiote.

Después, les hacía un cajete donde se iría almacenando el aguamiel.

—Seis meses había que esperar para luego abrir los poros de la planta: era el tiempo de la raspada.

Por la mañana y por la tarde, la cuchilla curva en sus manos navajeaba el cajete.

Cinco meses más había de pasar raspando para después extraer el aguamiel que se recogía bien tempranito, antes de que le diera el sol.

—Y luego, ¿qué hacía con ellos, abue?

—Los ponía en una tina donde las bacterias hacían su trabajo de fermentación.

Ese pulque madre lo ponía en una esquina de su casa, en la parte más fresca, con un trapo encima para protegerlo de las moscas y mantenerlo limpio.

Lo iba alimentando con más aguamiel, cada día, con la paciencia de quien sabe cuál será el resultado.

La espera valía la pena. Preparaba su pulque y solo él sabía cómo, solo él tenía la receta de su familia, transmitida de padres a hijos.

—Cada vez que algo se necesitaba de Lerdo de Tejada, era Erasmo, un joven alto, delgado y con un poblado bigote delineando su amplia sonrisa, quien se ofrecía para ir desde Estanzuela a recogerlo —le contaba Elia a su nieta—.

Y es que le había echado el ojo a Francisca Vidal, mi mamá, menuda, pero con una sonrisa blanca y cautivadora que le ocupaba todo el rostro.

Cualquier pretexto era bueno para mirarla, aunque fuera de lejitos —acababa diciendo.

Ante la insistencia de continuar con la historia, Elia le contó que Erasmo trataba de ser de los primeros en ir con don Manuel a comprarle pulque para sus padres, bajo el pretexto de que más tarde se acabaría, y para buscar a Francisca, quien, nerviosa por verlo, dejaba escapar una risita coqueta que hacía que se le subiera el rubor a las mejillas como a una chiquilla a la que se descubre haciendo una travesura.

A Erasmo se le olvidaba todo lo que, desde un día antes, había planeado decirle cuando la tuviera enfrente.

Se habían visto varias veces sin intercambiar palabra alguna.

Cuando el corazón se le serenaba, cuando dejaba de respirar con dificultad, Erasmo comenzaba a silbar, quedito, como dándole una serenata a Francisca, que le ofrecía, con un gesto que suplantaba las palabras, un champurrado o un mole recién hecho, un pan de anís o un chilpachole, lo que fuera para que el pretendiente se quedara un rato más.

Al calor de sus pocillos y sus sarapes, se pasaban horas platicando; aunque, no sin los ojos inquisitivos de don Manuel sobre ellos, que no dejaba sola a su niña junto al joven enamoradizo ni un momento.

Pese a que se sabían vigilados y esto los cohibía, no faltaban las miradas, los gestos que susurraban sin hablar y el afecto que, en un principio, sintió Francisca y que, inevitablemente se convirtió en amor.

El cortejo iría rindiendo frutos y Erasmo se convertiría en amigo de la familia.

Pocos meses transcurrieron para que pidiera la mano de Francisca.

Se fueron a vivir al otro lado del sendero, a ese mundo que se extendía más allá de los troncos enmohecidos y que Francisca había vislumbrado muchas veces.

Manuel y Natividad vieron nacer a sus nueve nietos, que llegaron al mundo en cascada.

Elia fue la quinta niña.