Hilos invisibles
Hilos invisibles
Los primeros años pasaron como siempre: sin que nadie se diera cuenta.
Un día, Azucena aprendió a sostener la cabeza; al siguiente, a caminar.
Abue, esa fue su primera palabra. Elia sonrió con la sonrisa más amplia que haya esbozado nunca, llorando a la vez.
Para ella, era maravilloso escuchar su título en voz de esa niña que consideraba un milagro en su vida.
Era como si ahora que se refería a ella con ese término, fuera más suya.
La chiquilla apuntó con el dedo y volvió a decirle: «abue».
Pocos meses después, ya preguntaba por qué el cielo era azul o por qué el guisado sabía distinto si lo preparaba Elia.
Desde muy temprano, hubo entre la niña y su abuela una forma especial de entendimiento, una sintonía que no necesitaba palabras.
Elia parecía tener una paciencia que solo las abuelas sabias conocen: no corregía, no interrumpía, simplemente escuchaba.
Y, en esa escucha atenta, Azucena crecía como crecen las plantas cuando se les habla bajito.
Las tardes con Elia tenían un ritmo propio.
El sol entraba por la ventana de ese cuarto en el que el aire olía a canela, a epazote y a algo más indefinible: a la paz de lo conocido.
Azucena se acurrucaba junto a ella en el estrecho sillón que parecía hecho a la medida de las dos, mientras Elia le contaba historias que alguna vez le había platicado a Rosario.
Su abuelo, Manuel Vidal, se dedicaba al campo.
La tierra, generosa como es, le convidaba de sus frutos.
En trazos perfectamente delineados por senderos de maíz, frijol y haba, el abuelo continuaba con la tradición que se había respetado durante generaciones en su familia: la siembra.
En verano, ciruelos, manzanos y duraznos crecían dando sombra y entregando sus frutos maduros y perfectos.
Los nogales, los capulines, el tejocote y el peral eran testigos de tiempos desaparecidos, portadores de creencias, rituales, tradiciones y lenguajes.
Jamás, en sus aromáticas tierras, se vio una fruta tirada entre las matas o pudriéndose en la polvareda de tanto que cuidaba lo que su suelo le ofrecía.
Don Manuel daba gracias mirando a los cielos, daba gracias de que con la luz del sol se esponja cada cosecha.
Año tras año había una promesa al esparcir la semilla; en cada temporada de recolección, le palpitaba en el vientre el sudor del campo.
—Con la venta de sus productos, el abuelo ganaba para mantener la milpa. Ya tenía a sus clientes que le compraban sus huertos completos; todos sabían del cariño con el que el abuelo Manuel cuidaba de sus tierras —le platicaba a Azucena.
Al tiempo que hablaba, Elia extrañaba aquellos árboles que habían visto la sabiduría de generaciones madurar bajo el sol.
Y seguía con su relato ante los ojos grandes de su nieta, como si en esas anécdotas antiguas se escondieran claves para entender el mundo.
Continuaba, como si le contara un cuento, que pastorear a las borregas era su tarea vespertina.
Recorrer el monte llevando en sus manos el olor de la mazorca y de la leña, de la nuez, el toronjil y la ciruela, de la tradición heredada.
Hablaba de la abuela Nati, de sus manos trabajadoras e incansables.
Manos de copal y de maíz azul. Hablaba del rostro del abuelo, que, aunque escondido bajo el sombrero de palma que lo acompañaba siempre, estaba tostado por el sol que se le había metido en cada larga arruga.
—Mi abuelo miraba con respeto al atardecer cuando cubría sus campos —continuó—.
Para él, era el mundo entero el que se extendía en aquellas llanuras doradas.
Amanecía con el cantar de los jilgueros y cenzontles, el aroma a café de Coatepec y de Xico que le preparaba mi abuela Nati.
Entre sorbo y sorbo, cuatro hembras le mandó Dios.
Pies descalzos que chapoteaban en el río apurándose a crecer.
Cuatro hijas que muy pronto aprendieron a trabajar y a amar ese mismo campo.
Los árboles del abuelo Manuel mudaron hojas y así sus hijas, con el andar del tiempo, se mudaron también.
Una de ellas, era mi madre, tu bisabuela Francisca.
Con el cansancio subido hasta los hombros y la mirada ausente de quien camina más por necesidad que por elección, llegaba Rosario y se quedaba en la puerta escuchando sin que la vieran.
Oculta en la penumbra, oía a su madre tejer historias para Azucena y sentía en el pecho un anhelo antiguo: el deseo imposible de volver a ser niña y creer, una vez más, que el mundo cabía entero en esa voz.
La nostalgia de lo que no pudo ser la envolvía con un velo tibio y triste, recordándole que algunos sueños se quedan a vivir donde el tiempo ya no alcanza.
En los márgenes de su cuaderno, aún había versos escondidos y, ahora, quería para Azucena ese mundo que Elia le trató de ofrecer, pero al que no pudo llegar.
Durante generaciones, habían estado acostumbradas a hacer y decir lo que los demás esperaban de ellas.
Llevaban practicando toda la vida. Desde que la madre, con sus silencios largos como inviernos, enseñaba que ceder era la forma más segura de amar.
Y la abuela, pétrea y lejana como una montaña antigua, había trazado fronteras invisibles mucho antes de que pudieran imaginar cruzarlas.
Rosario intentó romper y cambiar su historia, aunque la vida la arrastró de vuelta al mismo cauce. Ahora, en los ojos atentos de Azucena, en su hambre de palabras y mundos inventados, germinaba la esperanza de que, por fin, una de ellas pudiera elegir su propio destino.