Pájaros sin alas
Pájaros sin alas
Poco a poco, Rosario aprendió a palpar la envidia en el tono de voz de Manuela y Celsa.
Estaban celosas de que la señora Marina se había encariñado rápidamente con ella y de que el señor, al ver lo cuidadosa que era, le pedía que le ayudara a sacudir sus libros.
Recordaba a la perfección la primera vez que don Alfonso la llamó a su despacho, estaba nerviosa; acomodó a su niña en la cama del cuarto de servicio y se pegó unos cabellos rebeldes con saliva.
Se presentó ante él exprimiendo el delantal entre las manos.
—¿Me mandó llamar, señor?
—Sí, pasa.
A la pobre muchacha se le abrieron los ojos de capulín y un titubeo dejó al descubierto su inquietud. Incapaz de sostenerle la imponente mirada, veía la alfombra persa que cubría parte de la madera.
—A partir de hoy, tú serás la única persona que puede tocar mis cosas aquí. Me ayudarás a limpiar las vitrinas y a reacomodar los títulos —le informó con voz enérgica, sin dejar de sostener su pluma fuente de oro entre los dedos.
Las mejillas de Rosario eran para entonces dos manzanas madurando al calor del sol; en silencio, le daba las gracias a la Virgen porque el señor no le había llamado la atención, todo lo contrario.
Las asombrosas piezas de ebanistería estaban llenas de enciclopedias, biografías y tratados de derecho.
Las primeras veces que sacudió aquellos títulos, algunos impronunciables porque estaban en otros idiomas, sintió que su patrón la estaba poniendo a prueba, así que puso todo su empeño para dejar impecables las estanterías de encino.
Con el tiempo, ya hasta se daba el lujo de hojear esos tomos de palabras elegantes y sobrias mientras acomodaba sus pastas homogéneas.
En una ocasión, el señor entró a la biblioteca y la sorprendió hojeando una novela.
Tímidamente, Rosario la cerró y la puso en su lugar sin decir palabra, después se limpió las manos en el algodón desgastado de su mandil.
En un arranque de espontaneidad poco común en don Alfonso, estiró el brazo tomando de nuevo el libro, se volvió hacia ella y lo puso en sus manos.
—Es una historia de amor; si quieres, te lo presto.
La joven permaneció inhalando el aroma del papel; luego, leyó un párrafo.
La frase se quedó en sus pupilas, quería que le sirviera de inspiración: «Aquella luz no es luz del día, lo sé muy bien: es algún meteoro que emana el sol para que sea esta noche tu portador de antorcha alumbrándote en el camino… ».
El señor era un hombre de rutinas, así que Rosario sabía que, al cerrar la puerta, se iba a tomar su siesta de exactamente veinte minutos.
Ella aprovechaba el momento para leer, pero estaba al pendiente de que Celsa y Manuela no se dieran cuenta.
En cuanto el señor despertara, regresaría a la biblioteca, pediría su whisky con dos hielos y trabajaría un buen rato.
En una ocasión, se atrevió a contarle cuánto amaba escribir y que lo hacía cuando tenía un poco de tiempo, es decir, cuando su niña dormía, a lo que don Alfonso reaccionó ofreciéndole acceso a muchos de los ejemplares que llenaban aquellos elegantes libreros, solamente los incunables estaban prohibidos.
Como cada día, al llegar del trabajo, Elia esperaba a Rosario con un chocolate caliente o un café para que se contaran cómo les había ido.
Mientras tanto, cargaba a su nieta y la mimaba en arrullos y caricias.
Ella curaba esa sensación de orfandad que se le había incrustado en el pecho de tanto extrañar su pueblo.
A Yolanda la presencia de esa niña le curaba heridas aún más profundas; era amable y cariñosa con ella.
Aunque, en la vecindad, opinaran que era muy ruda, Elia sabía que era una coraza y que, en su mente, estaba siempre el pensamiento de lo que pudo no haber sucedido, de lo que sería de ella de no haberse convertido en madre sin hijos.
Nunca entendió los planes del Altísimo y, en su corazón, encontró un lugar para Azucena.
Rosario aprovechó que su mamá y Yolanda cuidaban de Azucena para irse a leer.
Desde que el señor le había dado el libro, estaba ansiosa por hallarse a solas y hojearlo.
Salió de su cuarto. Unos niños jugaban matatenas en el patio y casi se tropieza con uno de ellos; iba totalmente absorta en su pensamiento, en la emoción de traer en las manos el libro prestado.
Se quiso sentar en aquel lugar que hace tanto no visitaba; el lugar secreto en donde ella y Chema habían tenido el hospital de pájaros que ahora no trinaban.
Ya no encontró la paz bajo el cielo inmenso que se posaba suave como un suspiro.
En ese rincón del mundo, en donde un día las aves recuperaban su vuelo, Rosario ya no sentía la calma ni el latido pausado del instante.
Tenía que buscar otro lugar para sus lecturas, uno que no le doliera.
«Este te va a encantar y creo que te vas a identificar mucho con la escritora», recordó para sí con la imagen de don Alfonso dándole el volumen en un acto casi ceremonioso.
El libro era de Guadalupe Dueñas, Tiene la noche un árbol .
La portada le llamó mucho la atención: un tronco del que salían ramas garigoleadas con una luna al centro y un ojo de pestañas larguísimas.
Todo ello sostenido por una mano femenina con uñas puntiagudas y dos hilos de pulseras de perlas.
La jovencita comenzó a leer en voz alta: «Mientras tanto la criatura, que llevaba tres años sin cambio de agua, se había sentado en el fondo del frasco definitivamente aburrida.
El líquido amarillento le enturbiaba el paisaje…
cuando contempló el entrañable estuche que la guardó…
una jaula vacía; se me agolpan las tristezas que viví frente a su sueño; reconstruyo mi soledad y descubro que esta niña ligó mi infancia a su muda compañía».
Rosario leyó varios cuentos más: «El sapo», «La tía Carlota» y «Prueba de inteligencia».
Ya en su cuarto y a la luz de su vela fiel, terminó las ciento veinticuatro páginas de un jalón.
No paró de leer, no dejó de imaginar que ella también podía escribir así, pero, después, su bebita se despertó y, con su llanto, le cayó encima el peso de la responsabilidad.
Las historias que quería escribir quedaban atrapadas en su mente; eran como esos pájaros que tantas veces cuidó al calor de sus manos y que no podían volar.