Casa Ortega #2
Ahí llevaría a cabo su ritual diario. Ahí se le formarían callos en las manos y tendría dolor de cintura por estar agachada tallando sábanas de algodón, manteles bordados y finas camisas de cuellos elegantes y puños estrechos.
Ahí, sus manos morenas se agitarían siempre, laboriosas, bajo la blanca espuma del jabón.
Restregaría mientras su mente se alejaba en pensamientos y deseos encerrados en burbujas flotantes de iridiscencias azules.
Ahí exprimiría sus lágrimas junto con las sobrecamas y las camisas que llorarían como ella.
Un trueno le interrumpiría, la tarde agonizaría en la penumbra de las nubes y cargaría un cesto de ropa mojada en la cadera cuando le ganara el aguacero.
A Celsa y a Manuela el hambre las había corrido de su pueblo, en Oaxaca.
Así, habían llegado a la ciudad, a la casa de la familia Ortega, hacía ocho años.
Se habían convertido en las personas de confianza.
En las manos derecha e izquierda de los señores y de sus hijos: Alfonso, Pedro y María.
Celsa tenía la llave de las alacenas. A la familia le gustaba comer cosas que Rosario no conocía, pero de las que había leído.
Las angulas se mandaban traer de importación; cuando vio la foto de la cajita, más bien le recordó al dibujo de los espermatozoides que alguna vez le enseñó la maestra en un libro de esos para saber cómo vienen los niños al mundo.
Pensar que les gustaba comer algo así y que lo mantuvieran bajo llave, nunca lo pudo entender.
¿Quién iba a querer robarse unos espermas enlatados?
En esa alacena también se podían encontrar frascos de chiles nadando en aceite, que llamaban piquillos, pero para ella eran como los pimientos que se daban entre los arbustos en su pueblo.
Había aceitunas de todos los colores, también unas latas pequeñas de paté y otras de caracoles de tierra, que más adelante supo que Celsa preparaba dentro de unas conchas que rebosaban aceite, ajo y perejil.
Ese era el platillo elegantísimo que se servía cuando tenían visitas importantes.
A Rosario le recordaban a las babosas que andaban por la hierba allá en el monte, pero, para sus patrones, era un plato especial.
«¿Quién entiende a esta gente? Para mí, nada como un buen mole de guajolote», pensaba, aunque le quedaba la curiosidad de probar esos sabores.
Las llaves del armario de blancos las manejaba Manuela.
Las sábanas y los manteles bien almidonados se doblaban con exactitud, todos parejitos, todos oliendo a jabón y a orden; igual que las servilletas bordadas con las rebuscadas iniciales de la familia: os , Ortega Sánchez.
Toallas níveas y perfumadas de varios tamaños llenaban las repisas amplias, delineadas con tiras de pasalistón.
Las horas se le fueron rápido aquel primer día, entre tallar y darle de comer a Azucena.
Su ropa, lavada y tendida desde temprano, ya estaba seca, así que la juntó en el canasto para bajarse a planchar.
Empujó la puerta abatible de la cocina; olía a la sopa de hongos que hervía sobre la estufa.
Fue en busca de un vaso de agua de limón y vio que, en el refrigerador, se marinaban camarones y langostinos.
Celsa encendió la radio y las tres escucharon las noticias de las dos de la tarde en la xeb , La B Grande de México.
Rosario arrimó su silla a la ventana y escuchó mientras bebía a sorbos pequeños.
Se le ocurrió preguntar por qué se había ido la lavandera anterior; mejor no lo hubiera hecho, la respuesta no le gustó nada.
—La Juana juraba y perjuraba que, en la casa, espantaban; que escuchaba ruidos y veía sombras y se moría de miedo.
Nomás eso le faltaba: encontrarse con aparecidos en alguna esquina. También pensó que quizá Celsa quería espantarla y deshacerse de ella rápido.
Esa tarde, cuando iba de salida, llegó el señor.
La bocina de un claxon sonó tres veces y, de inmediato, Manuela fue a abrir las puertas del garaje.
Un auto entró con lentitud, cuidando que sus espejos no rozaran la pared.
Tenía cuatro puertas grandes. Su color azul claro, perfectamente pulido, contrastaba con los acabados blancos y con unas aletas traseras como de tiburón.
Del impactante coche, bajó un hombre esbelto, de traje a rayas azul marino y portafolios de cuero en mano.
—Buenas tardes, señor.
—Buenas tardes, Manuela. ¿Está la señora?
—Sí, señor, está en el estudio.
Don Alfonso se dirigió a saludar a su esposa; inmediatamente después, entró a su biblioteca. Manuela sacó un vaso de la cantina y, con las prisas, se le resbaló de las manos, por lo que se hizo añicos.
—Rosario, hazme un favor —solicitó Manuela—, llévale esto al patrón en lo que limpio aquí.
Era su whisky en cristal cortado con tres hielos. Rosario lo puso sobre una charolita con una carpeta de bolillo que ella misma acababa de almidonar. Tocó dos veces a la puerta; los golpes de sus nudillos contra la madera maciza no hicieron eco y abrió.
—Con permiso, señor.
El gran salón, con vitrinas plenas de antigüedades y figuras que, de solo verlas, podían romperse, infundía respeto.
El despacho olía a madera recién encerada.
Rosario observó sin mucha discreción, nunca había visto un lugar tan imponente.
El mentón le temblaba mientras dejaba el vaso sobre el escritorio.
El silencio resaltó la autoridad que el señor le inspiró.
Se notaba que era un hombre disciplinado porque se levantó de su sillón para estirar un poco la cortina que arrastraba de más en un costado y tomó entre sus dedos índice y pulgar el marco de una pintura para enderezarla tan solo unos milímetros.
La muchacha notó que los libros estaban acomodados en orden alfabético en un estante y en otro por tamaños.
Manuela le comentaría más tarde que el señor jamás permitía que los sacudiera.