La piel de las azucenas Casa Ortega
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Casa Ortega

Casa Ortega

El silencio de la habitación fue interrumpido solo por el suave respirar de la recién nacida. Rosario, sentada junto a la cuna, alzó la vista hacia su madre.

—Voy a pedir trabajo —anunció, sin titubeos.

Elia la observó un momento, reconociendo en su hija esa mezcla de miedo y coraje que ella misma había sentido años atrás.

No hubo discursos. Solo un acuerdo tácito: entre las dos, harían de ese hogar un lugar posible para la niña.

Pasaron unos días y, con el corazón apretado, pero la decisión firme, Rosario caminó por las calles hasta llegar a la dirección que le habían indicado.

Tocó el timbre. Estrenaba una falda floreada que su mamá le había comprado en el mercado.

El imponente zaguán de aquella casa exacerbó su miedo.

Transcurrieron unos minutos. Escuchó el pasar de llaves en la cerradura: una, dos, tres vueltas hasta que se abrió el enorme portón de nogal bien barnizado.

—Buenos días, vengo por lo del trabajo de lavandera.

—Pues no sé si la señora te pueda recibir, está muy ocupada. Ahí espérate en lo que le aviso —le respondió una joven con mirada hosca.

Unos minutos después volvió y, con la misma mueca, le indicó que pasara. Entraron por la puerta de servicio a la cocina, que daba a un jardín sombreado por las enormes ramas de un níspero.

—Ahora regreso, no toques nada.

Celsa, la cocinera, y su hermana, Manuela, quien se encargaba de las recámaras, llevaban trabajando ahí ya varios años.

Una era rolliza y muy morena; la otra, chaparrita y más delgada.

Las dos, bien uniformadas, limpiaban cubiertos de plata, dejándolos relucientes mientras tarareaban la de Si nos dejan .

—Segurito que ni sabes que esta canción se compuso gracias a una apuesta que hizo el papá de José Alfredo con Álvaro Carrillo —le dijo Celsa a su hermana—. José Alfredo tenía que componer un bolero; el Álvaro, una ranchera, y que escriben la de Si nos dejan y Luz de luna.

—Ay, tú y tu manía de saber todo del tal José Alfredo.

Y entre sorbo y sorbo de agua de jamaica, a Manuela se le escapaba un «…

nos vamos a querer toda la vidaaa», lleno de suspiros.

Se notaba que era musical porque se sabía la letra completa de esa y de las que siguieron.

Hasta que, por fin, salió de la ensoñación para ir a avisarle a la señora que había llegado la nueva.

Pasaban los minutos y Manuela no regresaba. Si por Rosario hubiera sido, se habría ido; estaba nerviosa y la casa era tan grande que la inquietó aún más, pero pensar en cuánto necesitaba el trabajo la hizo quedarse.

—Celsa, pásala al recibidor —ordenó una voz melodiosa.

—Ven conmigo.

Un tanto agitada, se dejó llevar. Un lienzo de la Virgen, enmarcado en madera dorada, pendía como decoración en la altísima pared con papel tapiz beige.

Rodearon un sillón de respaldo alto que le dijo Celsa que no tocara porque era de seda francesa y se le marcaba la grasa de los dedos.

Su tono era frío; su actitud, tajante y abrupta.

La miró con impaciencia para que se apurara.

Rosario estaba hipnotizada por el gran candil de la entrada principal; lágrimas de cristal escurrían de la elegante lámpara; la luz del ambiente se reflejaba en aquellos prismas que la hacían dispersarse en tonos amarillos, verdes y azules.

—Buenos días, señora —saludó, sin poder sostenerle la mirada y pensando que parecía faltarle tonalidad a la piel de mujeres como esa; era como si se le hubiera deslavado el color de la canela.

—Buenos días, ¿cómo te llamas?

—Rosario, para servirle, señora.

—Y… dime, ¿dónde has trabajado antes?

—Pues, la verdad, es que, en mi casa, en el pueblo, ayudando a mi mamá desde que era bien chiquita.

—Entonces, ¿aquí en la ciudad, nunca?

—Pues sí, en el Mercado de Jamaica tenemos un puesto de flores. Sé hacer de todo y, más que nada, lavar y planchar a mano, que es para lo que me dijeron que me necesita.

—¿De dónde eres, Rosario?

—De allá de Veracruz, de Altotongo.

—¿Cuántos años tienes?

—Ya cumplí los dieciséis, señora.

—Me pareces muy jovencita y sin experiencia, pero quizá así sea mejor; aquí te moldearemos a nuestro gusto.

¿Qué te parece si probamos un mes y después volvemos a platicar?

Ya te diré si te quedas, dependiendo de cómo hagas tu trabajo.

Vendrías cuatro veces a la semana, de lunes a jueves, de nueve de la mañana a cinco de la tarde, salvo en alguna ocasión que te quedes más por algún evento que tengamos. Se te pagará semanalmente.

Cuando Rosario escuchó cuánto le iba a pagar, pensó que con eso cubriría muchos gastos de la niña, pero le tenía que decir a la señora y ojalá le permitiera tenerla con ella.

—Bueno, es que… pues es que tengo una niña chiquita y yo le quería preguntar si… si puedo traerla conmigo.

—Pues, ¿qué edad tiene tu hija si tú eres tan jovencita?

—Tiene apenas cinco semanas y le doy el pecho. Duerme casi todo el día y no hace nada de ruido, pero todavía come a cada rato.

La señora Ortega no conocía la miseria de cerca, pero la veía en las calles, en los rostros ajenos que solía evitar. Las palabras de la joven madre le cayeron como un golpe seco en el pecho. Se quedó en silencio, sintiendo compasión.

—Puedes quedarte —respondió al fin en un tono más dulce del que acostumbraba—. Te necesito en la lavandería. Y a la niña… a la niña te la puedes traer; vamos a ver si no llora mucho.

Lo cierto era que a la señora Marina le encantaban los bebés y, en su casa, la más chiquita, María, ya tenía casi ocho años.

—Sí, señora, aquí estoy bien tempranito mañana. Gracias.

Celsa la escoltó por la misma puerta de servicio por la que había entrado.

Su mirada le hizo sentir que quizá no le había parecido bien que la señora le ofreciera la oportunidad, pero ella iba feliz por haber conseguido trabajo, aunque fuera a prueba.

Estaba nerviosa, emocionada y un poco asustada.

«Mi primer empleo en forma en la capital», pensó, mientas escuchaba a Manuela canturrear: «Maldito corazón, me alegro de que ahora sufras y llores y te humilles por este gran amor».

Iba tan contenta que le parecía que todo aquel que se cruzaba con ella le sonreía.

No había transeúnte anónimo. Todo fluía distinto.

El camión llegó a la parada justo cuando ella se aproximaba.

En el asiento de junto, se sentó una señora que le sacó plática.

Cuando se dio cuenta, ya había llegado al barrio y caminaba, casi bailando, hacia la vecindad.

«Le voy a echar muchas ganas», se dijo, para que la señora esté retecontenta conmigo y vea que valió la pena que me diera la chamba.

Esa noche durmió muy poco, se despertaba a darle de comer a Azucena y el pendiente la tenía intranquila, no fuera a ser que se quedara dormida y no llegara a tiempo al trabajo.

Miércoles, nueve en punto de la mañana. Llegó a la avenida México, número 46, después de recorrer los estados de la república que bautizan las calles de la colonia Roma.

Puebla, Michoacán, Campeche y Zacatecas le parecieron ajenas, pero, poco a poco, las iba a ir haciendo suyas, tanto que, con el paso del tiempo, las recorrería casi con los ojos cerrados.

Todo era como en la película que vio en el cine Cosmos: puro lujo.

Luego supo que eran muebles de caoba tallados, alfombras persas de seda y lámparas importadas de Europa los que la recibieron ese primer día.

Al ver el interior de la casa, se dio cuenta de por qué las dos hermanas no se daban abasto con tanto quehacer y por qué la habían contratado a ella.

La señora Marina Ortega tomaba su café matinal sentada en el antecomedor, sorbiendo de una taza de porcelana con dibujos muy finitos.

Le dio los buenos días cuando la vio pasar hacia la lavandería en medio de la pulcritud elegante que la rodeaba en esa estancia.

Rosario no quiso verla a los ojos por miedo a revelar sus nervios.

La patrona se levantó para echarle un vistazo a la bebé que venía dormida al calor del rebozo contra el cuerpo de su madre.

Le acarició la mejilla con el dedo índice.

—Está preciosa tu niña —exclamó.

Después le indicó que podía cambiarse en el cuarto de servicio, el de Celsa y Manuela; también hacer uso de ese baño y acostar a su bebita ahí, porque estaba cerca del cuarto de lavado.

Entró a la habitación y vio un espejo con postales metidas en las esquinas.

El texto en todas era casi el mismo: «Querida Celsa, feliz Navidad, se te extraña por acá».

Así iban de año en año: 1954, 1955, 1956.

La firma se reducía a dos siglas en tinta azul: c.

r ., y, en algunas postales, comenzaba a decolorarse sobre el papel, que también estaba perdiendo su blancura.

¿Qué secreto se anidaba tras esas dos letras?

¿Por qué no era una firma completa? Rosario empezó a imaginar toda clase de historias en su cabeza, de esas que había leído en algunos de los libros de la maestra Alicia: que si era un amante prohibido; que si un familiar peligrosamente cercano.

El amplio patio aguardaba junto con un canasto rebosante de ropa de cama.

Un entramado de recio mecate de maguey, parecido a un cruce de caminos, el suyo y el de esa casa y sus habitantes, aparentaba estar esperando que le tendiera su vida al sol junto con la ropa batiéndose al aire.

Varias pinzas de madera detenían el instante.

Rosario las veía como pajaritos dormitando plácidamente en un alambre hasta que llegara ella a darles uso y propósito.