Se necesita un nombre
Se necesita un nombre
Cuando Rosario volvió a darle el pecho a la bebé, esta se quedó dormida.
—Shh… No la vayas a despertar —pidió, sin darse cuenta de que se mecía con la cadencia suave de la respiración de su hija.
A Elia le sobresalieron los pómulos de ébano al brotarle la sonrisa.
«El dulzor de la vida viene acompañado de amargura», pensó.
Sin apartar los ojos de esa escena ni dejar de sonreír, sacó a colación un tema del que ya había tratado de hablar antes: la pequeña no tenía nombre.
En varias ocasiones, lo había comentado, pero Rosario le expresó sus dudas acerca de ese rito que derrama sobre los niños el amor, la bondad y el perdón que le son inherentes.
Para Elia, un alma sin nombre era un alma suspendida, sin raíz ni pertenencia.
Una tarde en que la observaba, vio la fina pelusa que le cubría el cuerpo; era una piel semejante a la del durazno.
La besó en la frente y, entonces, de la nada, como si alguien le hubiese murmurado un secreto al oído, pronunció: «Azucena».
Sintió cómo el sonido se acomodaba en su boca.
«Azucena», repitió más lento. La promesa de una vida nueva.
No podía ser otro.
Recordó que, allá, en Veracruz, había escuchado decir a su abuela que el nombre de la flor significa corazón inocente y le gustó aún más la idea de llamarla así.
«Las azucenas aguantan mucho tiempo después de ser cortadas», le había dicho.
Elia se transportó a esos días en que los pies se le sumían en la hierba fresca.
Acarició el paisaje con la mirada y la posó en las aguas que escurrían por las veredas y que parecían juguetear como lo hacía ella en el río.
Si dejaba volar su imaginación, veía a la abuela Nati, orgullosa de su «Huesitos», como la apodaba por su delgadez.
Se embebía de esa imagen, de cuando le besó los párpados diciéndole que, a partir de entonces, ella sería sus ojos porque su viejita se despedía de los suyos.
Se había quedado ciega. Aun así, el eco de sus carcajadas rebotaba en las orillas de esa memoria que ahora le venía a Elia al ver a su propia nieta.
«Azucena», apenas lo pronunció, un pensamiento inquietante cruzó su cabeza.
¿Podía nombrarla sin haberla bautizado primero?
¿No era un acto de soberbia? Sintió un escalofrío al recordar las historias de su infancia en el pueblo; cuando decían que los niños sin bautizar quedaban en el limbo, atrapados en un lugar sin Dios.
Miró a la niña con angustia. ¿Y si la dejaba expuesta al nombrarla sin agua bendita?
Respiró hondo. No podía dejarse llevar por temores antiguos, pero, por otro lado, hablaría al respecto con Rosario en cuanto amaneciera.
La bebé se removió en sus brazos. «Azucena», murmuró Elia otra vez y dibujó sus facciones con la yema del dedo para que no se borraran de su memoria, para verlas con el tacto, como hacía Nati con ella.
Elia sabía que Rosario no quería oír hablar del bautizo.
Su hija había rechazado todo lo que tuviera que ver con la iglesia desde lo de Chema, pero Elia no podía resignarse.
Sentía que, sin el bautizo, la niña quedaba desprotegida, como una flor a la intemperie en pleno invierno.
Así que decidió que no discutiría con Rosario.
No la presionaría con sermones ni le hablaría del pecado o del limbo.
En lugar de eso, apelaría a algo más fuerte: el amor.
Con la bebé en brazos, empezó a hablarle en voz baja, con la calma de quien siembra palabras como semillas.
—¿Sabes, hija? Me gustaría que se llamara Azucena —se atrevió a decir, acariciando la cabecita de la niña. Rosario no respondió, pero tampoco se levantó para irse—. Porque es una flor blanca, pura. Y también es la flor de la Virgen.
Rosario resopló con impaciencia.
—Otra vez con la Virgen…
Elia sonrió, sin alterarse.
—El bautizo no es solo un rito. Es darle la bienvenida como Dios manda, con un lazo de protección a una familia más grande que la nuestra. Es asegurarle que nunca estará sola.
Rosario se removió en su silla, inquieta.
—No creo en eso, mamá, ya lo sabes. ¿A mí quién me protegió?
—No tienes que creer, pero ella sí merece tener la oportunidad de hacerlo algún día. No se trata de ti o de mí, sino de ella. De que tenga un nombre ante el Señor, de que reciba una bendición para su camino.
Rosario miró a la niña con una sombra de duda en su rostro. Elia notó el cambio y aprovechó el momento.
—No tienes que hacer nada, solo venir y estar con nosotras. Por favor, hazlo por mí, por ella, y te dejaré de molestar. Mira, lo juro, por esta. —Se llevó los dedos en cruz a la boca.
El silencio se extendió entre ambas. La niña dormía tranquila en su manta. Finalmente, Rosario suspiró y se pasó una mano por el cabello.
—Está bien… Pero solo porque no quiero que me sigas insistiendo.
Elia sonrió en silencio. Sabía que a Rosario todavía le era difícil admitir en voz alta que, en el fondo, también quería lo mejor para su hija.
Un buen día, con la niña envuelta en el rebozo, Rosario salió de la vecindad.
Caminó un rato entre las calles empedradas y, cuando se dio cuenta, estaba frente a la Iglesia de la Santísima Trinidad.
No entendió por qué, pero sintió el impulso de entrar; hacía meses, desde antes de que naciera su hija, que no ponía un pie ahí a pesar de las súplicas de su madre.
El recinto estaba casi vacío; solamente dos mujeres mayores ocupaban la primera banca y, arrodilladas, se golpeaban el pecho con un fervor al que Rosario se sentía totalmente ajena, a pesar de que lo veía también en Elia.
Tuvo la tentación de darse la vuelta y echarse a correr.
Dudó mientras miraba las veladoras encendidas, la cera derramada como pequeñas derrotas blancas sobre el metal, el olor espeso a incienso que se le pegaba a la garganta.
Había olvidado lo que era sentirse como una hebra más de ese tejido al que pertenecía, aun sin quererlo y sin sentir la presencia del Espíritu Santo, y mucho menos eso de que cuida de sus hijos.
Se cree que el dolor redime, pero ella no lo veía así.
¿Acaso rezar ayuda en algo? «¿Qué puedo decir, Señor?
Tú sabías todo lo que me iba a suceder antes de que mi niña naciera, incluso antes de que naciera yo.
Sabías lo que teníamos escrito en la frente.
Hoy te ruego que le evites a mi hija todo lo malo que el destino pueda traerle.
Creo que ya hemos tenido suficiente. Además, la puerta que asomaba a mi propio futuro se cerró de repente.
No se la cierres a ella también». Sin darse cuenta, hablaba con Dios, a pesar de que se había prometido nunca volver a tener esa conversación porque Dios había guardado silencio.
Sin entender bien a bien por qué, entró en el confesionario.
Comprobó que Azucena seguía durmiendo al calor de su espalda, como si temiera que lo que estaba a punto de decirle al cura pudiera escucharlo la pequeña.
Era algo que había contado una sola vez y que nunca volvería a contar, pero, por alguna razón, ese día necesitaba decirlo.
Agotada por el peso de esos sentimientos que no había logrado matar a base de mantenerlos encerrados, por aquello que marcó el principio del fin de su adolescencia, concertó una tregua consigo misma para silenciar esa voz que solamente ella escuchaba, esos susurros incesantes que, a pesar de que Chema estaba en la cárcel, parecían salir de los barrotes para llegar a ella.
A través del lambrín de madera que separa al que se confiesa del enviado de Dios, su repudio, almacenado en la respiración que pasaba por su garganta, se disparaba, retumbando con las palabras que parecían estrellarse y explotar en esa caja.
En esa historia narrada con profundo dolor, el padre pudo escuchar el grito que la mano de Chema ahogó sobre la boca de su víctima.
En la voz del cura, la incredulidad iba desapareciendo y las heridas de esas balas sangraban.
Imaginó la mirada suplicante de la muchacha a la que había dado la bendición en sus quince años y se le anudaron las entrañas.
Después, se hizo un silencio que no se fue hasta que, en la despedida, un tibio intento por sonreír delató los reproches en su mente: «Debí darme cuenta, debí tratar de corregir a Chema cuando sospeché de sus malos pasos».
Llevaría la confesión de Rosario a flor de piel y no hubo día en que no pensara en ello, en que no fuera una tortura de la que no podía escapar.
El día del bautizo llegó. A Rosario se le entrecortó la voz desde que saludó al padre.
—¿Qué te pasa, hija? —le preguntó Elia.
—Nada, nada. Me pica la garganta porque estuve asando chiles —respondió, carraspeando para evitar el llanto.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…
—Amén —respondieron al unísono Yolanda, Elia y Rosario mientras el agua bendita caía arriba de esos ojos que lo miraban todo con la novedad que trae el mundo.
«A-zu-ce-na», repitió varias veces con la niña pegada a su regazo.
Su nombre le flotaba en la lengua y se le juntaba en los labios que se abrían en su última sílaba.
Deseó en silencio que su hija, como la flor, conservara su frescura en la sombra y dejó de evitar ese pequeño rostro que hasta entonces había sido un desafío.
La miró. Se le quebró la voz y se abrazó a Elia.
Así se quedaron, las tres, juntas, convertidas en escudo.
Como si los años anteriores a que Azucena existiera, hubiesen desaparecido.