La piel de las azucenas Bienvenida al mundo
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Bienvenida al mundo

Bienvenida al mundo

El cuerpo de la niña parecía un pequeño pájaro exhausto.

Su respiración era pausada, casi imperceptible, y sus párpados pesaban como si el esfuerzo del nacimiento la hubiera dejado en la oscuridad que, hasta entonces, conocía mejor que la luz.

Sus bracitos, untados con el viscoso líquido que la abrigaba en el vientre, parecían alas húmedas, incapaces aún de volar.

Lucía pálida bajo la luz fría de la habitación y sus diminutas manos apenas se cerraban en un puño.

No lloró con la fuerza que Elia esperaba, solo emitió un leve quejido, casi un susurro.

La presencia de esa criatura nueva, envuelta en silencio y vulnerabilidad, le creó de golpe un nudo dentro, como si el amor y el miedo se hubieran dado la mano.

Elia sabía de sobra que la vida es frágil, que el mundo puede ser cruel y esa pequeña criatura venía acompañada de una preocupación eterna.

Se preguntó si podría protegerla, ya que no lo pudo hacer con su propia hija.

Se preguntó si estaría a la altura del desafío de ser su abuela.

La miró, deseando que el simple contacto pudiera decidir su destino.

¿Cómo amarla sin que el pasado ensombrezca su existencia?

¿Cómo protegerla de un origen que nunca debió ser el suyo?

En ese instante, Elia comprendió que el amor por su nieta no podría disociarse de la tristeza, pero tampoco de la esperanza.

A pesar de todo, esta niña merecía ser amada, dejar a un lado el recuerdo de la violencia y verla como una promesa.

Los primeros días después del alumbramiento, fueron Elia y Yolanda quienes cuidaron de la chiquita.

Tan pequeña, tan indefensa, apenas un suspiro envuelto en una manta.

Le daban leche en un biberón cada vez que la criatura lloraba, le cambiaban el pañal de manta de cielo y le acercaban el nudillo del índice en los labios a manera de chupón para que conciliara el sueño.

Rosario no quería ni voltear a verla porque, en su rostro recién formado, asomaba el aspecto de esos ojos; el rastro imborrable del hombre al que odiaba.

No podía tocarla, no podía mirarla sin sentir que él seguía allí, acechándola en cada rasgo.

Elia trataba de entender a su hija y sabía que necesitaba darle tiempo; que tarde o temprano, el instinto de madre, ese que ahora estaba enterrado bajo el recuerdo de la vejación, saldría a flote.

No le molestaba no dormir. Se adelantaba en cada toma de leche para no despertar a Rosario, quien le decía que estaba cansada; aunque con el correr de los días, Elia se dio cuenta de que lo que su hija deseaba era estar lo más lejos posible de la bebé.

No escuchar sus balbuceos que podrían seducirla.

Elia le pidió a Yolanda que se encargara del puesto de flores para que ella pudiera atender a la niña, que necesitaba cuidados constantes, y a Rosario, cuya alma atormentada buscaba refugio.

—Por supuesto, no te preocupes. Yo me encargo. ¿Cómo sigue Rosario? —preguntó mientras se secaba las manos en el mandil.

—Perdida, Yolanda. Perdida y asustada, pero la bebé la necesita y yo no puedo estar en dos lugares a la vez.

—No te angusties; en Jamaica, todo estará bien. Tú cuida a tu hija y a tu nieta.

—Gracias, querida amiga. Dios te lo pague.

—Y si necesitan ayuda con la niña, dímelo. Ya sabes que a veces el silencio de mi casa pesa demasiado… Me haría bien arrullarla de vez en cuando.

—Eres un ángel. La vida siempre encuentra formas de juntar a quienes se necesitan.

A la mañana siguiente, el viento jugueteaba con la ventana a medio abrir y el ruido despertó a Rosario.

A un costado, el pecho de Elia se hinchaba y se deshinchaba con cada ronquido; junto a su cuerpo, se distinguía el pequeño bulto que se ocultaba.

Rosario vio una manita con el puño abierto que descansaba sobre el rostro de su madre, la abuela de esa bebé a la que le costaba tanto trabajo tratar de querer. No pudo evitar conmoverse.

Con los días, su expresión se fue ablandando. Elia lo notó y aprovechó para decirle que debía darle el pecho ahora que ya le había bajado la leche; que ya no podían darle la evaporada como lo habían hecho los días pasados porque los retortijones demostraban lo mal que le caía.

Rosario se sentó al borde de la cama con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo. La niña lloraba en la cuna improvisada; era un llanto delgado pero insistente que llenaba la habitación como una súplica imposible de ignorar.

—Tiene hambre —aseguró Elia con la misma falta de ilusión que las veces anteriores.

—Dale un biberón —respondió su hija con frialdad, sin siquiera mirar a la niña.

Elia suspiró. Sabía que le daría esa respuesta, pero también sabía que no era tan simple. La leche evaporada con agua y azúcar que le daba no podía reemplazar lo que la niña realmente necesitaba, además del alimento.

—Sabes que la leche de vaca le hace daño y esa fórmula rebajada la va a hacer bajar de peso —insistió pacientemente.

Rosario frunció el ceño y se abrazó más fuerte a sí misma.

—No quiero.

Elia la observó en silencio.

—No hay cura que no venga de una herida. Escúchala —susurró, inclinándose sobre la cuna—. Tiene hambre y te necesita. Y tú a ella para sanar.

El llanto se hizo más fuerte, desgarrador. Rosario apretó los dientes y hundió el rostro en las palmas de sus manos.

—No puedo, mamá —murmuró.

Elia se sentó junto a ella y le tomó el brazo con suavidad.

—No es cuestión de poder. Es cuestión de que nadie más puede hacerlo por ti. Su cuerpo reconoce el tuyo. Tu leche es lo único que ella entiende ahora.

Rosario tragó saliva.

—¿Y si no sé hacerlo?

Elia sonrió levemente.

—Tu hija sí sabe. Solo tienes que dejarla intentarlo.

El silencio se extendió entre ellas, roto solo por el llanto de la niña. Finalmente, Rosario se pasó una mano por el rostro y se levantó con un suspiro.

—Está bien… trataré, pero, si no se me agarra, buscamos a una recién parida que nos pueda ayudar.

Elia asintió, ocultando la satisfacción en su rostro.

Rosario tomó a la niña con torpeza y se sentó de nuevo. Temblaba mientras desabrochaba su blusa, pero, cuando la acercó a su pecho, la bebé dejó de llorar de inmediato y empezó a succionar con avidez.

La joven madre sintió un calambre recorrerle los senos. Era extraño, íntimo, abrumador y doloroso. Todo a la vez.

Elia le acarició el hombro con ternura.

—Lo estás haciendo muy bien.

Rosario sintió que tal vez… tal vez podía aprender a querer a esa niña que llegó demasiado temprano a su vida.