La piel de las azucenas El primer aliento
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El primer aliento

El primer aliento

Era una tarde inusualmente calurosa para la temporada. Yolanda vio los tobillos hinchados de Rosario, su vientre ya muy bajo y sus pechos rebosantes. Tenía la nariz ancha y sobre las mejillas unas marcas de color marrón como si se hubiera tiznado.

—Estoy segura de que es niña —le comentó.

—Y usted, ¿cómo sabe?

—Pues dicen que las mujeres le roban la belleza a la mamá, además, traes la barriga bien redonda.

La joven escuchaba con los brazos cruzados en el hueco entre el pecho y el vientre cuando un chisguete de agua comenzó a correrle por las piernas.

—¡Creo que me ganó! —exclamó, avergonzada.

—¡Ay, Diosito santo! A ver, vámonos pa’ tu cuarto.

Rosario se sentó en la orilla de la cama. Yolanda reconoció ese líquido fino y acuoso.

—Mi niña, ya rompiste aguas. Voy a avisarle a tu mamá, que está en los lavaderos. Uy, se va a poner retecontenta.

La habitación se sentía más pequeña esa noche.

Las paredes, que ofrecían refugio contra el mundo caótico de la vecindad, parecían encogerse, abrazando a las cuatro mujeres que compartían ese momento.

Rosario, tendida en la cama, exhalaba con fuerza mientras apretaba las sábanas gastadas.

Basilia, de rostro curtido y manos sabias, daba órdenes con una voz firme, la de la experiencia de haber ayudado a traer al mundo a decenas de bebés.

Elia, de pie junto a la cabecera, sostenía la mano de su hija con una mezcla de temor y anticipación, como si el mundo entero contuviera la respiración junto a ellas.

Sus ojos, marcados por años de lucha y sacrificio, se llenaban de lágrimas al ver el rostro desencajado de Rosario, su pequeña, su niña, ahora obligada a ser mujer, a punto de dar vida.

Una contracción la hizo sostener el aire; después, dio resoplidos rápidos.

—Hija, respira —le susurró Elia, tratando de infundirle calma, aunque su propia voz temblaba.

Yolanda hervía trapos que le pasaba a la partera y Elia le secaba la frente a Rosario entre arcadas de esfuerzo.

El aire del cuarto estaba impregnado de sudor y de la esencia de hierbas que la comadrona había hecho bullir momentos antes.

Todo era un ritual ancestral, uno en el que la vida y la muerte bailaban juntas por un instante.

El parto duró dieciséis horas de dolores y agotamiento.

Elia tenía el corazón encogido y, aunque se aferraba a la esperanza de que todo saliera bien, una preocupación punzante comenzó a corroerla.

Ya eran muchas horas y el cuerpo de Rosario, agotado, se quedaba sin fuerzas con cada contracción.

Buscaba señales de alivio en el rostro de Yolanda, pero encontró silencio e incertidumbre también.

Llena de inquietud, su cuerpo tembloroso ignoraba el cansancio.

Esperaba a ese bebé como la compensación de Dios por lo que Chema le había hecho a su hija.

En cambio, Rosario interpretó los dolores como un castigo divino por haber rechazado a la criatura aun sin haber nacido.

—Ya viene, ya casi, puja, niña, puja —ordenó Basilia con tono urgente.

Elia sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.

Sus ojos se fijaron en el rostro de su hija, que se retorcía entre gemidos y gritos.

Entonces, ocurrió. En medio de un último esfuerzo, un grito más profundo que cualquier otro y apareció la primera imagen del bebé.

No pudo contener un sollozo al ver ese milagro: una cabecita diminuta, mojada y llena de vida se asomó.

Observó, paralizada, cómo el cuerpo de la bebé salía poco a poco hasta que quedó en las manos expertas de la partera.

Luego, lo escuchó: un llanto agudo, ligero y tan poderoso a la vez que llenó cada recoveco, como si fuera un canto sagrado.

Sus rodillas flaquearon. Deseaba que todo lo que había vivido, todo el dolor y todo el sacrificio encontraran sentido con esta nueva vida.

La bebé nació el 31 de octubre de 1959 tras varias horas de una lluvia tan persistente como las contracciones de un extenuante trabajo de parto; dos meses después de que Rosario cumpliera los dieciséis.

Basilia colocó a la bebé sobre el pecho de la parturienta, pero esta volteó la cara.

No quería verla, no quería reconocer ningún rasgo.

Por fin, después de unos minutos en silencio, preguntó:

—Mamá, ¿qué es?

Elia puso su frente contra la de su hija y le dio la noticia:

—Es una hermosa niña.

—No, niña, no… —murmuró con un hilo de voz.

—Mírala tú misma.

Basilia le acercó el pequeño bulto.

Estiró el brazo y, apenas la rozó, la miró como quien está buscando algo, una pista que nadie más ve. Un atisbo fue suficiente; las manos se le crisparon y ladeó la cabeza. Mientras volvía a llorar, dijo con un tono áspero, pero a la vez confuso:

—Tiene sus ojos, mamá, tiene sus ojos.

La forma almendrada era la misma, aunque el color fuera distinto. Sintió un hormigueo que le quemó la piel. Volvió el silencio, ahora más largo que el anterior. Retiró la mano. No la quiso ver más y, a pesar del calor, se tapó hasta la cabeza.

Cuando Elia sostuvo entre los brazos a su nieta de apenas un par de kilos, pudo reconocer la forma almendrada de los ojos de su padre.

No dijo nada. Se limitó a acariciar la frente de la pequeña.

Enseguida, agradeció a Dios que estuviera sana y que Rosario lo estuviera también.

Ya limpia y envuelta en una cobija amarilla que ella había tejido, se la acercó nuevamente a su madre.

Rosario apartó la mirada. No quería verla.

No podía. Cada aliento le dolía, no solo por el parto, sino por esa herida más profunda que nunca cerraría.

Elia vaciló un segundo; su corazón se desgarraba en emociones opuestas.

La niña era un milagro que se aferraba al mundo pese a su fragilidad, con la piel aún enrojecida y los ojos apretados, luchando por acostumbrarse a la recién estrenada brillantez del mundo.

Pero también era el recordatorio más cruel de una herida que aún supuraba en el alma de ambas.

Qué terrible debatirse entre la ternura y la rabia, entre el amor instintivo que le despertaba ese ser diminuto y la impotencia de no haber podido evitar el dolor que precedió su llegada.

—Mi niña —susurró al fin la nueva abuela.

No estaba segura de cuándo había sido la última vez que lloró.

Los años le habían enseñado a endurecer el alma, a guardar las lágrimas en algún rincón donde no estorbaran.

Pero, ahora, con su nieta en brazos, sintió un nudo subirle por la garganta, caliente y apretado, hasta que las lágrimas, tercas y silenciosas, comenzaron a caer.

Se sentía abrumada y no sabía qué sería de ella, de Rosario, de todas, pero ese instante lo recordaría siempre.

En cambio, Rosario sintió el peso del agotamiento hundiéndola en el catre. Los ojos entornados, la piel perlada de sudor. Las voces de Elia y Yolanda se entremezclaban, lejanas, y el mundo se iba fundiendo en un murmullo.

—Te voy a traer unas hojas de clamaca, la hierba de los pechos —comentó Yolanda—.

Recuerdo que, cuando nació Juliancito, me la recomendaron para las grietas que te van a salir en los pezones, porque se ve que esta niña va a ser retecomelona.

Vas a ver cómo te desinflama y cierra las heridas de los primeros chupetes.

—Pero no quiero darle pecho —exclamó Rosario y cerró los ojos, sintiendo el vacío expandirse dentro de ella.

Elia, sin poder hablar, seguía acariciando a la pequeña.

Sentía como si el cuarto entero hubiera cambiado, como si ahora brillara con una luz invisible que solo ella podía percibir.

Su nieta era un hilo nuevo en el tejido de su vida, una promesa de futuro que parecía imposible en medio de tanto caos.

—Bienvenida —murmuró con la voz entrecortada.

En ese momento, juró que haría lo que fuera necesario para proteger a su pequeña; sería un escudo y un refugio; el abrazo que ahuyentara el miedo; la voz que la guiara en la oscuridad.

No importaba lo que dijeran los demás ni las sombras del pasado que amenazaban con alcanzarlas.

Aquella niña nunca estaría sola. No dejaría que el dolor con el que llegó al mundo marcara su destino.