La enfermedad del corazón triste
La enfermedad del corazón triste
El estado de alerta permanente en el que vivían Rosario y Elia se fue extinguiendo al ver que Chema no regresaba.
Pasaban las semanas y la sombra sobre Rosario, por fin, se desvanecía.
Soñaba con gendarmes y con un preso, uno, asfixiándose en el silencio de su jaula…
y amanecía tranquila. Estiraba la espalda como un gato que recién se despierta, agotada por el peso en el vientre, pero ya no en los hombros.
En cambio, Dominga creía que la gente hablaba mal de su hijo por envidia.
A sus ojos, de eso de lo que se le acusaba, no podía ser; era una confusión.
Los hombres tienen necesidades y su necesidad fue malinterpretada.
Seguro aquella muchacha lo provocó o quiso estar con él y después se arrepintió.
Además, él era un buen hijo, siempre había puesto todo su empeño para ayudarle con los gastos.
Pero, en la vecindad, era sabido que el empeño lo ponía más bien en gastar el dinero de su viejecita, apostando en el billar o emborrachándose con sus amigos; además, bien lo creían capaz de violar.
—Todo el mundo está hablando de mí; lo sé porque no me dejan de zumbar los oídos y se me quedan mirando —le comentó Dominga a una vecina.
—¡No! ¿Cómo cree? Y no haga corajes, que se le va a derramar la bilis, doña —le contestó, escondiendo lo que realmente pensaba.
Dominga no podía pensar en Chema como villano.
«Si iba a misa todos los días de guardar», se decía una y otra vez.
No bastaron las pruebas y las declaraciones de la víctima, su madre argumentaba a gritos que era una injusticia.
Sus visitas a la cárcel no cesaron. Meses de burocracia y de tamborileo de dedos sobre un escritorio no lograron darle el gusto de ver a su hijo sin rejas de por medio.
Cada vez que llegaba al reclusorio, las esperanzas, apenas nacidas, agonizaban.
Chema luchaba por mantenerse con ánimo frente a su madre, pero, en cuanto la veía, los ojos se le hacían llanto.
A Dominga, a veces, la fuerza le flaqueaba y cerraba los puños, como si buscara algo que golpear.
Se quedaba paralizada por no comprender lo que su niño hacía ahí; cuando al fin lo entendía, la invadía el desconcierto.
Saliendo de ese infierno, volvía a Manzanares. En cada recoveco, se escuchaban los jadeos propios de ese cansancio que la portera arrastraba por el patio en las mañanas.
—¡Te voy a retorcer el pescuezo si no dejas de correr! —le gritó a uno de los niños que jugueteaba. Su paciencia estaba tan agotada como ella—. ¡Estense quietos ya! —le gritó al otro.
—Deberías de ver la cara que pones cuando estás muina —le replicó la mamá de los chiquillos mientras los agarraba del brazo para llevárselos, entendiendo que a Dominga se le había acentuado el mal humor.
La vida también hizo justicia y le mandó a Justino un trombo que lo dejó en una silla de ruedas y con la baba colgando.
Aunque las maldiciones no pararon y los malos modos tampoco, al menos Dominga se libró de las palizas que le tocaban cuando su marido estaba borracho.
Aun así, a ella le hacía falta su Justino, que ahora habitaba una celda sin muros, donde la libertad era un espejismo que se alejaba con cada escalón imposible.
Anclado al suelo, medía el trayecto en obstáculos y sus deseos en la voluntad ajena.
Habitación tras habitación, cada una, un universo.
Vivir en el barrio era tener siempre algo pendiente.
Una pared que reparar, una estufa que no servía, un tornillo al que había que darle una vuelta más para que lo poco que tenían no se viniera abajo.
Esa narrativa propia poseía la vecindad, descarnada y purulenta, entendida solo por quienes la habitaban.
Fábulas de tragedias reales se narraban cada noche; una azotea donde se arrumbaron costumbres que trataban de sobrevivir; callejones donde el crimen lucía a sus muertos como si fueran medallas, y la iglesia, el lugar para mantener los ancestrales patrones que brotaban de sus grietas mal preservadas.
Las pócimas sanadoras habían sobrevivido a las centurias y, ya fuera una enfermedad física o emocional, siempre existía un té que tendría un efecto certero.
La comida, la superstición y la medicina se entretejían en aquellas costumbres milenarias del saber popular que hacían de un buen caldo de pollo la cura de las penas, o enaltecían la herbolaria para sanar la tiricia, ese mal de la nostalgia, de la falta de un ser querido. La enfermedad del corazón triste.
De eso, sufría Dominga.
Las mujeres más viejas de los pueblos conocían bien el ritual.
Doña Tencha venía de una larga línea de sabias, las indicadas para aliviar la desolación.
Primero, hizo una mezcla con hierbas: azomiate, capulín, Santa María, hojas de durazno, ruda, romero, marrubio y epazote de zorrillo.
A continuación, las incorporó con alcohol y tabaco.
Le pidió a Dominga que se desvistiera para frotarle todo el cuerpo con el menjurje justo a las doce del día.
Tres curas eran necesarias para que el mal de la tiricia se alejara y se dejara de extrañar a alguien.
Tencha le había hecho esta ancestral receta a Socorro para que ya no le hiciera falta Matías; a Elia, para que dejara de echar de menos su pueblo, y a Yolanda, para que la melancolía por sus hijos aminorara siquiera un poco.
El tiempo pasaba, pero para la portera la vida parecía un prisma que refractaba la luz de la nostalgia.
Ya no escucha los alaridos ni a los perros ladrar.
Lloran los niños, pero ella no oye y eso es peor.
Se cruza con los inquilinos que acumulan juguetes rotos, muebles desvencijados, calendarios de años perdidos y flores de papel que solo guardan polvo.
No se fija en las fotografías de bodas de familiares que ya no están, solamente mira la de un hijo, un hijo menos, una desgracia más.
Su vecindad está saturada de santos, de intentos de mantener la limpieza, de primos arrimados y de amistades de cantina.
De herramienta oxidada, de paredes cubiertas de salitre y de migrantes sin retorno.
Su vecindad, la de afectos, de añoranzas, de espíritus y de orgullo, no es la misma porque le falta Chema y le sobra un Justino que ya no puede caminar.
Entre esas paredes quedan los secretos y las pesadillas, que llegan a veces en susurros con el cosquilleo del viento o en marejadas con el crepitar de la lluvia.