Un número por nombre 6397-42
Las ganas de una graduación, antes tambaleantes, o de soñar con un futuro y ser diferente se convirtieron en un imposible para Rosario.
Evitaba salir. Prefería quedarse en el cuarto escuchando la radio que don Jacinto había reparado o leer, leer una y otra vez; su tesoro contenido en una isla.
Elia la observaba. A veces la veía mirar fijamente por la ventana, soñando con escapar, aunque ninguna supiera a dónde.
Las dos tenían miedo de todo lo que implicaba irse, de enfrentar nuevamente la incertidumbre y de la posibilidad de fracasar.
Aun así, Elia iba descifrando el lenguaje de la vida diaria, se guiaba por el susurro del instinto y no abandonaba la idea de la huida.
Esa tarde, Yolanda había llegado de Jamaica y, junto con las demás vecinas, esperaba que comenzara su telenovela: Teresa.
En cuanto apareció Maricruz Oliver en la pantalla en blanco y negro, todas quedaron embobadas.
Dominga movía la mano para espantarse las moscas cuando sonó el estruendoso timbre.
Desguanzada en su silla de bejuco, no se inmutó.
Pasaron unos segundos. La chicharra volvió a sonar, pero nadie se movió hasta que se escuchó el sonsonete de Pancho Pantera, fuerte, audaz y valiente; signo de que la telenovela estaba en pausa.
La portera tomó el manojo de llaves y, con su caminar renqueante, se dirigió al portón.
Entraron por el estrecho pasillo. Espaldas rectas, puños sobre macanas.
En los recovecos de esas paredes antiguas, se estrelló un eco: «Jesús María Sánchez, ¡quedas detenido!
». El patio se convirtió en un enjambre de susurros.
Se apagó la radio en el cuarto de Rosario, los lavaderos se detuvieron y el hervor de los frijoles cesó.
Justino, para variar, estaba desparpajado en la cama, ahogado en pulque.
Únicamente, se escuchaban las súplicas de Dominga en medio del zumbido incesante de los curiosos: «¿Verdad que no es cierto, mijo?
¡Esto es una equivocación! ¿A dónde se lo llevan?
¡Él no hizo nada, lo juro!». La pobre mujer no dejaba de sollozar y se atrevió a jalonear al oficial que sostenía del brazo a Chema.
—¡Su hijo agredió sexualmente a una señorita!
—exclamó el policía al tiempo que se limpiaba la manga de donde Dominga lo había zarandeado.
Con las manos esposadas en la espalda, el muchacho no se atrevió a voltear a verla.
Sin leerle sus derechos, sin oportunidad de hablar, lo escoltaron hacia la calle de Manzanares.
El gesto del oficial, que no le quitaba la vista de encima, reflejaba franca alegría:
—¡Ya te cargó la chingada, cabrón! —expresó en voz alta.
Elia y Yolanda abrazaron a Rosario. «Bendito sea el Señor», susurraron las tres en cuanto se cerró el portón.
Todos pensaron que saldría libre esa misma noche, como sucedía siempre si de justicia se trataba.
Que lo verían regresar para alegría de su madre, pero no fue así; el padrino de Mercedes era abogado y se encargaría de que Chema se pudriera en la celda más inmunda del Reclusorio Norte.
Rosario se dio el lujo de sentir regocijo y desprecio, pero, contrario a lo que esperaba, su enojo no se diluyó.
Por un lado, odió a Chema y permitió que su corazón se retorciera de ira con la libertad que da la venganza.
No lloró, pero estaba furiosa con ella misma por no haber visto más allá de una naturaleza que ahora se revelaba cruelmente obvia; porque, aunque estuviera preso, nadie podría reparar el dolor de haber visto llorar a su madre noche tras noche en silencio, de haberse sentido amenazada sin consecuencias.
Desaparecieron todas las justificaciones que su mente había construido para redimirlo.
También la culpa que sentía cuando él le susurraba a través de la puerta que los amigos se perdonan, que ellos eran amigos y que lo debía perdonar.
Lo imaginó contra una pared. Imaginó que lo bañaban con una manguera y que tiritaba más por miedo que por la presión del agua helada que lo golpeaba.
Pudo escuchar los chiflidos de los demás presos al ver la llegada de esa carne joven.
Por fin, estaba en el infierno, rodeado de paredes de concreto que exhalaban el frío de la noche, castañeteando, suplicando al sentir un cuerpo sobre él.
Escuchó el eco de los gritos que ella no pudo gritar.
Elia se dio cuenta de que Rosario tenía que morderse la lengua para no estallar y buscó los ojos de su hija. Confundida, le acarició el cabello con esa mano de comprensión que tanto necesitaba.
—Hija, no me dijiste que lo ibas a denunciar.
—No fui yo, mamá, pero quizá también debería ir a acusarlo —murmuró la joven, dudando de lo que decía.
Elia dio un hondo suspiro.
—Mira, entiendo cómo te sientes, pero no querrás que tu reputación quede a merced de los chismes, ¿verdad?
Además, de paso, van a criticarme por no haberte criado para ser una «muchachita decente» —le respondió, arrugando el ceño—.
Quizá hasta el Chema acabe siendo la víctima y tú la puta que le jodió la vida.
Además, Justino y Dominga nos harían la vida imposible.
Ahora, sin él aquí, ya podemos quedarnos en la vecindad.
—Pero, precisamente, si hablo, capaz que le dan más años. Ya seríamos dos a las que atacó.
—¡Peor aún! Quedaría como el héroe que puede tener a quien quiera y le aplaudirían su hombría —agregó.
—¡Ya estoy harta de callar! —gritó Rosario enojada.
—Pues sí, pero no querrás arriesgarte a ser la comidilla del barrio, una más de las «desfloradas», de las que ya no van a encontrar marido.
—Mamá, igual se van a dar cuenta cuando me vean embarazada y ya no falta nada para que se me vea.
Tenemos tiempo y, si te fajas, no se te va a notar. Yo también tengo harto coraje, pero aquí las mujeres sobrevivimos tratando de ser invisibles. Lo demás hay que dejárselo al Señor.
—Ya estuvo bueno de achacarle todo a Dios, ¿no crees? Lo malo, lo bueno. Pa’ mí que ni tiempo tiene de echarnos un lazo.
La mirada de Rosario contenía toda la frustración que, como una mordida, le clavaba dientes y colmillos y dejaba correr su veneno por las entrañas. Además, estaban las culpas, esas que provoca el crucifijo de madera colgando de la pared sobre la cama.
El barrio tiene tres heridas: la de la memoria, la de la violencia y la huella del dolor. Había sido cosa de tiempo para que madre e hija aprendieran a sentirlas todas.
Una fotografía de perfil, otra de frente, sosteniendo un número por nombre: 6397-42.
Dejó sus huellas en la prenda junto con lo demás que llevaba.
Le dieron un uniforme áspero, limpio, pero claramente usado, que tenía entretejidos los gritos de los reos y los de los celadores.
El ruido de los candados al cerrarse, el de los silbatos y el de las cadenas.
Pasaron las semanas. La audiencia, en realidad, fue un mero trámite.
No se entró en detalles. No hubo testimonio ni objeción ni evidencia.
Mucho menos una transcripción que pusiera en duda la culpabilidad del acusado.
Apelar no fue una opción que el abogado defensor ofreciera.
Un martillo dictó sentencia. ¿Cuántos años?
Los que el padrino de Mercedes quisiera.
Rosario durmió, meciéndose con el cadente arrullo de la justicia que se le hacía, aunque nadie lo supiera.