La piel de las azucenas Un ave perdida
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Un ave perdida

Un ave perdida

Sola, en la estrechez de un callejón, estaba segura de que alguien la seguía, ¿o sería su imaginación?

Caminó por las calles vacías y sus pisadas resonaron en el aire.

Se encogió ante el negro silencio y se sintió como un ave que ha chocado con un vidrio.

Prefirió andar hacia la amplitud de cualquiera de las avenidas, pero las laberínticas calles la desorientaron.

Creyó ver un punto de luz rojizo, un humeante cigarrillo en las tinieblas.

El destello, pequeño pero brillante, parecía ir tras ella.

Aterrorizada, corrió con todo el brío del que era capaz.

Aprovechó las sombras para desaparecer, metiéndose al cobijo de un portal entreabierto.

Sus manos húmedas, los nervios crispados.

La chispa pasó de largo junto con la silueta que ella creía que la hostigaba. Mercedes pudo por fin respirar.

Salió más tranquila de su refugio. Llegó a un estanquillo que se encontraba abierto todavía.

En la esquina, dos adolescentes torturaban a un cachorro sarnoso con una vara, lo picoteaban haciéndolo gemir.

Ellos mismos debieron de haber sido tratados a palos y cuerazos, ¿qué se podía esperar?

Seguramente, vieron pasar su infancia desde un local de fruta o a través de los maderos de huacales rebosantes de cilantro.

Quizá, con la mirada de los párpados de sus madres, maquillados como plumaje de pavo real, intercambiando caricias por monedas para no regresar a casa con los bolsillos vacíos después de ser cama de paso en la ruta de los olvidos.

Observó que uno hizo una pausa para orinar contra la pared.

No le importó si alguien lo miraba, no le importó si manchaba la cantera de la plaza.

En cuanto el otro de los muchachos la vio, lanzó el típico: «¿A dónde tan solita, mi chula?

». La voz la hizo voltear y notó cómo al chico le empezaba a subir el deseo por el pantalón.

Se quedó parada, temblando. La señora que atendía la miscelánea se percató de su agitación y la invitó a pasar a la trastienda.

Los ángulos de su rostro eran trazos de miedo que vio reflejados en el cristal sucio de la entrada.

—No te apures, hija, estos chamacos nomás se la pasan molestando a quien ven medio inocentón, como al pobre cachorro. Ya quiero ver que fuera uno de esos dóberman, a ver si le hacían lo mismo. Muy machitos, muy machitos, pero saldrían corriendo. Métete aquí y yo te aviso cuando se vayan.

Ella aceptó sin pensarlo ni un segundo. Estaba muy agradecida por haberse topado con una Sara García, una de esas ancianas que se preocupaba por el desvalido y contaba con el carácter para poner en su lugar a los vagos.

—Tienes las manos heladas, te voy a preparar un chocolatito caliente. —Le sonrió con sus encías desdentadas.

Mercedes tragó saliva para remojarse las cuerdas vocales que continuaban mudas.

—Ay, estos chamacos, siempre metiéndose en líos —comentó la señora mientras encendía el estufón—.

Mira cómo trae el ojo el Juan, todo morado.

Si no es con la policía, es con otros disque amigos o luego ahí andan drogados con lo que encuentran.

Pobres de sus mamás que se parten el lomo trabajando pa’ que estos nomás estén de maleantes, pero, eso sí, cuando les va mal, van a visitar a la Virgencita.

Le llevan flores, le piden perdón y se juran hasta sobre su vida y la de toda su familia; pero, si están en una buena racha ni se acuerdan de ir a ver a la Santa Patrona.

—Tiene usted razón —confirmó la joven viendo a los muchachos con recelo.

—El que anda con lobos a aullar se enseña y estas pandillas se agarran a los más chamacos y luego ni a quién irle.

—Deme unas chelas, doña Josefa —pidió uno de ellos.

—No, mijo, mejor ya váyanse pa’ su casa; yo ya quiero cerrar, se está haciendo bien tarde y mis reumas me están matando. Mañana con gusto les tengo sus Carta Blancas bien frías. ¡Órele, ahuequen el ala!

—¡Vámonos, carnales! Aquí ya doña Josefa no ofrece nada. Igual creo que ya ni traigo feria.

—Chale, pues ya ni qué hacerle, los invito a mi cantón a echar un coyotito.

Verlos alejarse le dio tranquilidad a la joven. Al pobre cachorro adolorido, también. Mercedes envolvió el pocillo de chocolate con las manos y, por fin, dejó de tiritar. Dio un par de sorbos y le agradeció a la señora Josefa su amabilidad. Le urgía llegar a casa.

Sintió que las calles la engullían y notó, con más agudeza, la pestilencia a rancio y a humedad que siempre estaban presente, pero a la que ya se había acostumbrado.

Quizá el mismo temor había afilado sus sentidos.

Creyó que escuchaba, veía y sentía más que nunca.

Permanecía en guardia. Ya muy cerca de llegar, escuchó una voz:

—¡Buenas, buenas! —dijo con sorna. Después, carraspeó y escupió una flema.

Ella volteó a verlo. Tenía unos moretones frescos en los pómulos y otros golpes que le hacían sangrar la ceja.

En unos segundos, las advertencias que su madre le había hecho antes de llegar a la ciudad le cruzaron la mente: que si los robachicos; que si los estafadores; que si los viejos libidinosos que, descubriéndose un jorongo, enseñan sus repugnantes partes privadas a las jovencitas.

Pero no hubo advertencia sobre el hijo de la portera, sobre el depredador que la tenía en la mira.

Ninguna alerta se asemejaba a esas manos sudorosas recorriendo su piel, a ese vaho lamiéndole la piel.

Su inocencia fracturada no volvería jamás.

Pasaron los días y, en los restos de la claridad difusa de su mente, decidió mejor ser osada que sumisa y que nunca más alguien le pondría la mano encima.

Sabía que, sin justicia, no tendría descanso.

Pensó en levantar la voz, en decir lo que ese desgraciado le había hecho.

Seguramente, había sometido a otras, las había tenido a la fuerza y quizá hablarían también si veían que ella lo hacía o, tal vez, aunque lo hubieran experimentado en sus propias carnes, no se atreverían.

No es tan fácil revivir algo así y pretender que los demás te crean.