La piel de las azucenas El último libro
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El último libro

El último libro

El portón de la escuela seguía siendo el mismo, pero Rosario lo vio diferente.

Más alto, más distante. Sabía que después de esta vez, ya no lo cruzaría nunca más.

El pasillo tenía ese olor a lápices gastados que tanto le gustaba.

Atravesó el patio, viendo a sus compañeras reírse, soñando en voz alta con lo que serían cuando acabaran la preparatoria.

Ella también había soñado con ser la primera en su familia en graduarse y demostrar que su vida podía ser diferente.

Se detuvo frente a la Dirección. Abrió la puerta con timidez y la directora la miró por encima de sus lentes.

—Qué bueno que vienes, ya te tengo el próximo libro.

Rosario bajó la mirada.

—¿Qué pasa? ¿Te sientes bien?

—Es que… bueno, lo que pasa es que…

Doña Alicia frunció el ceño y dejó los papeles que tenía en la mano.

—No voy a poder seguir en la escuela, maestra.

—¿Cómo? ¿Por qué?

Rosario carraspeó tratando de aclarar su garganta.

—Pues mire, voy —murmuró con un sonido apenas audible— voy a tener un bebé.

Suspiró con un atisbo de decepción, pues la historia de Rosario la había escuchado ya demasiadas veces.

—Mi mamá me necesita en el mercado.

La directora se quitó los lentes con calma, como si estuviera eligiendo sus palabras con mucho cuidado.

—Pero tú eres una de las mejores estudiantes. No podemos dejar que todo termine así. Déjame llamar a la maestra Marijose.

En cuanto la directora llegó con la maestra, Rosario ya no pudo contener las lágrimas.

Por la cara que traía, se dio cuenta de que doña Alicia ya le había contado lo que sucedía.

Al recibir la noticia del embarazo de Rosario y su decisión de abandonar la escuela, Marijose sintió una profunda tristeza.

La esperanza que había depositado en el futuro de su alumna preferida se desvanecía; además, una sensación de impotencia la invadió al comprender que, a pesar de sus esfuerzos, no había podido evitar que las circunstancias truncaran los sueños de esta chica que, como muchas antes que ella, se había atrevido a imaginar una vida diferente.

—Creo que no hay otra opción, maestra.

—Siempre hay opciones. Déjame hablar con tu mamá; falta poco para terminar el año. Tal vez podemos conseguirte una beca, algún apoyo. Algunos conventos dirigen escuelas con horarios flexibles para mamás jóvenes.

Rosario se llenó de esperanza. Quizá al menos podría seguir unos meses y después, cuando el bebé estuviera más grandecito, terminar. Su mamá tampoco quería que dejara de estudiar, pero… ella trabajaba todo el día. ¿Quién iba a cuidar al bebé? ¿Quién le ayudaría con el puesto?

La directora se quedó en silencio unos segundos, cavilando, como si buscara alternativas en los estantes llenos de libros.

—¿Y si vienes solo en las tardes? Puedo hablar con los maestros para que te manden el material.

—No creo. El turno vespertino es mixto, y ni mi mamá me va a dejar ni yo quiero venir si también hay muchachos en las clases.

Aunque se quedó pensando en que por las tardes baja la clientela en el mercado y Yolanda siempre se queda a cerrar, sabía que esa opción era imposible.

—No queremos que te vayas.

Las dos mujeres se miraron, pensando que no vislumbraban la vida de Rosario como la de los otros relatos que se repetían; los mismos patrones de una naturaleza cíclica de la que parecía que no se podía huir.

Doña Alicia insistió.

—Debe haber algo que podamos hacer —masculló, con un nudo en la garganta.

—Además, hay otra cosa: no quiero que mis compañeras sepan lo del niño —aclaró Rosario mientras se restregaba las manos—. Vi lo que sufrió la pobre de Patricia, ¿se acuerdan de ella? Durante meses se vendó la barriga, pero, cuando ya no pudo esconderla más, Juana le hizo la vida imposible.

La directora suspiró y se dio cuenta de que Rosario no podría manejar las preguntas, el acoso y menos podría con la altivez de algunas de las alumnas que se burlarían de ella.

Marijose le tomó la mano con tristeza, aceptando que las historias no cambian; que los hilos de enredadera que todo lo embrollan asfixian; que hasta las piedras, abrazadas por la fuerza de hojas verdes que se meten entre canteras eternas, sostienen destinos que no pueden ser diferentes.

Van trepando, lentamente, y aprietan y aprisionan.

La desilusión les cubría el rostro como un velo suplicante.

En esa chica había visto una promesa, un símbolo de fe hacia el que apuntar.

Alicia abrió el cajón y sacó esa llave que muchas veces le había confiado a Rosario para que limpiara sus libros. Caminó hasta el viejo mueble de madera, recorrió los lomos gastados con los dedos y sacó uno.

La alumna lo tomó con suavidad y aspiró su olor. El título brilló bajo la tenue luz del despacho: La isla del tesoro .

—Pero no sé cuándo se lo venga a devolver.

Alicia Ortega le sonrió con cierta complicidad.

Había escogido justo ese porque encontraba en ella un tesoro que, si se elegían las palabras mágicas correctas, podría enfrentar todas las maldiciones y los peligros para llegar a la cueva del conocimiento; sin embargo, hay quienes bloquean el acceso a esa cueva.

Parecía que la entrada había quedado obstruida para su alumna predilecta.

—No quiero que me lo devuelvas. Este es tuyo. Además, mi biblioteca siempre estará abierta para ti.

Rosario apretó el libro con los dedos. Se rehusaba a no volver.

Aunque el mercado la esperara con sus aromas dulces y con el murmullo de las regaderas mojando las canastas de flores, trabajar ahí sería un exilio.

«Al menos ya no tendré que verle la cara a Juana ni estar en guardia todo el tiempo.

Se tendrá que encontrar a otra para amargarle los recreos», se dijo a modo de consuelo al tiempo que miraba de lejos a sus compañeras.

El sol seguía brillando como si nada hubiera pasado, pero una implacable sensación de vacío se instaló en su pecho.

Le habían arrancado algo sin su permiso.

Así se sentía desde que entre su madre y ella trataban de ver cómo hacer para que siguiera estudiando.

Todas las posibilidades tenían algún inconveniente que Elia sopesaba con dolor, un dolor que Rosario reconocía porque lo sufría también.

Parecían no encontrar alternativas. Con un hijo en camino y Elia cargando sola con los gastos, lo que correspondía era estar allí, en el mercado, vendiendo flores, sonriendo, aunque el corazón pesara.

Su mamá dejó lo que estaba haciendo, se pasó la mano por la cara y, cansada, se sentó en una caja de madera.

—No era esto lo que quería para ti, hija.

La jovencita no respondió.

—Cuando supe que estabas embarazada… no solo me dolió por lo que te hizo ese maldito, sino también por lo que viene.

—Guardó silencio unos segundos, como si le costara trabajo decirlo—.

Porque lo que has encontrado entre las páginas de los libros no podrá ser.

Así pasó conmigo: me embaracé muy chamaca.

Y con mi mamá y con la mamá de ella, que ni siquiera pensó en ir a la escuela, su deber era ayudar a sus padres y, después, servir a su marido.

Ninguna de nosotras estudió: tú ibas a ser la primera —enunció al tiempo que le acariciaba la mano con esa piel áspera que se curte de quitar espinas.

Rosario se limpió las lágrimas con la manga del suéter. El silencio les exprimió las palabras. Ya no había nada que decir.