El horizonte de Elia
El horizonte de Elia
La tarde agonizaba. Rosario, también. El sangrado se había detenido.
Fue a los baños. Por un momento, dudó. Creyó no haber visto bien, pues la luz era insuficiente.
Sacó un cerillo de su mandil y lo prendió.
Volvió a revisar. Nada. El bulto de algodón con papel de baño estaba limpio.
Al parecer, los rezos de su madre surtieron más efecto que el zoapatle y, así, la esperanza color escarlata se esfumó.
¿Qué hacer? La carga en el pecho, de la que creía haberse librado, la oprimió de nuevo.
Cerró los ojos; le tembló el mentón y recuperó esa memoria, esa amenaza que, ahora estaba segura, seguía gestándose en su vientre.
La vecindad olía a humedad y grasa rancia; cada sonido de la calle resonaba en las paredes desgastadas como un eco constante de los ruidos de la noche en que fue ultrajada.
«No voy a poder», se dijo a sí misma. «Con esto, no voy a poder».
Regresó al cuarto y vio a su madre con la frente apoyada contra la ventana rota.
—¡Me tienes con el Jesús en la boca! ¿Por qué tardaste tanto, mija? —preguntó Elia en cuanto escuchó el rechinar de la puerta, esperando una respuesta que no llegó.
—Mejor dígame usted, mamá, en qué pensaba.
Elia no lograba concentrarse en otra cosa que no fuera proteger a su hija.
Pero ¿cómo hacerlo cuando ese maldito, el hombre que se convirtió en su sombra más oscura, vivía a unos cuantos pasos, al final del pasillo?
Estaba dispuesta a comenzar de cero una vez más, a buscar un lugar donde no conocieran a nadie y nadie las conociera.
La vecindad era un hervidero de apuro, ruido y zozobra; una comunidad donde todos parecían saber los secretos de todos y, muy pronto, ellas estarían en boca de las vecinas que lavan la ropa en las pilas comunes.
«Conversarán en torno al chisme del momento: el embarazo de Rosario, que ya no tarda en notarse», imaginó.
Con esas ideas, bajo la luz tenue de la bombilla que apenas alumbraba el cuarto, Elia también se preocupó por Yolanda.
Trabajaban juntas y, juntas, lograron hacerse de buena clientela.
Conseguir la fidelidad de sus compradores no había sido fácil dada la amplia oferta que Jamaica ofrecía.
Si la nueva vivienda quedara muy lejos, le sería imposible trasladarse todas las madrugadas hasta el mercado.
Quizá llegaría más tarde, pero no le parecía justo dejarle toda la responsabilidad de abrir el puesto a Yolanda.
Ay, qué hacer. Cuántas dudas, cuántas cosas por resolver.
Por otro lado, ya era imposible posponer su partida.
Debía encontrar otro sitio, no podía permitir que su hija viviera tratando de esquivar a su agresor y, mucho menos, que el bebé creciera con esa penumbra rondándolo, porque, en un pacto entre madre e hija, habían decidido no decir que Chema era el padre.
Mudarse no iba a resultar tan sencillo. Las rentas en otros barrios eran altas y, con lo que ganaba, apenas podía pagar el alquiler en Manzanares.
Aun así, pensó, su vida había estado llena de luchas diarias; esta era una más.
En el espanto de la vigilia, recordó que una vecina, doña Lupe, mencionó conocer a alguien que rentaba un cuarto, aunque más lejos.
Intuyó que, probablemente, era más caro y que quizá no estaba mejor que el de la vecindad.
El mercado era su ancla, pero quería irse lo más lejos posible de aquel desgraciado; aunque, no estaba segura de si también perdería su negocio al mudarse.
Entonces, ¿en qué trabajaría? ¿Cómo sacaría adelante al bebé que esperaba Rosario?
Tendría que trabajar mucho más, pero significaba una nueva oportunidad.
La vecindad seguía dormida, pero los pasillos se iban a llenar de gritos, risas y discusiones en cuestión de minutos, como en cada jornada.
Se vistió y miró a Rosario, su semblante, relajado en el sueño, aún conservaba un destello de inocencia.
Elia se cubrió el rostro con las manos y lloró en silencio.
Aquella madrugada, al encender el fogón para preparar el desayuno, se prometió hacer lo que fuera necesario para encontrar otro lugar donde vivir.
Mientras el agua daba el hervor, vislumbró las flores que iba a vender.
Gladiolas blancas y alcatraces frescos que siempre le recordaban los campos de su infancia en Veracruz.
Quizá no podía ofrecerle a su hija una existencia perfecta, pero al menos sí podía enseñarle que era posible florecer, incluso en los terrenos más áridos.
Por ahora, «hay que concentrarse en el día que comienza», oyó.
Eran los susurros de varios siglos, eran los de quienes habían pasado antes por ahí: «La vida sigue, aunque el peso de la incertidumbre se aferre a tus hombros».
Después de dejar un atole listo, salió al Mercado de Jamaica con más determinación que nunca.
Ya en la puerta, lo vio de nuevo. Ese muchacho, con los ojos opacos y la sonrisa torcida, que había destrozado su mundo y el de Rosario.
Él la miraba desde el patio, esperando una oportunidad, un instante para acercarse y pedirle que lo perdonara y que convenciera a su hija de que lo escuchara.
Elia, sin embargo, sentía que la acechaba, como si supiera que quería huir, como si desafiara su valentía.
Se irían de ahí, aunque le costara todo lo que tenía; lo decidió en ese momento mientras hacía un esfuerzo por sostenerle la mirada.
En cuanto cerró tras de sí, las piernas le flaquearon y, luchando contra las lágrimas, se dio cuenta de que también le tenía miedo.
Llegó al amanecer para abrir su local, donde las buganvilias competían por atención entre la explosión de colores del mercado.
Ahí, Elia encontró un poco de paz, aun entre la cacofonía incesante de las voces de los demás puesteros.
Las flores estaban abiertas, como si le desearan buena suerte.
Esperó la llegada de Yolanda; estaba ansiosa por contarle lo que planeaba y por ver su reacción.
Mientras tanto, muchas ideas cruzaron por su cabeza.
La renta de su pequeño establecimiento se pagaba mes con mes, aunque los ingresos apenas alcanzaban, al menos era un negocio ya establecido.
Se le ocurrió que quizá hasta se mudaría con ellas o, más bien, eso era lo que deseaba.
Finalmente, la profunda amistad que habían formado se había convertido en un ancla.
En cuanto vio a Yolanda, comenzó a enumerarle las posibilidades y sus preocupaciones.
Las idas y venidas de todo lo que llevaba pensando desde la noche anterior.
Cuando por fin Elia hizo un silencio, su amiga le ofreció cerrar el puesto y acompañarla a recorrer cuanta oportunidad creyera haber encontrado y analizar las cosas positivas, así como las desventajas que encontrara.
Visitaron la primera vecindad y, tan pronto como mencionó que era viuda, la respuesta fue: «No nos gustan los problemas, señora».
Se lo dijo la casera, examinándola de arriba abajo con desconfianza.
Elia se tragó el orgullo tras esa mirada que le escarbó la dignidad como una aguja fina.
Le pudo mucho que fuera otra mujer, alguien como ella, quien no la considerara y le hiciera sentir que no tener un hombre era casi un pecado.
Después de preguntar en tres vecindades distintas, recibieron la misma respuesta: «Una mujer sola con una hija, jum…
aquí no nos gusta eso, seño». Nadie parecía confiar en que pudiera pagar puntualmente.
Se dio cuenta, al analizar con Yolanda las posibilidades, de lo difícil que sería irse.
No solo por su trabajo en Jamaica, sino también porque nadie, en otro lugar, aceptaría alquilarle un cuarto sin un varón que la respaldara; como si tenerlo significara que la renta se cubriría.
¿Cuántas de sus conocidas sacaban de su bolsillo para saldar las deudas de sus maridos, que se gastaban las quincenas en la pulquería?
Regresaron a la vecindad. Se despidieron y Yolanda le aseguró que la acompañaría a la mañana siguiente a ver más opciones.
Elia entró a su habitación tambaleándose, exhausta por el peso de las preocupaciones.
¿Y si no lograba encontrar algo? ¿Y si estaban condenadas a vivir siempre así con la presencia constante del Chema?
¿Con las miradas de desprecio de los vecinos?
Encontró a Rosario recostada, se acercó a ella con una manta y la arropó.
Se quedó un momento observándola: la joven suspiró en sueños; deseó que su hija estuviera tranquila, que no sufriera la misma incertidumbre que la envolvía.
Quiso dormir, pero no podía cerrar los ojos.
Su mente no dejaba de hacer cálculos: «cuánto dinero me queda, cuánto lograré juntar mientras llega el bebé, cuánto tiempo más podré soportar que mi niña viva cerca de ese infeliz que le acarrea tanto sufrimiento».
Miró el techo; una grieta serpenteaba como una promesa rota.
El sonido de un grifo goteando arrulló por fin sus preocupaciones, convirtiéndolas en un murmullo lejano; como si el lento compás del agua intentara suavizar una angustia que solamente se adormecía, esperando que llegara de nuevo el alba para ocupar todos sus pensamientos.