Arderé en el infierno
Arderé en el infierno
Aún no amanecía y la vecindad estaba en silencio.
Rosario abrió los ojos, sobresaltada. Había logrado dormir en cortos intervalos de sueño, interrumpidos por el tormento de la violación.
Subió la cobija hasta taparse la barbilla, tenía escalofríos.
Encogió las piernas para agarrar más calor debajo de las mantas, que eran insuficientes.
Se sintió mojada. Confiarle su secreto a su mamá fue lo único que la hizo sentirse un poco más tranquila.
Le dio seguridad saber que nunca la desampararía, que sufriría a su lado para dividir el terrible peso de la culpa, que dijera que nada de lo que hubiera hecho era lo suficientemente grave para dejar de quererla, pero sintió que traicionaba todo aquello al alegrarse ahora por ver un poco de sangre.
Tuvo fiebre durante la madrugada; la yerbera le había indicado guardar reposo al menos una semana.
Habían transcurrido tan solo cuatro días desde que bebió el zoapatle.
Aun con lo mal que se sentía, salió hacia los lavaderos con los paños desgastados, hechos bola entre los brazos.
Su agitada respiración acompañaba sus nudillos que, apurados, tallaban la sanguaza con la esperanza de que ahí, en el agua rojiza, se estuviera diluyendo su pena.
La mancha le recordó el fluido que escurre de entre los huacales cuando transportan los pescados a los puestos de La Merced.
Su ropa de cama olía a lo mismo y le daba el mismo asco.
El goteo de sangre se convirtió en un manchón por el esfuerzo.
La herida seguía abierta, aunque no se vieran sus bordes, aunque no se mirara el tejido dañado.
Todo sucedía por dentro, por dentro del cuerpo, por dentro del alma.
Cuando pudo borrar la evidencia, colgó las sábanas al viento.
Volvió al cuarto. Su mamá aún dormía. Se cambió la ropa interior y, con papel de baño, hizo un bulto para que absorbiera la sangre.
Quizá el menjurje había hecho efecto. Se alegró, aunque sus problemas de conciencia estaban a punto de ser puestos a prueba.
Era domingo, así que la Iglesia de la Santísima Trinidad los convocaría muy pronto con sus incesantes campanadas.
Le dijo a su mamá que no iría a misa, que no quería toparse con Chema, a quien había logrado evitar, pese a las súplicas suaves que le destinaba en su puerta tarde tras tarde, sin respuesta.
No podría soportar verlo entrar al confesionario, aquella pequeña estancia en donde la ilegitimidad y su pecado quedarían encubiertos por la confidencia.
¡Cuatro padrenuestros y listo, a expiar culpas!
¿Y ella? Ella, al deber y a la sumisión, ni voz ni voto.
La obediencia ciega. ¿La perdonaría Dios o estaba su alma ya condenada?
Elia seguía pensando que había que agradecer porque venía una nueva vida y rezarle a la Virgen para que la cuidara durante los meses siguientes.
Rosario no podía sentir gratitud. ¿Cómo, con todo lo que le había pasado?
Pero a Elia la fe la hacía ver las cosas muy diferentes y, aunque se preguntaba por qué Diosito había permitido que su hija pasara por una experiencia tan dolorosa, ahora su concentración estaba en cuidar del nuevo ser.
—Vamos, hija. Solo falta que tú dejes de hacer tus cosas porque está ese infeliz. Que vea que no te me achicopalas. Tú no hiciste nada malo.
Rosario pensó que quizá sí debía ir, pero para agradecer ese sangrado que sentía cada vez más abundante.
Llegaron a misa. Con sus pisadas sobre el empedrado, alzaron el vuelo las palomas y lo hicieron también las dudas.
Con cada paso se sentía más impura, cada huella hacía aumentar la culpa.
Conservar la virginidad hasta el matrimonio es un acto sagrado.
Había escuchado a su abuela decirlo desde que era una niña; después, se lo oyó repetir a su madre.
Así como se tararean las mismas canciones de generación en generación, así las convicciones y las frases pasan de boca de la abuela a la madre y de esta a la hija.
Quién sabe si alguien la iba a querer así, se preguntó en cuanto vio, desde el enorme portón de la entrada, la imagen inmensa de la Virgen María.
Dejaba de ser casadera; era un producto magullado.
Rosario detestó la culpa que sentía tan solo acercarse a la iglesia; ir a misa era como irse al infierno con sus calcinantes dudas, con sus creencias desvencijadas.
Como en una escena surrealista, unas abnegadas monjas salían, dejando en el aire ese aroma peculiar entre naftalina y madera de armario viejo que despedían sus hábitos.
«Ahí viene el estado más sublime de la virginidad: mujeres que ofrecieron mantenerse castas», pensó Rosario.
El primer testimonio para seguir el camino de la consagración a Dios.
Fue como enfrentar sus recién perdidos atributos de pureza para darse cuenta de que, en adelante, sería rechazada.
Pues sí, qué macho iba a aceptar que su mujer ya no fuera virgen, aunque hubiera sido por la fuerza.
Había estado tan afligida con el embarazo que estas ideas no habían tenido cabida, pero ahora se le venían encima con frases que le retumbaban en la cabeza: «Una muchacha que no es virgen no será una buena esposa».
«A todos los hombres les gusta casarse con una mujer virgen».
Lo habían dicho sus compañeras de escuela cientos de veces, en decenas de pláticas, pero entendió su significado hasta ahora: había perdido la honra y la virtud.
Una de las monjas llevaba en los brazos a un bebé envuelto en mantas raídas.
En cuanto sintieron el fresco, una hermana le echó encima otra cobija tejida a gancho, cubriéndolo desde el rostro, y apresuraron el paso.
Cuando Rosario y su madre entraron, el cura se encontraba de rodillas frente al Cristo crucificado.
No quisieron interrumpirlo y esperaron a que terminara sus oraciones.
Cuando se levantó, les dijo, sin que ellas preguntaran, que rezaba por el alma de Prudencia, una jovencita devota que había muerto dando a luz.
No se sabía quién era el padre de la criatura o si tenía familia; nunca se le había escuchado comentar acerca de una madre o una tía, así que el sacerdote decidió que las monjitas se ocuparan de la niña que apenas tenía tres días de nacida.
Un estremecimiento imposible de ignorar la recorrió.
—Prudencia era una santa, siempre estaba dispuesta a ayudar cuando visitábamos a los viejecitos en el Hogar de Ancianos de Nuestra Señora de Guadalupe.
Velaba por los niños del orfanato y oraba el rosario como debe ser, en meditación, no a mil por hora como hacen otros.
Quizá, por eso, el Señor decidió llamarla a su lado: la necesitaba —remató el cura, casi entre sollozos, mientras se persignaba.
Al escucharlo, Rosario se preguntó si a Prudencia le había sucedido lo mismo que a ella o si el Señor no pensó que un ser inocente se quedaba solo, sin madre, echado así nada más al mundo, a su suerte.
—¡Pobre muchacha! —exclamó su mamá.
Sus palabras, expresadas con verdadera ternura, le llegaron a Rosario hasta lo más profundo; esa pobre muchacha podría ser ella. Aquella infeliz había perdido la vida trayendo al mundo un alma destinada a la desdicha; Rosario no sabía si estaba a punto de perderla impidiendo que otra naciera.
Aprovechó el momento sensible para acercarse más a su mamá.
Le dolía el cuerpo por las ganas que tenía de que la estrechara.
Elia lo hizo, arrebatada por el momento, por el instinto.
Sin ella saberlo, sus brazos alistonados eran lo único que atenuaba el miedo.
La contenían, la abarcaban, la ceñían. Rosario aspiró su olor, su distintivo olor; el que sabe a apego, el de la protección, el que huele a ser niña otra vez.
Lo que necesitaba para perdonarse. Arrullo que sana, arrullo que bendice, que aquieta y que se preocupa solamente por ser eso: arrullo.
Una parte de su angustia se calmó con esa ternura y Rosario pudo ser frágil.
¿Qué sería lo que el Señor tendría en cuenta cuando decidiera llevársela?
¿Que siempre había sido una persona buena, una hija obediente y amiga fiel o que tuvo que tomar una decisión como la que sentía correr por sus muslos?
¿Se fijaría en que estaba tratando de tener una vida con otro significado, uno distinto al de ser una madre soltera con un hijo producto de una violación?
Ese era su pecado, intentar quitarse aquella dolencia.
Las respuestas se convertían en un manto asfixiante que se tornó aún más estrangulador cuando el padre comenzó su sermón.
—El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso el homicidio directo y voluntario. El que mata y los que cooperan con él cometen un pecado que clama venganza al cielo.
¿De verdad? ¿Ese era el salmo del que hablaría hoy?
Por lo general, Rosario ensordecía y su mente se echaba a correr muy lejos en cuanto comenzaba el eco de aquella monótona voz tan barroca como los retablos a su alrededor.
¿Por qué demonios le estaba poniendo atención precisamente ese domingo, de entre tantos otros en los que sus palabras entraban como un soplo por sus oídos y de la misma forma salían?
Ese domingo todo parecía hablar de ella y las sentencias del cura se las confirmaba el cuerpo.
¿Le habría chismeado algo la vieja bruja esa de la yerbera?
A Rosario se le acabó la saliva de la boca.
Se pasó la lengua por los labios agrietados.
Temió que su semblante la delatara. Sintió que la expresión de seguridad que había logrado desaparecía como un hielo bajo el sol y se le llenaron los ojos de lamento.
Las emociones contradictorias bullían; los músculos, tensos; la garganta, un desierto.
—La vida humana es preciosa. Es un regalo del Creador y solo él puede tomarla.
Nuestro Señor la protege y él nos pedirá cuentas de ella, pues la vida es a la vez un don y una responsabilidad y estamos llamados a cuidar de nuestra propia vida, así como la de nuestros hermanos, sobre todo la de los más pequeños e indefensos.
Arderán en el fuego eterno quienes den muerte a seres inocentes —continuó el sacerdote.
Elia sintió un enorme alivio. No así Rosario.
El padre repitió la palabra vida tantas veces que un agudo palpitar en sus sienes hacía eco de esas cuatro letras. La vergüenza seguía ahí, escondida.
—Dios les dijo a sus hijos: «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado» —concluyó.
Cada sílaba, una laceración. «Arderé en el infierno», pensó.
Por los siglos de los siglos. ¡Amén!