Ser humana no es pecado
Ser humana no es pecado
El corazón de Elia estaba desgarrado por el relato de su hija.
La confusión se le iba enredando como una hiedra capaz de estrangularle las creencias al recordar las palabras de Rosario, exhausta tras la confesión: «Toda la vida veré en su carita inocente los rasgos de Chema, los repugnantes gestos que me revuelven las tripas.
Recordaré sus manos apretando mi cuello para que no me escapara y luego tocándome; me vuelvo a asquear de pensarlo.
Este chamaco nomás me va a recordar para siempre la noche más terrible de mi vida.
Me va a recordar la vergüenza que siento».
Después de prepararle un té de anís estrella a su hija para calmarle los cólicos provocados por el zoapatle y dejarla descansar, Elia salió a buscar a Yolanda.
La encontró en el patio viendo la telenovela.
En cuanto se miraron, Yolanda supo que algo no andaba bien, así que se levantó y siguió a su amiga que se dirigía en silencio a la azotea.
Elia quería ir lo más lejos posible para poder hablar, ya que el oído de tísica de Dominga era una amenaza.
Rafael Banquells y María Teresa Rivas, en Gutierritos, las ayudaron, sin saberlo, a encubrir lo que pasaba.
Aprovechando que las vecinas estaban embobadas con el drama del canal cuatro y que no despegaban los ojos ni en los comerciales de Desenfriol, pasaron muy cerquita de ellas y ni cuenta se dieron.
Elia revolvía el café que llevaba en un pocillo, como si en aquel fondo pudiera encontrar respuestas.
La luz de la tarde iluminaba el silencio, que se había vuelto denso.
Yolanda no pudo esperar más a que su amiga encontrara las palabras y, aunque sabía que no debía apresurarla porque así era Elia, una mujer acostumbrada a cargar el mundo entero en silencio hasta que el peso la hacía derrumbarse, soltó un:
—¡Bueno, ya dime de una vez qué carajos traes!
—No sé cómo pasó —murmuró, finalmente, con los ojos clavados en la superficie del café negro—. Bueno, sí lo sé, pero no puedo… no quiero aceptarlo.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, ahora con suavidad.
—Rosario está embarazada.
La frase fue un golpe seco. A Yolanda se le escapó una exclamación.
—¿Qué? ¡Pero si es apenas una niña!
—Ni dieciséis años. Ni dieciséis… —aclaró, apretando la taza como si quisiera aferrarse a algo tangible—. Y ahora todo se acabó. Todo lo que había soñado para ella… su futuro, sus estudios, todo.
Yolanda sintió un nudo en la garganta. Pensó en la muchacha tan risueña y llena de vida, de ojos grandes y soñadores que siempre parecían mirar más allá de lo evidente.
—Nunca habría imaginado algo así. Si ni novio sabíamos que tuviera, ¿o sí?
—Es que eso es lo peor, no sé ni cómo….
—¿Qué? ¡Con un demonio, ya habla!
—Chema abusó de ella.
—No, eso no puede ser, te lo creería del sinvergüenza de Justino, pero ¿Chema? ¿Su amigo?
Yolanda ya no dijo nada, se quedó esperando con el corazón apretado. Intentó serenarse después de que las palabras se arremolinaron en su mente.
—No sé cómo voy a enfrentar la ira de Dios y expiar mis pecados —murmuró al fin Elia.
—¿De qué pecado hablas? Tú no has hecho nada malo.
—Ay, amiga, yo… —se le diluyó la voz al alzar la mirada— no me siento buena madre.
Hay una parte de mí, una parte oscura que…
Rosario tomó zoapatle, pero no funcionó.
A veces pienso que —cerró los ojos y su voz fue apenas audible— tal vez todo sería más fácil si el remedio hubiera funcionado.
Rosario podría seguir con su vida y todo podría volver a ser como antes.
No sabe nada, está asustada y, claro, yo…
yo entiendo el peso que va a cargar de ahora en adelante.
Pero ¿qué culpa tiene la criatura? Aunque, ¿qué culpa tiene mi niña?
Y luego me odio a mí misma por pensarlo.
—Siguió Elia con más fuerza, golpeando la pared con la mano abierta—.
Que Dios me perdone, pero no puedo evitarlo.
Yo la crie con valores, la llevé a misa cada domingo.
Le enseñé que la vida es sagrada, que esas decisiones no están en nuestras manos —su voz se quebró de nuevo y las lágrimas finalmente encontraron la salida—, pero ahora que es la vida de mi propia hija la que se ve afectada…
—¿Qué culpa tienen los dos de que ese hombre la haya forzado? —agregó Yolanda.
—He pensado en ir a confesarme; a ver si así se me aplaca la mente.
—Ni se te ocurra, manita, en diez minutos se va a enterar el barrio entero. Ya sabes que el cura no guarda para él ni para Dios lo que le cuentan entre lágrimas y suspiros. Con la autoridad de Jesús, él da absolución, pero la penitencia se la va a dar el vecindario entero.
Le tomó las manos y se las apretó con cariño.
—Eres madre y las madres soñamos con lo mejor para nuestros hijos.
—La historia se repite: quedó embarazada como yo cuando era joven. Y me aterra. Me aterra que no pueda tener una mejor vida que la mía. Que se quede atrapada, que no pueda cumplir sus sueños.
—Elia, escúchame. No puedes controlar lo que le pasa, por más que quieras, pero puedes estar a su lado. ¿Sabes lo afortunada que es de tenerte, de tener una madre que, a pesar de todo, no la deja sola?
—No lo sé, no lo sé. Siento que le he fallado. Que he fallado como madre y hasta como cristiana.
—No, has sido humana. Y ser humana no es pecado.
Yolanda no dijo más. Sabía que las palabras, por ahora, no sanarían el dolor de su amiga.
Lo único que podía ofrecerle era su presencia y la conocía tan bien que, en silencio, tomó la decisión que Elia ya había tomado desde que abrazó a su hija: ayudar a Rosario a tener a ese bebé.
Lo ocurrido era devastador, pero la vida le había mostrado que las mujeres encuentran más fuerza cuando no enfrentan solas el dolor, y por eso estaba decidida a crear, junto a ellas, un refugio donde Rosario pudiera encontrar fuerza para seguir adelante.
—Estoy segura de que Dios nos acompañará —susurró.
A pesar de todo, una vida nueva llegaría a cambiarlo todo.
Algo muy pequeño comenzaba a abrirse paso y, con ello, la esperanza.
Las palabras de consuelo iban zurciendo las heridas con solidaridad.
Una brisa suave las hizo temblar. Por unos minutos, fue maravilloso escuchar el silencio con la mente por fin apaciguada.
Mil lágrimas brillaron a la luz de la luna.