La piel de las azucenas El silencio
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El silencio

El silencio

Elia había notado el cambio en Rosario desde hacía tiempo.

Al principio, era algo sutil, pero, para una madre, las sutilezas son como gritos.

La risa de su hija, que solía llenar la casa, ahora parecía atrapada en algún rincón lejano.

Su mirada, antes luminosa y abierta, se había cubierto de un velo que no lograba descifrar.

Se refugiaba en su habitación más de lo habitual, evitando la calidez de Yolanda y las charlas en el patio de la vecindad al caer la noche.

Esa tarde, mientras recogían juntas la mesa después de comer, Elia no pudo contenerse más:

—¿Estás bien, hija? —preguntó, esforzándose por mantener la voz suave.

Rosario ni siquiera levantó la vista del plato que sostenía. Asintió con un movimiento casi imperceptible y se dirigió al fregadero.

—Mírame —insistió Elia, acercándose.

La joven se detuvo, pero no giró la cabeza. Se quedó de espaldas, las manos apoyadas en el borde, como si necesitara ese soporte para no derrumbarse.

—Estoy bien, mamá —respondió al fin, aunque su voz era tan débil que se escuchó como un susurro perdido entre las grietas de cemento de la cocina.

—No, no lo estás —aseguró Elia con firmeza, su preocupación ya desbordándose. Dio otro paso y colocó una mano en el hombro de su hija—. Te conozco, algo te pasa.

Por un instante, Rosario pareció vacilar. Se tensó bajo el peso de las palabras no dichas y se apartó bruscamente.

—¡Ya te dije que estoy bien! —exclamó, volteándose por fin. Sus ojos estaban cargados de algo que Elia no pudo nombrar. La madre retrocedió, sorprendida por el estallido, pero más por lo que vio en el rostro de su hija. No era enojo ni rabia. Era miedo.

—Mi niña… —intentó de nuevo, pero Rosario ya había salido de la cocina, dejándola con el sonido de sus propios pensamientos y una inquietud que no podía sacudirse.

Sabía que guardaba un secreto. Uno más grave de lo que pensaba, de esos que se alojan en el alma como una piedra. Y, aunque su instinto le gritaba que debía averiguarlo, que era su deber como madre, otra parte no podía ignorar la fría certeza de que Rosario no estaba lista para hablar.

Pero ¿qué tan terrible podía ser ese secreto que había apagado la luz en sus ojos? Se preguntaba. Solo podía compartir su preocupación con una persona y esa era Yolanda.

Tocó con insistencia en su cuarto.

—¡Voy… voy! ¿Cuál es la prisa? —Se oyó gritar desde dentro.

Sin esperar a que abriera la puerta lo suficiente, se metió y cerró. Yolanda se alarmó al ver a su amiga tan afligida. Le preguntó varias veces de qué se trataba, pero Elia se derrumbó en llanto al pronunciar las primeras palabras.

—¡No sé qué le pasa…!

—A ver, a ver, siéntate. Te voy a hacer un té de tila; dame un minuto.

Elia se quedó en silencio, mirando las fotografías de Pablito y Julián. Las había visto muchas veces en ese altar donde Yolanda había inmortalizado el recuerdo de sus hijos, pero, por alguna razón, esta vez algo diferente la golpeó, algo que nunca había sentido con tanta fuerza.

El sonido de la tetera la sacó de sus pensamientos. Yolanda volvió con una bandeja y se sentó frente a ella.

—Ahora sí, cuéntame qué te tiene tan nerviosa.

Elia parpadeó y apartó la mirada de los retratos. Intentó sonreír, pero obtuvo un gesto tenso, quebrado.

—Me pasa que estoy desesperada…

Yolanda dejó la charola en la mesa y sirvió la infusión mientras le preguntaba:

—¿Qué puede ser tan grave? Nunca te había visto así.

—Es Rosario, estoy muy preocupada. Yo sé que algo anda mal, pero no me lo quiere decir. ¿No la has notado más flaca desde hace unas semanas?

—Bueno, ya que lo dices… pues sí. Además, ahora que lo mencionas, trae unas ojeras bien oscuras y como que noto que ya no le gusta venir a ver la telenovela con nosotras, pero pensé que quizá le dejaban mucha tarea y prefería hacerla en su cuarto.

Elia apretó la taza entre sus manos.

—Ya traté de hablar con ella, pero me evita; ya hasta me contesta retefeo. Ella nunca ha sido grosera, tú lo sabes, pero ahora ni la reconozco. —Sollozó.

Yolanda le tomó la mano con suavidad.

—Mientras Rosario esté aquí, hay tiempo. Habla con ella, insístele si es necesario, pero hazle saber que estás para ella. Créeme, las cosas que no se dicen… se convierten en un peso que nunca desaparece —le recomendó mientras miraba los retratos de sus hijos.

Elia asintió, apretando la mano de su amiga. Su mirada se desvió a las fotografías, a esos rostros congelados en el tiempo. Y, en ese instante, comprendió la gravedad del silencio de Rosario.

—Se ven tan llenos de vida… —comentó en voz baja.

Yolanda se quedó en silencio unos segundos antes de responder.

—Lo estaban —afirmó con voz tranquila, pero se dibujaba una tristeza en sus ojos que el tiempo no había logrado borrar.

—No sé cómo le haces. Tenerlos ahí, mirándote todos los días… —No pudo seguir, quebrándose al final de la oración.

Yolanda tomó un sorbo de té antes de responder.

—Es difícil, sí, pero también… es lo que me queda de ellos. Si guardara sus fotos, sería como perderlos otra vez.

Yolanda posó sus ojos en los retratos con una familiaridad melancólica; los veía todos los días y, a su vez, nunca podía verlos lo suficiente.

Elia dejó escapar un suspiro largo y se hundió un poco más en la silla.

—Debe haber sido casi insoportable… perderlos tan jóvenes.

—Lo fue. Aún lo es —admitió Yolanda, apoyando la taza en la mesa con cuidado—, pero aprendí que el dolor no desaparece, solo cambia. A veces, se siente como una herida abierta; otras, como una cicatriz que pica en los días grises.

Elia asintió en silencio. Volvió a observar los retratos, pero esta vez con una mezcla de admiración y dolor.

La imagen de Julián era del día de su festival de kínder, con su suéter azul y una sonrisa confiada que parecía prometer un futuro lleno de posibilidades. A su lado, Pablo; sus ojos estaban llenos de la vitalidad de una niñez que nunca pudo completar.

Se le hizo un nudo en la garganta. Llevaba dos años de amistad con Yolanda, pero sintió como si viera esas fotos por primera vez. Lo que notó no fueron ya las sonrisas ni la juventud de los rostros, sino el peso de su ausencia, la silenciosa presencia de quienes ya no están.