Zoapatle
Zoapatle
Un laberinto de pasadizos solitarios y descuidados llevó a Rosario hasta la entrada de un patio a medio iluminar.
Alrededor, viviendas de promiscuidad, de facinerosos y de improvisación, en las cuales se respiraba indiferencia.
Mascarones y querubines cincelados en las fachadas parecían observarla.
Aquella mujer mazahua le había recomendado con quién ir y a dónde para eso que se hacía a escondidas y que no solo era penado por la Iglesia, sino también por la ley.
Le dijo que la yerbera la encontraría a ella, que solamente tenía que llegar a aquella plazoleta rodeada de clandestinidad a las ocho de la noche y seguir las instrucciones.
El miedo la mantuvo inmóvil, con las manos crispadas, mientras su pecho apenas se movía en una respiración contenida, como si temiera que el más leve movimiento la delatara.
Sus ojos, abiertos de par en par, seguían fijos en un punto; brillaban con un terror que parecía congelar el tiempo a su alrededor.
Rosario recordó que su abuelo les contaba que los antepasados mexicas, cuando tenían alguna enfermedad de la piel, sacrificaban a alguien y usaban su piel para ponérsela en donde tenían el problema; así aplacaban a Xipe Tótec, quien simbolizaba la renovación.
«Ay, no sea que esta bruja haga cosas así», pensó.
Después de unos minutos de permanecer ahí, con las rodillas temblando, la voz añeja de una mujer con tono hosco se escurrió entre los muros en la oscuridad.
Le ordenó seguirla. Sin dar cabida al titubeo, lo hizo.
Sus pasos atravesaron una arcada sobreviviente de quién sabe qué siglo.
Casi no veía nada, el rumbo por donde se adentraba no estaba iluminado y los zaguanes abandonados parecían fauces abiertas a punto de devorarla.
Las callejuelas se le figuraban como un campo minado sobre el que caminaba a ciegas y temió pisar una rata en cualquier momento.
Entre más prisa tenía, más lento se le hacía que caminaba la anciana, hasta que distintos olores comenzaron a intensificarse en el aire espeso.
Reconoció los de la ruda, la damiana y el ajenjo, antes de que un hedor añejo se le metiera por la piel, avejentándolo todo con su pestilencia.
Esa mujer parecía habitar en la periferia del mundo, en un sitio del que nada se sabía, salvo por aquellos que necesitaban saber.
¿Cómo tener valor para entrar al cuartucho al final de aquel laberinto?
La señora tenía pinta de hechicera; cabellos largos que se podía adivinar no habían sido cepillados en muchos días, canas gruesas sobresaliendo en ese manojo desaliñado, uñas sucias en manos venosas y arrugadas.
Su físico le provocaba rechazo y mucho miedo, pero era la única solución.
—¿Niña, estás segura de que esto es lo que quieres? —preguntó la vieja, poniéndose los anteojos como para verla de cerca.
Rosario, tratando de adivinar lo que iba a suceder, estaba tan asustada que no respondió. La sudoración le provocó escalofríos.
—Ven para acá —le ordenó al tiempo que agitaba la mano hacia ella.
Ya con los ojos un poco más acostumbrados a la penumbra, alcanzó a distinguir una especie de altar que no tenía ningún santo ni ninguna virgen que pudiera reconocer.
Era una repisa en la pared húmeda, donde estaba posado un muñeco regordete de piel negra, hecho de plástico.
Estaba vestido de amarillo y ribetes blancos, le colgaban collares de colores y tenía unos ojos grandes, enmarcados por pestañas largas y oscuras, como ciempiés que andaban en sus párpados.
Sobre la misma repisa descansaban también un cuchillo, varias veladoras y un vaso de agua.
Rosario no pudo evitar fruncir el ceño ante tanto artefacto.
La mujer le arrimó una taza de barro a los labios; el aroma humeante era intenso, pero lo era más su aspecto enjuto y severo.
—Tómatelo todito —le ordenó sin mirarla. Rosario dudó un momento, pero la mujer se lo repitió con un tono más hostil—. ¡Ya tómatelo, pues!
La joven lo bebió haciendo una mueca que le desfiguró la cara, solo así pudo soportar la amargura de aquel brebaje en el que flotaban fragmentos de una raíz misteriosa y hojas verdes trozadas que se le atoraban en la garganta.
—Zoapatle, pa’ que se salga el niño —explicó la mujer, mientras Rosario bebía la pócima tan rápido como podía, para no saborearla.
En cuanto lo terminó, presa del pánico, se tocó el vientre; todo parecía seguir en su sitio, aunque sintió un leve mareo.
De su morral, sacó los billetes que logró juntar para pagar por el servicio. Le había hecho las tareas a tres compañeras que no daban pie con bola en matemáticas y les había cobrado por ello.
—Tú no me conoces ni yo a ti y ya lo que pase contigo después de tomar el té es tu problema —puntualizó la anciana, mirando a Rosario, como si pudiera ver por dentro de las cuencas de sus ojos, mientras estiraba la mano para recibir el pago y darle la segunda dosis de la infusión.
Rosario se alejó de ahí casi a rastras, no tenía fuerza en las piernas y sentía que todo le daba vueltas, pero tenía que llegar a casa antes de que su mamá sospechara.
Le había dicho que iría con unas amigas a ver la recién estrenada Twist, locura de juventud , en la que debutaba Enrique Guzmán.
«¿Qué amigas?», le preguntó Elia, que nunca había oído hablar de amigas, solamente de Chema.
—No las conoces, mamá, pero van en mi clase —contestó con seguridad.
Traía la llave del portón de la vecindad que era de su madre.
Abrió cuidadosamente y, en cuanto vio que no había nadie en el patio, cruzó para subir con prisa hacia su cuarto.
La jaula de los pericos de doña Dominga ya estaba cubierta con el trapo descolorido de siempre.
De no haber sido así, esos loros chismosos hubieran comenzado su escándalo al verla, repitiendo su nombre con voces estridentes y burlonas, listos para lanzar sus comentarios en un revoltijo de palabras que solo ellos entendían.
La mujer de los brebajes le había dado la indicación de que volviera a tomar el menjurje antes de irse a dormir.
Se lo había dado en una botella de Jarritos para disimular.
El color del líquido hacía parecer que era el refresco de tamarindo que normalmente hubiese ocupado ese envase.
Siguió sus instrucciones, le dio varios tragos largos, apretando los párpados para soportar nuevamente el amargor.
Dejó en el piso lo que quedaba de la pócima y cerró los ojos.
Pensó que no iba a poder dormir. Comenzaba a tener cólicos y trató de no gemir para no despertar a Elia.
Se la pasó dando vueltas sobre el delgado colchón; no lograba acomodarse ni de lado ni boca arriba, mucho menos sobre el vientre.
Sentía agujas clavándosele en la espalda baja.
Perdió la cuenta de los padrenuestros que llevaba rezados en silencio y se encomendó al Niño Doctor, al que su madre siempre le rezaba para que le ayudara a soportar que su cuerpo se partiera en dos.
No supo si, finalmente, se quedó dormida o quizá se desmayó del dolor.
Sintió la falda mojada, llevó su mano al sitio de la humedad; estaba llena de sangre. Intentó llamar a Elia, pero a su madre no le llegaba su débil voz, a pesar de la cercanía.
Volvió a tocarse la entrepierna empapada.
El catre, las cobijas y su ropa teñida de rojo la envolvían en una hemorragia que le hizo pensar que se estaba desangrando y que la bruja, al decirle que lo que sucediera ya era cosa suya, se refería a que podía morir.
Logró ponerse de pie para ir al baño. Sentada en la taza vio, con espanto, cómo salía algo por ahí abajo; la sangre cuajada y grumos de no sabía qué la dejaron perpleja.
Imaginó que eran partes del… no se atrevía ni a pensar en la palabra: una piernita, un brazo, un corazón que había dejado de latir.
Se preguntó si podría acostumbrarse a vivir con la culpa que sentía en esos momentos.
Los restos de un feto corrían por sus muslos ambarinos.
—¡Maldito Chema! —gritó mientras se revolcaba en la cama.
—¡Madre purísima! —exclamó Elia, llevando sus dedos a la frente, el pecho y la boca.
Acuclillada a su lado, le rogó que despertara.