La piel de las azucenas Lo ancestral puente con lo cotidiano
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Lo ancestral puente con lo cotidiano

Lo ancestral: puente con lo cotidiano

¿Cómo librarse de las imágenes? ¿Cómo? El solo pensar que el resultado de su tragedia sería un bebé, le perturbaba el sueño y la llenaba de angustia.

El deber de conservar una vida la atormentaba, un alma inocente.

Pero también lo hacía su instinto de supervivencia y le quedaba claro que las ráfagas de malos recuerdos, cada vez que mirara la carita de ese ser, serían inevitables y se le vendría encima el peso de lo indecible.

Todavía se preguntaba cómo alguien que había sido tan bueno le pudo hacer algo tan terrible.

Se le revolvió el estómago. La viscosidad de la saliva y la del semen no habían abandonado su cuerpo, por más que se tallara con zacate y piedra pómez.

El sonido del tirón con el que le había arrancado la ropa interior seguía en sus oídos y su respiración entrecortada la perseguía.

Ni su cabeza ni su corazón podrían con el peso de arrullar entre sus brazos a quien siempre invocaría la forma en que perdió la inocencia, por más que en la iglesia dijera el cura que la vida por nacer es un homenaje a la obra más grande de la creación y que toda existencia es sagrada.

¿Por qué no podía sacarse de la cabeza las palabras del padre y dejar de sentirse culpable?

Lo que le había hecho Chema estaba muy lejos de ser una creación a partir del soplo divino de Dios.

Entrelazó los dedos a la altura del pecho.

Apretó con fuerza. La decisión estaba tomada.

Fue al Mercado de Sonora. Recorrió los pasillos principales entre baleros, muñecas, piñatas y matatenas.

Alcancías, ollas y cántaros de barro convivían en montículos perfectamente calibrados para que no se desmoronaran.

Iba con tanta prisa que casi se tropieza con las cazuelas, a lo que el vendedor reaccionó con un grito: «¡Fíjate por dónde caminas, escuincla! ».

Rosario ya no recordaba por cuál de las ocho puertas había entrado, si por la de Circunvalación o por la de Fray Servando; mucho menos sabía por qué pasillo continuar.

Caminaba sin dejar de voltear a derecha e izquierda, con los ojos bien abiertos, buscando algo que la guiara en aquel entramado del que no estaba segura de poder salir.

Se fue abriendo paso con los codos en aquella horda que la abrumaba.

Comenzaron a aparecer los puestos de artículos para primeras comuniones, bautizos, bodas y quince años.

Biblias, bolos, medallas y hasta recuerdos luctuosos se le cruzaban entre ropones, rosarios, arras y lazos de boda.

Siguió hacia el fondo de la enorme nave hasta dar con los chamanes de la herbolaria y los brujos santeros. Una vez que llegó a esa área, Rosario sabía bien cómo moverse por las visitas que le había hecho a Domitila, pero caminaba nerviosa, esperando que nadie conocido la viera.

—¡Aquí le vendemos lo que necesite, mi reina! Tenemos «ven a mí», «atrapa hombres» y «miel de amor», lo que se le ofrezca también para sanaciones, atraer dinero y salud. ¡Le doy precio! Rompo cualquier maleficio, tengo conexión con los espíritus para retirar a las personas malvadas.

Quizá el supuesto poder sobre las almas o el amuleto «atrapa hombres», la hicieron huir despavorida y ni el hervidero de gente en el pasillo pudo detenerla. Mientras, el brujo seguía gritando: «¡Pague después de ver resultados!», pero ella no se atrevió a girar.

Finalmente, dio la vuelta por donde torcía ese pasadizo y se detuvo a recuperar el aire.

Se recargó en la pared, sosteniéndose el abdomen.

Estaba acostumbrada a la lectura de las cartas y el tarot; sin embargo, la curiosidad y el miedo la seguían atrayendo, pese al susto que le metió el brujo conectado con los espíritus.

Iba tan agitada que no saludó al viejo Cipriano, quien, en una ocasión, le mostró la copia de un mapa antiguo que colgaba en la pared de su local.

—Ese es el mapa de Los Llanos y el Rancho de Balbuena, ahí donde antiguamente había un asentamiento xochimilca es donde estás parada en estos momentos, niña —le había contado el anciano entre calada y calada de su cigarrillo—.

Aquí, al ladito, estaba el canal de la Viga.

Es uno de los barrios más antiguos, el de Zoquiapan —continuó con un aire nostálgico—.

Pero eso fue hace muchos años, niña, mucho antes de que tú o yo naciéramos.

—¿Qué son estas bolitas rojas? —le había preguntado Rosario mientras señalaba los canastos de semillas de huayruro. Le explicó que eran para hacer amuletos contra las malas energías y que prometían brindar abundancia y prosperidad. De inmediato, compró uno.

El hombre se llevó el dinero a la frente, a la izquierda y a la derecha del pecho; después, lo besó antes de guardarlo en su bolsillo. Tomó el collar y se lo puso a la joven alrededor del cuello.

—También tengo yaca y escoba amarga para los baños de despojo, por si te animas —le ofreció mientras le devolvía el cambio. Desde entonces, portaba el collar rojo, pero ahora le recordaba la desconfianza aprendida.

La magia prehispánica, las distintas religiones y la santería cubana se habían entrelazado en ese mercado. Los objetos para rituales mágicos le despertaban tanto curiosidad como temor. El mercado de los brujos tenía bien ganado su título y Rosario esperaba, en ese lugar, poder desafiar su destino.

Se acercó a una yerbera, una mujer de edad que le sonrió.

Le faltaban dos dientes y sus arrugas parecían contar historias ancestrales.

En cuanto la vio, comenzó a recomendarle el ajo chino para las enfermedades respiratorias, un tecito de melisa para los nervios.

Rosario se acercó a la curandera y le dijo que necesitaba algo especial.

—¿Será muitle lo que necesitas para hacer una buena infusión? Te noto muy pálida, yo creo que te va a caer bien para regenerar la sangre; a mí se me figura que tienes anemia —aseveró, convencida.

Llevaba un delantal gastado y lleno de bolsillos donde guardaba frascos pequeños y ramilletes de hierbas que parecían recién recogidos. Su andar tranquilo, como si sintiera el ritmo de la tierra bajo sus pies, le dio la confianza necesaria a la muchacha.

—No solo recojo plantas, sino que escucho a la naturaleza. Sé qué se debe cosechar solo bajo la luna llena, dónde encontrar el remedio más efectivo y cómo preparar una infusión para sanar el cuerpo y el espíritu —expuso con voz calmada, pero firme.

Mientras tanto, Rosario se preguntaba cuáles serían las hierbas indicadas para abortar.

—No, señora, gracias, yo lo que busco es otra cosa. Mire usted... —No pudo terminar la oración cuando la mujer ya le mostraba otra hierba.

Su aroma a ruda y menta la precedía, como una huella invisible en el aire.

—Mira, la salvia es un muy buen remedio, te va a ayudar a mantener tus niveles de azúcar.

Rosario se acercó aún más entre plantas para sobadas y tés reposados que curan el riñón.

—Necesito deshacerme de un problema —susurró mientras se llevaba las manos al vientre.

—Noo…, niña, aquí no nos ocupamos de esas cosas —exclamó con la voz difunta, ya sin mirarla siquiera—. ¡Y ya vete, que me vas a espantar a los clientes!

La mujer fue tan determinante que Rosario no insistió.

Sin darse por vencida, siguió caminando hasta llegar a una sección donde las yerberas tienen sus productos tendidos en la calle, en pleno asfalto.

Ahí se acercó a una muchacha joven, pensando que ella podría entender el aprieto en el que se encontraba.

En cuanto dijo de lo que se trataba, la muchacha la ignoró y miró a su alrededor, asegurándose de que nadie la hubiera escuchado.

Rosario insistió. La vendedora le dijo que regresara a la una, cuando no hubiera tanta gente, que entonces seguro la atendería.

Decidió ir a comer unos tacos de birria en un puesto que había visto en el trayecto.

Hizo tiempo ahí hasta el mediodía. Al ver la hora, comenzó a andar nuevamente por los pasillos dedicados a los animales vivos.

El olor de sus pieles y excrementos le revolvió los tacos en el estómago.

La abrumó ver a los conejos que no crecen y a las salamandras como animales de compañía.

Aves de corral ejecutaban una sinfonía de graznidos.

Los sapos para rituales alucinógenos estaban encerrados en pequeñas jaulas y las gallinas negras para limpias esotéricas iban dejando su plumaje en el aire; los carneros berreaban, como si supieran que los iban a usar para sacrificios ceremoniales.

Hasta el viento quedaba atrapado en las minúsculas jaulas, escondrijos repulsivos que habitaban canarios solitarios sin bebedero.

Vio un chivo colgado que la hizo recordar su sangre.

Se le vinieron las vascas y no pudo contener el vómito que salió a chorros en aquellos malolientes y estrechos pasillos llenos de pelambre de animal.

Tomó aire, sacó un pañuelo y se limpió los labios. Caminó. Necesitaba llegar nuevamente a donde quedó de verse con la yerbera, pero, por un momento, desconoció el rumbo.

«¿Qué no era aquí?», pensó.

Las decenas de puestos estaban ya recogidos. La calle limpia y solitaria. El barullo y el gentío habían desaparecido, la yerbera también. Ya no había té de doce flores para los nervios, ni árnica para los reumas, ni orozuz para la tos.