La piel de las azucenas El diablo
49%

El diablo

El diablo

Habían transcurrido semanas. Esperar lo malo, lo peor, se había convertido en un reflejo.

Los miedos ocultos crecían con cada hora, con cada instante en que Rosario iba al baño a revisar su ropa interior y…

nada, no había nada. Su cuerpo se tensaba, las falsas esperanzas desaparecían y se le venía encima el fin del mundo.

Pensó en que le leyera las cartas la vieja Domitila, en el Mercado de Sonora.

Lo había hecho antes y el tarot siempre le respondía sus dudas.

El amor, la suerte y el dinero eran revelados por el don de la hechicera, que aseguraba que venía de familia de clarividentes.

Siempre le había ofrecido alternativas para que tuviera mejores opciones al decidir sobre su futuro.

El ambiente místico y la magia que se vivía entre las velas y los rituales la llenaban de buena energía y eso era lo que necesitaba con urgencia.

Pasillos interminables de amuletos, veladoras, imágenes religiosas, hierbas, ramos, inciensos, jabones, cirios, escapularios, pomadas, pociones y hasta cráneos eran el camino para llegar a la adivina, quien tenía su establecimiento al fondo del mercado.

«No se practica brujería ni magia negra.

Tarot para la toma de decisiones. Soluciones reales a cualquier problema», se leía en el letrero colgando de su puerta.

A Rosario eso le gustaba porque le daba privacidad y se alejaba de la gente que pululaba como abejas a punto de entrar al panal.

Doña Domitila la recibió acomodada en una silla cubierta de velos.

Rosario se sentó frente a ella. Las separaba una mesa con el barniz rasguñado.

Pronunciando una especie de rezo entre susurros, encendió un incienso; después, le dijo a la joven que escribiera su pregunta.

Barajó las cartas y, entre figuras, Rosario pudo ver un mago, un emperador, unos enamorados y una reina.

No sabía qué significaba todo aquello, pero ansiaba que la pitonisa le dijera qué le deparaba el destino.

Sus manos llenas de venas, como ríos antiguos, partieron en dos el paquete; enseguida, lo volvieron a juntar, tendiendo los cartoncillos desgastados sobre la mesa.

—Elige tres cartas —le indicó Domitila.

Rosario las señaló y la vidente las separó del resto mientras comentaba:

—Siempre se debe echar un número impar.

Comenzó a tirarlas, una por una, con lentitud, y fue poniéndolas boca abajo: el adversario, el consultante y el resultado, señalándolas con el dedo índice, sin tocarlas. Abrió la primera y se quedó muy seria.

—El adversario es una persona de reacciones repentinas, inesperadas y hasta agresivas.

No lo podría haber descrito mejor, pensó la joven. Dio vuelta a la segunda.

—El consultante, es decir, tú, necesitas asesoría sobre el problema que enfrentas; quieres recibir consejos, pero no sabes cómo pedirlos sin confesar lo que te atormenta. No puedes transitar por esto tú sola —anunció con voz trémula.

A Rosario se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Por último: el resultado —Volteó la carta y apareció la figura amenazante de un diablo.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Rosario, nerviosa.

—Que tendrás que luchar mucho para poder ganar, para poder salir adelante y vencer lo que tanto te tortura. El diablo siempre representa la relación de fuerzas que se disputan entre sí.

Rosario respiró con dificultad; la sensación de tener el estómago revuelto la inundó en cuanto se puso de pie. Un mareo repentino hizo que se detuviera un momento, sosteniéndose de la silla de terciopelo rojo.

—Toma aire por la nariz y suéltalo por la boca, así, poco a poco —la instruyó la vidente.

Lo hizo varias veces y el malestar se fue desvaneciendo. Antes de abrirle la puerta, Domitila le miró el vientre.

—Lo que tú necesitas no es una echada de cartas, sino que uno de los curanderos de aquí de Sonora te dé las hierbas para deshacerte de tu pesar.

Rosario tragó una saliva ácida que le bajó con dificultad. Sacó un billete de entre sus pechos y se lo entregó.

Caminaba hacia la salida por aquellos pasadizos que parecían no tener fin cuando se encontró con una mujer mazahua.

Sus manos ásperas y fuertes sostenían hojas de hierba que iba desmenuzando con calma, como si cada movimiento tuviera un significado antiguo.

A su alrededor, pequeños frascos y montones de plantas secas formaban un círculo en el suelo, llenando el aire de aromas terrosos y medicinales.

Observó a Rosario directamente a los ojos mientras le extendía la mano llena de hierbas.

—Necesita usted espantar el mal espíritu de la persona que la molesta —manifestó con un tono de voz que a Rosario le erizó los vellos del cuerpo—.

Una buena humeada de copal y una pasada con ramas de pirul, señito, y va a ver que se compone —aseveró la mujer con tal seguridad que Rosario no descartó la opción.

Con el vocerío del mercado embriagando sus sentidos, se llenó de rabia al darse cuenta de que Chema seguía teniéndola sometida, ahora, sin tocarla siquiera.

Si llegara a decir lo que pasó, ¿le creerían?

Era su palabra contra la de Chema, no faltaría quien dijera: «Ella se lo buscó por la forma en que se viste o por andar sola en la calle de noche» .

En ese instante, se le quitaron las ganas de descubrir el mundo.