¿Yo, pecadora?
¿Yo, pecadora?
Al día siguiente, Rosario decidió ir a la escuela para no reanudar las sospechas de su madre.
Temió encontrarse a Chema cuando cruzara el patio.
Volver a verlo sería un golpe seco en el estómago, un recordatorio vivo de lo que intentaba olvidar.
Su presencia llenaría el aire de un peso insoportable.
Sintió el calor de la rabia mezclado con el frío del miedo, una contradicción que casi la paralizó.
Por fortuna, no lo vio. Era temprano; seguramente, él se estaba recuperando de una borrachera.
Caminó hasta el colegio, pensando que estudiar en esa secundaria, donde había visto a varias muchachas con el vientre abultado, quizá había sido una señal del destino que le esperaba.
¿Acaso enjuiciar a Juana como lo hizo, como una chica fácil y vulgar, se había vuelto en su contra?
«Quizá, por sentenciarla, me merezco lo que me está pasando», pensó.
«Por otro lado, su actitud es provocadora», siguió reflexionando.
«En cambio, ¿qué habré hecho yo para incitar al Chema?
». Sus preguntas resonaban con cada paso hasta que, sin darse cuenta, estuvo frente al portón del colegio.
Dudó antes de entrar, no estaba segura de poder fingir y ser la estudiante de siempre.
Llegaron otras alumnas, llevaban prisa, se hacía tarde, y la arrastraron en un maremoto.
Cada minuto, se convertía en una eternidad.
Las palabras de la maestra llegaban a sus oídos como un ruido lejano, ahogadas por el zumbido constante de su mente.
Miraba el reloj esperando el próximo cambio de clase.
Sentía un nudo en la garganta que no desaparecía y sus manos jugueteaban nerviosas con el borde del cuaderno.
La directora Alicia le pidió que pasara a verla antes de irse a casa, ya que le quería enseñar un libro.
Ella asintió evitando el contacto visual, temía que pudiera leer la fractura que llevaba dentro.
En cuanto sonó la campana que anuncia el término de la jornada, recogió sus útiles. Olvidó pasar por la Dirección. A lo largo del camino, el peso de su mochila era menos intenso que el de sus pensamientos y la tarde parecía indiferente a su agitación interna.
Hasta que lo vio a él a lo lejos, esperándola cerca de la vecindad.
Su corazón dio un vuelco cuando sus miradas se cruzaron.
Chema avanzó con las manos temblorosas y los ojos cargados de arrepentimiento.
A Rosario el miedo se le manifestó menguando su fuerza, una sensación densa que la obligó a detenerse.
Su respiración se volvió corta y errática, parecía que el aire se negaba a entrar en sus pulmones.
El sonido de los pasos de su agresor acercándose parecía amplificado; cada crujido de las hojas secas bajo sus pies retumbaba en su mente como una advertencia.
Sus manos comenzaron a temblar, aferrándose con fuerza a las correas de la mochila.
Sus pensamientos se agolparon en un caos de recuerdos: la humillación, el dolor físico, las palabras hirientes, la sensación de ser traicionada por alguien tan cercano.
Cada hebra de su ser le gritaba que se alejara, pero sus pies permanecieron inmóviles, congelados por una mezcla de miedo y desconcierto.
¿Cómo se puede tiritar y sudar al mismo tiempo?
Cuando él se acercó para hablar, su voz pareció resonar en una burbuja lejana; mientras Rosario luchaba contra el impulso de salir corriendo, ese que le nacía en las entrañas.
Chema dio otro paso hacia ella con las manos alzadas en un gesto que intentaba parecer inofensivo.
—Por favor, déjame explicarte —declaró; su voz rota, cargada de una urgencia que parecía sincera, aunque para ella era difícil de creer.
Cada palabra suya perforaba el aire como un recordatorio de lo que había sucedido. Rosario retrocedió instintivamente con el corazón latiéndole con fuerza; sus ojos buscando una ruta de escape, mientras las palabras de Chema se atropellaban.
—Sé que te hice daño, sé que te fallé… ¡soy un pendejo! No sé qué me pasó, carajo… te lo juro que no sé. No dejo de pensar en lo que hice y necesito que sepas que quiero que volvamos a ser amigos, que nos veamos en nuestro hospital de pájaros, como antes y me des la oportunidad de demostrarte que…
Rosario no lo dejó terminar.
—Ya no digas nada, te lo suplico —le imploró con voz más baja de lo habitual.
Su insistencia, aunque cargada de culpa, solo avivaba la indignación de la joven y la inquietaba el temor de que detrás de sus disculpas hubiera algo más.
Mientras él hablaba, Rosario seguía atrapada entre la necesidad de protegerse y el impulso, lejano y débil, de creerle.
Chema sacó sus Faros y encendió uno entre el pulgar y el índice.
Estaba nervioso, no sabía qué más decir, pero necesitaba el perdón de su amiga.
Ella, con la mirada baja, evitaba el peso de los ojos que tenía enfrente, pero sus pestañas temblorosas cargaban con lágrimas no derramadas.
Prefirió seguir caminando sin voltear a verlo hasta entrar a la vecindad.
Él la siguió y, de inmediato, a manera de cortesía, detuvo al Jaibo para que no se le echara encima.
Rosario comenzó a subir hacia su cuarto.
A él se le detuvo entre los labios un «no te vayas».
Los desgastados peldaños le parecieron infinitos y el estómago se le doblaba en violentas arcadas que le hicieron acelerar el paso para llegar al baño.
El olor a agua estancada la terminó de asquear y sus ojos, capulines brillantes, desaparecieron entre las arrugas que formaron sus párpados al vomitar.
Llegó con trabajos a su cuarto a tumbarse en el catre; los resortes herrumbrosos chillaron su habitual quejido.
Se frotó los brazos en un escalofrío. Su mamá seguía en el trabajo y, afortunadamente, había comentado que llegaría tarde porque pensaba ir al cine con Yolanda y Socorro a ver El Bolero de Raquel , con Cantinflas y Flor Silvestre.
Rosario exhaló su miedo. Esperaba ya sentirse mejor cuando Elia llegara del Palacio Chino.
En el peor de los casos, se haría la dormida para evitar los cuestionamientos de cada noche.
Su madre no era ninguna tonta y los pretextos que llevaba días poniéndole no evitaban su preocupación.
«Tengo que ser valiente», se decía, pero el pensamiento se hacía añicos al recordar el sonido de la hebilla que se desabrochaba; la imagen de los dedos de Chema paseando por sus labios, forzándola a abrirlos.
La forma en que le separó las piernas le recordó que la vergüenza es un sentimiento que apuñala y deja sin aire.
La oscuridad le volvía a susurrar esa voz áspera que le habló tan cerca, esas fauces manchadas de tabaco.
Hay imágenes que, una vez vividas, no se pueden olvidar.
Se sintió más sola que nunca, invadida por el intenso olor de la transpiración de Chema que quedó arraigado en sus sentidos.
No había vuelta atrás. La vida pesaba y mucho. Rosario lo estaba aprendiendo a sus casi dieciséis. La pregunta que seguía era la que la atormentaba, ¿acaso ella lo había provocado? Esta idea dominaba sus pensamientos, sobre todo los domingos.