Dame gracia para perdonar
Dame gracia para perdonar
Las campanas de la iglesia de la Santísima Trinidad despertaron aquel domingo haciendo su llamado a los fieles.
Elia no aceptaría un no por respuesta para ir a misa, Rosario lo sabía.
Buscando excusas y fingiendo una tos seca, murmuró: «Creo que tengo calentura».
Su madre no parecía convencida, así que Rosario añadió: «Además, siento que me va a dar gripe, me duele un poco la garganta…
no quiero contagiar a nadie». No era suficiente, lo sabía, así que, con voz más baja, dijo: «Quizá puedo hacer una oración aquí en casa».
Estaba tratando de sonar casual, pero la incomodidad traicionaba sus palabras. Su madre le tocó la frente.
—No te siento caliente. Acompáñame a misa y nos regresamos terminando para que te acuestes el resto del día.
Elia la miraba, notando cada gesto nervioso, cada palabra que su hija soltaba demasiado rápido.
Algo en su tono de voz, en cómo evitaba su mirada, le hacía sospechar que no era una simple excusa.
Llevaba días más callada, retraída, y una punzada de inquietud le atravesó el pecho.
Algo importante le debió haber pasado. La conocía demasiado bien, pero no quería presionarla nuevamente con preguntas; aunque, en su interior, comenzaba a formarse una sensación de preocupación que no se desvanecía.
Los vecinos fueron llegando poco a poco.
Cada uno con su dolor, cada uno con sus esperanzas.
Todas esas caras conocidas guardaban secretos impronunciables.
Chema entró con su madre, manso y obediente, para entregarse a la oración.
Dominga no sabía de lo que su hijo era capaz, pero Rosario sí.
Su presencia le dolió y le formó un nudo en las entrañas.
Conocía su sonrisa implacable, lasciva y amenazadora.
Una herida punzante y su mirada escudriñándola la hicieron encogerse.
Mantuvo las manos entrelazadas sobre su regazo, apretando los dedos hasta cortarles la circulación.
Tenía la mirada fija en el suelo, como si temiera que, al levantarla, algo terrible la alcanzara.
Elia lo notó y, de inmediato, pasó un brazo sobre los hombros de su hija sin decirle nada.
En ese momento, a Rosario le dio esperanzas pensar que Chema no se libraría del infierno, que, como el pecador que era, Dios lo castigaría; si tan solo lo hiciera rápido para que ella tuviera el gusto de ser testigo. Ojalá el Señor no tuviera clemencia.
Con los ojos cerrados rezaban. Ella no podía, no lograba ordenar sus pensamientos atropellados, mucho menos su fe.
Mientras pensaba que se reunían cada domingo los que pedían perdón eternamente, le daba coraje que algunas de las almas pecadoras ahí presentes fueran las mismas que escuchaban al padre con tanto interés.
Si por ella fuera, ya habría dictado sentencia a varios.
Pero las sentencias estaban solo en su mente y no tenían efecto en los acusados.
Hombres sinvergüenzas cargando secretos; verdades sabidas que nadie se atrevía a decir, verdades de las que muchos se hacían de la vista gorda y, al ser culpas no pronunciadas, parecían quedar en el perdón.
No para Rosario, lo que le había hecho Chema era algo muy difícil de superar, más aún: de perdonar.
La traición y el dolor no se absolvían repitiendo un par de padrenuestros.
Un manotazo del sacerdote sobre el púlpito al tiempo que alzaba la voz devolvió a Rosario a la realidad.
¡Misericordia!
Ella despertó abruptamente de sus pensamientos, regresando de un laberinto que poco a poco la había alejado del presente, y que, mientras deambulaba en él, la hacía sentir más perdida.
Regresaron a casa. Las preguntas de Elia no se hicieron esperar, pero Rosario se metió a la cama nuevamente pretextando sentirse mal.
Su madre la cubrió con una manta. Supo leer el miedo de su hija en su mirada y no quiso presionarla más, aunque deseaba saber qué la tenía así.
Por su parte, Rosario se preguntaba si contarle la liberaría de la vergüenza, si desahogarse la ayudaría a no sentir esa terrible presión en el pecho o si, solamente, haría que su madre la sintiera también.
De todos modos, no había nada qué hacer.
No se podía cambiar lo sucedido. Ya nunca.