La piel de las azucenas Ya nunca
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Ya nunca

Ya nunca

Sentada en el suelo, con las piernas abrazadas contra el pecho, temblaba sin control.

Su respiración era rápida, como si el aire se le escapara y el corazón le latía tan fuerte que sentía cada golpe en las sienes.

Rosario miraba alrededor con los ojos desorbitados, cualquier sombra podía transformarse en él.

Tenía los nudillos blancos de apretar con fuerza el borde de su falda.

Cada ruido, por más leve que fuera, la hacía estremecer y acurrucarse más, deseando hacerse invisible.

Un frío ajeno a la noche le recorría la piel; era el miedo, pegajoso, que le calaba hasta los huesos.

La amenaza resonaba en su mente, una y otra vez: «¡Y no se te ocurra decir nada, porque no sabes de lo que soy capaz!».

Después de varios minutos, un hilo de determinación comenzó a abrirse paso.

Con las manos temblorosas, apoyó las palmas en el suelo frío y se empujó con torpeza hasta ponerse de pie.

Sus piernas flaqueaban, pero apretó los dientes y el estómago y los muslos y dio el primer paso.

Miró a su alrededor, atenta a cada rincón, a cada sombra, mientras avanzaba por la calle desierta.

Uno a uno, los movimientos le costaban, pero la idea de llegar a casa era como un faro en medio de la tormenta.

Se abrazó a sí misma y, con la vista fija en el camino, apuró el paso.

Sabía que, si se detenía de nuevo, el miedo podría ganarle.

Una manía persecutoria debutaba en ella esa noche.

Con paso tambaleante, apenas pudo caminar un par de cuadras.

Temerosa hasta de su propio jadeo, llegó a la puerta de la vecindad.

Tocó y el ruido de la escandalosa chicharra la hizo estremecer.

Doña Dominga le abrió el portón. Ella no pudo mirarla a la cara.

Se metió con prisa sin pronunciar palabra.

—¿Qué te traes, muchacha, que ni las buenas noches das? ¡Ah, qué juventud! —exclamó la portera mientras cerraba.

De camino, Rosario había decidido no contar nada.

Cómo decir algo que la tenía tan confundida.

Se fue directo a la regadera. Se talló los brazos con el zacate una y otra vez, hacia arriba y hacia abajo, con movimientos desesperados que no lograban quitarle el olor que la asqueaba y que se le había impregnado como una pátina en la piel.

El chorro de agua era escaso y los golpes de un puño tocando impaciente la puerta la obligaron a darse prisa.

Recogió lo que le quedaba de dignidad y salió empapada.

Sin dejar de tiritar, la joven sacó el llavero de su bolsa.

El tintineo de las llaves al caer al suelo le recorrió la piel con un escalofrío helado.

Las recogió y fue abriendo la puerta con cautela.

Respiró con alivio al ver que su madre estaba ya acostada.

Qué suerte, porque sus ojos vidriosos la hubieran delatado.

—Qué bueno que ya llegaste, mi niña. Hoy estoy tan cansada que no te esperé, pero preparé unos frijolitos para que te untes un bolillo; están sobre la estufa.

—Gracias, mamá —dijo con la poca voz que salió de su garganta obstruida.

Se acostó en la cama, abrazándose las rodillas.

Incluso en esa posición que la protegía, se desmoronaba.

¿Cómo sería capaz de recoger lo que quedaba de ella después de esta traición?

¿Cómo confesarle a su madre lo que pasó?

La dulzura y la ingenuidad que la caracterizaban habían sido ultrajadas también y ahora tenía que guardar silencio.

Transcurrieron un par de días. Elia sospechaba que algo no estaba bien.

Rosario nunca había sido tan reservada, estaba casi ausente.

La joven movía el tenedor sobre el plato, dibujando círculos en el puré de papas, mientras empujaba pequeños trozos de pollo de un lado al otro, como si buscara la forma perfecta de no tocar ninguno.

Bajaba la mirada cada vez que su madre le dirigía la palabra, murmurando respuestas vagas, tratando de desviar la atención.

Con cada bocado fingido, se llevaba la comida a los labios, pero apenas la rozaba, dejándola caer de nuevo.

Su estómago gruñía en protesta, pero el peso de su propia lucha era más fuerte y se aferraba al juego silencioso entre la comida y su voluntad, esperando que Elia no notara lo evidente.

Pero una madre lo intuye todo. ¿Sería que en la escuela no le iba tan bien como ella le hacía saber?

¿O tal vez había alguien que la molestaba?

No podía poner el dedo sobre ello. Había renunciado a lo poco que tenía en su pueblo, había llevado a su niña a la capital para que juntas construyeran su nuevo futuro, pero nunca se había sentido tan ajena a su hija, que parecía haberse cubierto de un barniz grisáceo.

La mente de Rosario deambulaba en los recuerdos que la oprimían y la sumergían en prolongados silencios.

Un nuevo mundo interior, en el que vivían sus recién estrenados demonios, la habitaba.

Respiraba rápido, en pequeños suspiros que parecían atorarse en su garganta, y se mordía los labios cada vez que Elia le pedía que le contara lo que le pasaba.

El miedo y la decepción fueron construyéndole una celda a la que echaba cerrojo con cada silencio, con cada áspero recuerdo que parecía consumirla.

El eco de aquella noche la perseguía y no se podía negociar con esas imágenes; había que soportarlas.

Los fantasmas parecían consumirla y su pecho albergaba un hueco que no podía llenar.

El amor de su madre era insuficiente y el silencio lo engullía todo.

Rosario estaba agotada; sobresaltos y pesadillas representaban una y otra vez las escenas de la violaci…

no podía ni completar la palabra. Inventó sentirse mal para no ir a la escuela; tan solo pensar en salir del cuarto y encontrarse a Chema en el patio la aterrorizaba.

Su mamá estaba muy preocupada, nunca la había visto así, pero por más que insistía en que le platicara, Rosario la evadía, asegurándole que se sentía enferma.

Lo cierto era que la muchacha de sueños inocentes había desaparecido y unas profundas ojeras enmarcaban sus ojos.

Trataba de recuperarse, física y emocionalmente, pero el miedo no se cansaba, la tenía secuestrada.

Ese hombre, sin saberlo y, peor aún, sin importarle, había marcado un antes y un después en su vida.