De lo que soy capaz
De lo que soy capaz
La tarde fue cerrando sus fauces. Chema regresaba del billar con dos amigos después de haber visitado otros tugurios.
A lo lejos, alcanzaban a ver a Rosario, aunque un poco borrosa por los pulques.
Llevaba un rato sentada en el parque poco transitado por la hora.
Eso le gustaba, ahí ella podía concentrarse en las tareas y lecturas de la escuela más que en su cuarto de la vecindad donde, por debajo de la puerta, se colaban las conversaciones de los vecinos.
En cuanto vio que el viento acarreaba las nubes, pensó en cómo hacer para no ensuciar sus zapatos nuevos.
En eso estaba, cuando una tos espesa precedió el caminar zigzagueante de los tres hombres.
—Oye, tu amiga está bien buena.
—Sí, ¿verdad?
—¿Y qué esperas para echártela? —le preguntó el otro.
Chema le dio una honda calada a su cigarrillo y lo tiró al piso, aplastándolo con una pisada. Miró a Rosario y se dirigió a ella. En cuanto esta lo vio acercarse, pensó, aliviada, que ya tendría con quién regresar a casa.
—Qué bueno que nos encontramos, se me hizo tarde y ya está oscureciendo —reconoció la joven, sonriendo.
Los amigos cuchicheaban sin disimulo mientras se perdían a tropezones entre las sombras.
Rosario se levantó para emprender camino en un estado de total indefensión, pero Chema se abalanzó sobre ella y la aprisionó contra un árbol.
—¡Qué te pasa, Chema! Se te pasaron las copas.
—No te hagas, chula, sé que te gusto desde hace un chorro —le dijo, desinhibido por el alcohol, mientras agarraba la mano de Rosario y la llevaba hacia su entrepierna. Ella notó el bulto bajo su pantalón y trató de soltarse. Las voces de los amigos surgían de la negrura vitoreando a Chema.
—¿Qué haces? ¡Suéltame! —gritó Rosario con determinación; aunque, en realidad, lo sentía más como una súplica que como una orden.
Chema titubeó un segundo, pero luego, sin aviso, como si una fuerza ajena lo dominara, la zarandeó como a una muñeca de trapo y, apretando sus brazos, la jaloneó hasta llegar a un callejón oscuro y solitario en donde había montañas de bolsas de basura y la acorraló contra la pared.
Chema se unía a las risas de quienes lo alentaban.
Su rostro endurecido estaba irreconocible.
Rosario se atrevió a darle un arañazo en la mejilla, tratando de separarse de su aliento rancio, de sus ojos ensangrentados y del vaho de su respiración jadeante.
Él le besó el cuello; a ella le dieron náuseas tan solo de sentir sus toqueteos. La tumbó en ese vertedero de desechos y le levantó la falda.
—¡No, Chema! ¡No!
Demasiado tarde.
Le clavó las uñas al sentir por dentro el desgarro de su cuerpo.
Chema le mordió los labios y le introdujo la lengua en la boca.
El sabor de la saliva ajena la asqueó. Quiso gritar, pero él tapó el alarido con la callosa palma de su mano.
Intentó zafarse, no pudo. Procuró buscar algo a su alcance para defenderse, pero sus manos, despavoridas, se vieron atrapadas por uno de los brazos de Chema, mientras el otro apretaba uno de sus pechos, lastimándola.
Su cabello estaba desaliñado y grasoso. Las huellas de varicela en su rostro se frotaban contra la piel suave de aquellos pómulos pronunciados.
El sudor en sus ropas despedía un olor acre que se impregnó en cada célula de Rosario.
Un último aullido, parecido al del Jaibo, y un último movimiento hacia adelante anclaron aún más a la muchacha bajo aquel cuerpo arqueado de poder.
El de ella también se arqueaba: de repugnancia.
La mirada perdida de él era espeluznante.
Rosario escuchaba su respiración, que se fue acelerando hasta hacer una larga pausa.
Por fin, había terminado. El calor del aire que exhalaba Chema se le metía por las fosas nasales y el dolor físico quedó sofocado por una ola de incredulidad.
Sintió su sangre tibia en la entrepierna.
De haber podido defenderse, le hubiera mordido la oreja hasta arrancársela, le hubiera clavado un cuchillo, pero la sorpresa y la incomprensión la habían paralizado.
El que una vez fue su refugio la miraba con frialdad.
Sus ojos se encharcaron mientras sentía los fluidos de su «amigo» enredarse en el vello delgado de su sexo.
Restos de semen, deslizándose por el interior de sus muslos, dejaban una marca húmeda, una lágrima.
Los amigos, orgullosos de Chema, miraban desde la distancia.
Uno de ellos se fue acercando. Rosario sintió el corazón desbocado y un escalofrío le recorrió la espalda.
Se incorporó y, con manos temblorosas, alcanzó una piedra en un gesto de defensa improvisado.
Los pasos se volvieron más claros, resonando en el silencio.
En un impulso, se pegó contra la pared, deseando ser invisible mientras el miedo le oprimía el pecho.
—Es mi turno —declaró el amigo de Chema mientras comenzaba a desabrocharse el cinturón.
—Eso sí que no se va a poder —respondió Chema, agarrándolo con fuerza del cuello—. Ella es mía, solo mía.
En cuanto logró zafarse de las manos que casi lo estrangulaban, salió corriendo despavorido.
Rosario aprovechó el momento para refugiarse en una esquina.
El olor agrio de la basura se le pegó a la ropa y a la piel.
Le temblaban los labios, las manos y las piernas.
Ahí, hecha un ovillo, en ese espacio cóncavo y estrecho, rompió a llorar.
Chema se acomodó la ropa y se alejó. El eco de sus pasos resonando en el callejón vacío junto con la advertencia:
—¡Y no se te ocurra decir nada, porque no sabes de lo que soy capaz!