XV años
XV años
El patio central de la vecindad se había transformado.
Matías, subido a una escalera, iba colgando guirnaldas de los techos.
Chema ayudó a colocar luces de colores que brillarían esa noche entre las ventanas.
Las mesas, improvisadas con tablones de madera y sillas disparejas, estaban siendo alistadas por Socorro y Yolanda.
—Apártate dos cubetas de agua, hija —le solicitó Elia mientras vigilaba la espuma de la leche para hacer el chocolate que ofrecerían con los churros—. Hoy tenemos mucho que lavar y ya ves que luego ni gota. Necesitamos dejar todo listo para la fiesta.
Rosario llenó una palangana y la arrastró hacia el pasillo; luego, llenó otra más hasta hacerla rebosar.
La casa de la infancia es siempre nuestra.
No importa si la dejamos años atrás, no importa si volvemos a ella regularmente o de forma esporádica; es nuestra.
Es la casa de la familia, la que custodia intimidades, recuerdos, sonrisas y niñez.
Guarda todo lo que se añora, lo que se idealiza; protege los rincones que nos pertenecen.
Así es nuestra cultura, nuestra mexicanidad: nos eterniza como hijos, con los derechos que nos corresponden por tener madres siempre preocupadas por nosotros.
A Elia le hubiera gustado volver a Lerdo de Tejada, hacer allá la fiesta de Rosario, servir el pulque de la receta del abuelo.
Estar en su casa, la de sus padres, bajo el techo que se había erigido con el sudor de una historia común.
Desde ese mismo patio, tres años antes, había mirado al horizonte; el mundo le quedaba muy lejano, pero aun así se había preguntado: «¿Qué tal si me atrevo a soñar?
». Sus deseos los guardaba en secreto por miedo a que, de tan solo pronunciarlos, se evaporaran.
Fue ahí donde se había aventurado al tomar la decisión de irse a la capital tras la muerte de su marido.
Sus padres ya habían fallecido hacía años, así que no le quedaba nadie.
La tarde parpadeaba. Yolanda y Socorro se acercaron al cuarto de Elia.
Ella les abrió la puerta con gratitud infinita porque, bajo su cobijo, había sentido menos el boquete de la nostalgia.
De inmediato, ayudaron a Rosario a ponerse el vestido que, entre crinolinas y aplicaciones de flores, parecía un jardín encantado.
Elia revisaba que del cabello recogido en una trenza sobria, enrollada en chongo, no se le saliera ni un pelo.
Después, le puso un tocado de rosas y azahar.
Yolanda, madrina también del ramo y de las zapatillas, tuvo el honor de colocarle la corona, que representaban que se dejaba atrás la niñez.
Elia vio con agradecimiento ese instante en que Yolanda le dio a su hija un beso en la frente.
Un té de boldo fresco, cortado al atardecer, calmó los nervios de Rosario, quien, en cuanto pudo poner en paz su estómago, se perfumó las muñecas y los lóbulos.
Después, perfiló su boca en forma de corazón con el lápiz de labios y resaltó sus largas pestañas con el rímel que compró para la ocasión.
Salieron hacia la iglesia; el júbilo de las campanas en su repicar era el mismo que sentía en el pecho.
El rítmico caminar acompañaba a los invitados, que eran casi todos los vecinos con los que habían hecho familia durante los casi dos años de vivir en Manzanares.
Como en peregrinación por la vereda, iban camino a la misa.
Terminada la ceremonia, la culebreante hilera regresó a la vecindad que, adornada con flores que hacían juego con las del vestido de Rosario, esperaba a los invitados.
Se acomodaron en las mesas largas. Cazuelas humeantes invitaban al festín de mole con guajolote preparado por Socorro, que chicos y grandes saborearon con las ya famosas tortillas de maíz azul hechas a mano.
En cuanto terminaron de comer, casi chupándose los dedos, los músicos llamaron a la festejada al centro del patio.
Las luces brillaban y todos la miraban con una mezcla de orgullo y cariño, pero ella apenas podía sonreír.
El vestido que tanto había imaginado, el peinado perfecto y el vals que había ensayado con ilusión desde pequeña: todo le parecía incompleto.
La música comenzó a sonar y el lugar donde él debería estar —con el brazo extendido, esperando para dar el primer paso— se sentía como un abismo.
La parte más importante de su gran día se había quedado en el pasado.
Había imaginado ese momento cientos de veces.
Por un momento, la algarabía de la fiesta se vio ensombrecida por esa ausencia.
Al centro de un círculo de sonrisas, murmullos y cariño, con la garganta rota, la orgullosa madre apenas pudo balancear unas palabras de bienvenida y agradecimiento.
Inmediatamente después, con el brazo sobre su espalda baja, Rosario se dejó guiar por varios de los vecinos bajo el susurro de un vals, detonante de una explosión de emociones por largo tiempo contenidas.
Al final, Chema bailó con la quinceañera antes de que comenzara la música que invitaba a todos a la pista, delimitada por las mesas.
Y, entonces, entre el vaivén de sus pasos, tomó la mano de Rosario con esa mezcla de ternura y miedo que tiene un niño cuando sostiene el hilo de su papalote: no solo para evitar que el viento se lo arrebate, sino para asegurarse de que permanezca ahí, anclado a él, sin que nadie pueda apartarlo de su lado.
Entre los invitados estaban la maestra y la directora de la escuela, doña Alicia.
También Matías, que había ido a visitar a Socorro, y la dueña de Cirios La Soledad, de quien Elia se había hecho buena amiga.
Algunos puesteros, compañeros del Mercado de Jamaica, regalaron los arreglos florales de las mesas, así como el ramo que lució Rosario y que destacó en las fotografías de la celebración.
El pastel hizo alarde de la personalidad de Socorro, pues preparó uno de cinco pisos con los colores del vestido.
Así de especial querían hacer sentir a Rosario, que, junto con Chema, observó la oscuridad última de esa noche, de ese inolvidable amanecer.
Si la fiesta hubiera sido en Veracruz, la mañana habría salido de su pereza para dar pie a los aromas de la tierra húmeda entre las huertas, entre las ramas temblorosas de los sauces y los fresnos en ese suelo, para sembrar sueños entre el campo y sus cafetales.
Con los músculos tensos de tanto bailar, Rosario despertó con el ruido de los camiones, las imágenes de la noche anterior revoloteándole todavía.
Los ecos balanceándose al ritmo del vals Viva mi desgracia, como si fueran una advertencia.