La piel de las azucenas La Lagunilla
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La Lagunilla

La Lagunilla

Andar en el tumulto alentaba las sobadas y los pellizcos anónimos.

Era imposible evitar esos roces al caminar por aquellos rumbos.

Un merolico que ofrecía ungüentos y tónicos con supuestas propiedades casi mágicas llamó la atención de Rosario.

Ella, su madre y Yolanda se incorporaron a la rueda de gente que escuchaba con atención: «¡Que no le digan, que no le cuenten que la luna es de queso, aquí tiene su remedio por solo un peso!

». En ese momento, la mano de un sinvergüenza se metió al morral de Elia, que estaba distraída con el pregonar del curandero callejero.

Por suerte, una señora que estaba parada detrás vio lo que sucedía y, con la bolsa del mandado casi llena, golpeó al ladronzuelo, que salió corriendo.

Silbidos, nalgadas y piropos en murmullos, entre dientes amarillentos, fue lo que recibieron las tres mientras retomaban su camino en la búsqueda del vestido perfecto.

En una esquina, descubrieron una placa que decía: «Este fue el mercado Baños, hace muchos años».

Se distrajeron mirando aquel rótulo y, por poco, le sacan un ojo a Rosario; era el entulador, que cargaba largas tiras de palma y tule.

«¡¿Hay sillas que entular?!», iba gritando entre la gente que le abría el paso ante la amenaza de ser rasguñados por las puntiagudas cañas.

En el trayecto, Elia casi choca con el pajarero que, con una gran cantidad de jaulas a cuestas, una sobre otra, amarradas con un mecate a su cintura, anunciaba las virtudes y propiedades de cada una de las aves que llevaba presas.

Abrumada por tanto pregonero, Rosario sugirió hacer una parada en su lugar predilecto, la librería de don Enrique, en la calle de Donceles.

Ahí, se le olvidaba que a veces se sentía devorada por el ruido de la capital, por el olor a fritanga, por los semáforos, por las multitudes del mercado y por los gigantescos edificios.

Hojeaba poemarios y, de inmediato, se le antojaba escribir.

El desorden del local le daba personalidad.

Lomos gruesos de biografías y novelas históricas; portadas con esquinas maltratadas, algunas rotas; pilas de páginas encuadernadas entre polvo y susurrantes palabras que don Enrique le prestaba a Rosario o le rentaba por módicos dos pesos.

Imaginar quién habría leído esos libros antes, olfatear aquellas hojas, acariciarlas era lo que más disfrutaba.

Las letras eran tan extraordinarias que, aunque muchas veces le costaba trabajo comprenderlas, se aferraba a la idea de que, algún día, tendría muchos libros de su propiedad, no prestados.

Mirando los volúmenes de la estantería de romance, soltó un profundo suspiro y murmuró:

—Qué fácil debe ser enamorarse cuando lee uno cualquiera de estos libros.

Un chasquido de los dedos de Yolanda la sacó de su ensimismamiento.

—Bueno, vamos ahuecando el ala porque todavía tenemos que llegar a La Lagunilla.

Se despidieron de don Enrique y continuaron por República de Chile.

Caminaron durante diez minutos, pasando por la Plaza de Santa Catarina.

Ahí se detuvieron un momento y, mientras Rosario se acercaba a un vendedor de la lotería que ofrecía el huerfanito, Elia le susurró a su amiga la idea de que su hija les ayudara en Jamaica.

—Rosario tiene un mundo propio, un mundo lleno de palabras, de historias y de sueños al que ni tú ni yo tuvimos acceso, no puedes quitárselo —comento entre dientes Yolanda.

—Pero ¿cómo le vamos a hacer si ya de por sí hay días que no nos damos abasto?

—Nos las vamos a arreglar, ya verás. Y, si de plano llegamos a necesitar, pues contratamos en los días fuertes a uno de los hijos de doña Eulalia, ya ves que tiene ahí a los dos chamacos sin hacer nada.

—¡Ay!, no sabes cómo le he dado vueltas al asunto —se quejó Elia y suspiró.

En ese momento, Rosario se acercó con el boleto de lotería en la mano.

—¡Igual corremos con suerte! —exclamó, entusiasmada. Las dos mujeres le sonrieron con una cierta complicidad.

Siguieron caminando hasta llegar a República de Paraguay.

En esa calle tan transitada, no faltó quien les gritara: «¡Mira nomás, qué chulas!

¡Dios las hace y ellas se juntan!». Les pareció un piropo a la Pedro Infante, como en las películas, y llegaron entre risas a Ignacio Allende.

Una tienda tras otra desplegaba en sus aparadores los vestidos más hermosos que hubieran visto nunca.

La joven no sabía a dónde voltear primero.

El brillo de las coronas que imitaban diamantes de cristal, los guantes sedosos de varios colores, los escotes que dejaban ver los hombros de las maniquíes.

Mientras Rosario se acercaba a leer el cartel pegado al vidrio, Yolanda aprovechó para decirle a Elia, muy bajito:

—Sacarla de la escuela sería como cortar una flor antes de pueda brotar por completo. Ya has hecho muchos sacrificios por ella, pero este es quizá el más importante.

Fue entonces cuando comprendió algo que había intentado ignorar: su hija no era como ella.

«Enamórate de nuestros diseños exclusivos».

—Entremos a esta —sugirió Rosario.

—No, se ve bien cara y, pues, con qué ojos, hija. Mejor seguimos caminando —contestó Elia.

«Manos mexicanas realizan cada uno de los vestidos para que tu día sea único»; ese era el lugar, ahí seguro encontraba la festejada lo que estaba buscando. Ni siquiera sabía bien a bien lo que quería, pero de la vista nacería el amor.

Una señorita muy amable las recibió. Yolanda, de inmediato, le dijo que buscaban un modelo especial para la quinceañera.

—¡Pues llegaron al mejor lugar! —respondió con una amplia sonrisa mientras iba descolgando varios modelos.

Rosario entró y salió del probador incontables veces. Una, ataviada de tul rosa que la hacía ver como un algodón de azúcar de los que vendían en La Alameda. Otra, con esponjadas crinolinas que, según ella, la hacían ver gorda. Una más, portando un pronunciado escote en V que su mamá desaprobó.

—No, mi niña, tienes que estar cómoda, ni modo que andes preocupada toda la fiesta porque no se te vea nada.

En medio de la tienda, otra dependienta planchaba con cuidado las flores de terciopelo color vino de un faldón brillante que les robó la mirada.

—Uy…, les gustó el único que no les puedo vender porque ya dieron un enganche y, pues, ya está reteapartado. Vienen hoy a pagar el resto, por eso lo estamos preparando.

Rosario se decepcionó, realmente se había enamorado de la tela satinada y del color coral que contrastaba con su cabello oscuro; era su vestido ideal. Ese local en el pasillo diez ofrecía decenas de modelos, pero le había gustado justo el que no podían venderle.

—No te me achicopales, mejor vente pa’ acá; vamos a seguir viendo, seguro encontramos otro que te guste —le consoló Yolanda al tiempo que la abrazaba.

Se fueron al otro extremo de la tienda y sacaron más vestidos que continuó midiéndose. Con paciencia, le daban su opinión acerca de cada uno de ellos: que si no es el color que va con tu tono de piel; que si el corsé no tiene tirantes, en fin, a todos les encontraban un pero.

Por fin, abrió la cortina del probador y pudo ver en la expresión de su madre que lo había encontrado.

—¡Te ves hermosa, hija! Este parece de modista de alto copete.

—¡Pareces una muñeca! —agregó Yolanda.

—Entonces, ¿se lo llevan?

—¡Pa’ luego es tarde! —contestó Rosario ante la imposibilidad de Elia de responder por el nudo en la garganta que le atoraba las palabras.

Se sentía como una princesa en ese color «berenjena», como le llamó con elegancia la que atendía.

Un corsé entallado la acinturaba a la perfección.

Solo unos ajustes en el dobladillo serían necesarios para que, unos días más tarde, fueran a recogerlo.

A la salida, pasó un muchacho con un enorme trozo de hielo en su carrito y jarabes de distintos sabores. Yolanda ofreció pagar los raspados. Los cucuruchos acartonados que contenían el hielo se rociaron de grosella y limón, como las sonrisas de las tres mujeres.

Elia se sintió en paz por primera vez en semanas. Se había dado cuenta, mientras miraba la imagen de su hija en el espejo, de que el verdadero negocio que estaba cultivando no eran las flores del mercado, sino el futuro de Rosario.