La piel de las azucenas Lo que pudo haber pasado
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Lo que pudo haber pasado

Lo que pudo haber pasado

Los demás vendedores recogían los últimos ramos bajo la tenue luz que titilaba, como si también estuviera agotada después de un largo día. Los pétalos marchitos caían al suelo, creando una alfombra de colores deslavados bajo sus pies, mientras el bullicio del mercado iba muriendo lentamente.

—Vamos, apúrate —murmuró Elia, tratando de ser precavida y mirando con temor hacia las sombras que rodeaban el puesto, como si estas quisieran tragárselas.

Yolanda asintió, pero, antes de que pudiera responder, uno de los tambos se le volteó, derramando litros de agua.

Las dos mujeres se dispusieron a trapear.

Sus vecinos del local de enfrente se ofrecieron ayudarlas, pero, al ver sus rostros agotados, Yolanda y Elia respondieron: «No, gracias, ya váyanse a descansar, nosotras ahorita nos apuramos», y estos se fueron despidiendo de los puesteros conforme se retiraban.

Las jergas iban y venían, absorbiendo el agua que parecía no tener fin, cuando un ruido apagado las hizo detenerse.

Un grupo de hombres se acercaba; sus pasos resonaban con un eco inquietante en los pasillos vacíos.

Los rostros apenas visibles se escondían bajo las capuchas, pero el brillo de sus ojos no necesitaba más luz para transmitir su intención.

—¿Los ves? —susurró Elia, tirando de la manga de Yolanda.

—Sí… —respondió ella con apenas un hilo de voz.

Se tomaron de la mano mientras rezaban y se encomendaban a Dios.

Los asaltantes se detuvieron a pocos metros, intercambiando miradas como lobos rodeando a sus presas.

Una sonrisa torcida se dibujó en el rostro del que parecía el líder.

Elia dio un paso atrás con el corazón latiéndole en la garganta.

No había más gente alrededor, solo las sombras.

El mercado ya era suyo. Trataron de refugiarse detrás de las bolsas de basura acumuladas contra uno de los muros. Demasiado tarde.

—¿A dónde creen que van tan rápido? —preguntó el hombre con una voz rasposa y una sonrisa amplia. Sus compañeros también avanzaron, bloqueando el camino.

—No queremos problemas —contestó Elia con voz firme, aunque sus manos temblaban.

—Nosotros tampoco —respondió, sacando una navaja que brilló bajo la luz mortecina.

El jefe le hizo un gesto a otro de los bandidos y, juntos, se acercaron a Elia y a Yolanda, enredando cada uno un brazo alrededor de sus cuellos.

Elia gritó y él la apretó más fuerte hasta hacerla callar, provocando que sus ojos se pusieran en blanco.

A Yolanda se le desbocó el corazón y el instinto maternal, tantos años guardado, la invadió; necesitaba ayudar a Elia.

Sobre el banco de madera estaba el cuchillo que usaba para quitar las espinas de las rosas y cortar los tallos.

Lo había visto de reojo para no llamar la atención hacia el objeto.

Pensó en alcanzarlo y clavárselo al bandido en donde fuera.

Trató de soltarse moviéndose con furia, con una fuerza que desconocía, pero no lo logró; al contrario, hizo que su atacante le demostrara quién mandaba ahí, metiéndole la otra mano por la falda y apretando sus genitales contra ella.

—Shh… tranquilita —la amenazó al oído con aliento aguardientoso.

Elia recuperaba apenas la respiración y, con los ojos vítreos, le suplicó a Yolanda quedarse quieta. Las dos pensaron que tendrían que entregar el dinero para salir vivas.

—¡Ya deja de hacerme perder el tiempo, cabrona! —masculló el más joven las palabras mientras miraba a Yolanda y volvía a apretar el cuello de su presa.

—¿En dónde escondes el dinero?

—Está bien, está bien —murmuró Yolanda, que apuntaba con el dedo tembloroso más por la rabia que por el miedo de tener que entregar el producto de su trabajo.

Los encapuchados salieron corriendo en cuanto se hicieron del efectivo.

A ellas les costó recobrar la calma. Se abrazaron, agradecidas, por seguir vivas; se arroparon el temblor del cuerpo y se dispusieron a regresar a casa.

Quisieron volverse invisibles, fundirse en la oscuridad de esas calles desoladas.

De camino, Elia no pudo evitar pensar que justo ahora, cuando ella y Rosario vivían una época de relativa felicidad, de haberse ya acoplado a su nueva vida, además, de tener dinero en los bolsillos, sucedía esto.

Las ganancias de ese día de la Virgen habían sido extraordinarias.

Sus ilusiones ya habían viajado hasta una mejor vivienda, lejos de los lavaderos colectivos, de restregar la ropa, de tinacos abollados; a una mejor escuela para su hija, a ropa nueva que nunca se daba el lujo de comprar y, lo más inmediato, a hacerle su fiesta de quince años a Rosario.

En fin, ya ni para qué seguir, todo ese progreso se había esfumado bajo el brazo asfixiante del hombre.

No dijo nada. Aún sentía la presión en el cuello y el olor a aguardiente pegado a la piel. Le escocían las manos de tanto apretarlas.

Llegaron a la vecindad llenas de rabia, pero también con el miedo de lo que les pudo haber sucedido de no haber entregado el dinero.

Rosario, para entonces, ya estaba preocupada.

Sabía que llegarían más tarde de lo acostumbrado por ser un día de venta especial, pero, según sus cálculos, debieron haber llegado hacía un buen rato.

Cuando las vio entrar, respiró, aliviada, aunque notó sus hombros cargados de piedras invisibles.

¡Las conocía tan bien…! En el rostro de Elia, una sombra la hacía ver mayor, aunque tratara de disimular la injusticia de la que acababan de ser víctimas.

—¿Qué pasa? ¿Están bien? —preguntó Rosario, alarmada.

Comenzaron a relatar lo sucedido; las palabras se atropellaban unas a otras.

Yolanda empezó por el final. Elia trataba de no hacer muy dramático el momento para no asustar de más a su hija.

Las miradas de los vecinos asomaron desde puertas y ventanas, tratando de enterarse de lo que se contaba en el patio.

Socorro salió de su vivienda y, al escuchar lo acontecido, regresó con un té de tila bien caliente y una bolsita de hierbas amargas para que se dieran un baño con ellas.

Había que eliminar las malas energías que pudieran haber dejado los bandidos.

—Si conociéramos a alguien que nos pudiera ayudar, que las cuide los días que sepamos que van a ser de buena venta… —sugirió una de las vecinas—. Quizá decirle a Matías la próxima vez que venga a ver a Socorro o comentarle a Dominga para que hable con Justino.

Rosario sintió que se le revolvían las entrañas tan solo de escuchar el nombre de Justino, ella sabía bien que el muy sinvergüenza negociaba con las mujeres por «favores».

Saltó de inmediato a decir: «¡No! Nada que tenga que ver con ese hombre».

Fue instintivo. No pensó en lo que haría su madre si supiera lo que pasó en aquella húmeda bodega, en ese lugar en el que ya no podía dejar de pensar sin sentirse como una de las cucarachas que trepaban la pared.

Quería protegerla del sentimiento que ahora ella tenía cada vez que lo veía de lejos o se mencionaba su maldito nombre, de sentirse siempre amenazada, insegura.

Los ojos se le aguaron de coraje, pero logró retener las lágrimas.

La reacción de Rosario alarmó tanto a Elia que dejó de pensar en el asalto. Llevó a su hija a un lado, lejos de la curiosidad de los vecinos.

—Tranquila, hija, ¿por qué te pones así? ¿Tienes algo que decirme? —le preguntó con sospecha y deseando que la joven no le fuera a revelar algo terrible.

—No, no, es solo que me asusté mucho con lo que les pasó… con lo que pudo haber pasado —respondió, abrazándose a su madre y dejando escapar por fin el llanto.

Elia la apretó con fuerza en su regazo y lloró también.

—Le he cantado a las flores desde que soy una niña, se supone que las hace más fuertes —dijo.

Y comenzó a cantar.