La piel de las azucenas La biblioteca
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La biblioteca

La biblioteca

Desde que entró a la escuela, Rosario se sintió sola.

Sola en el aula, en los recreos y entre aquellas compañeras en las que no encontró amigas.

Con el tiempo, aprendió a palpar la envidia en el tono de voz de Juana.

Estaba celosa de que la maestra se hubiera encariñado con ella y de que la directora del colegio, doña Alicia, al ver lo estudiosa que era, la tomara en cuenta para concursos de la zona, en los que siempre obtenía excelentes resultados.

Recordaba a la perfección la primera vez que la directora la llamó.

Estaba nerviosa, se preguntaba si se había metido en algún problema.

Juana, por supuesto, se regocijaba ante la posibilidad de que fueran a reprenderla.

Antes de entrar a esa oficina que tanto le imponía, se acomodó unos cabellos rebeldes con saliva y se presentó, retorciendo su suéter entre las manos.

—¿Me mandó llamar?

—Sí.

A la pobre muchacha se le abrieron los ojos de capulín y un titubeo dejó al descubierto su inquietud. Incapaz de sostener la mirada, escrutaba el tapete que cubría parte del adoquín.

—A partir de hoy, tú serás la única persona que podrá tocar mis libros. Me ayudarás a limpiar las vitrinas y a reacomodar los títulos —ordenó con voz enérgica la directora, sosteniendo la llave de los estantes entre los dedos.

Las mejillas de la joven eran, para entonces, dos tomates maduros a punto de estallar y, en silencio, daba las gracias porque no le habían llamado la atención, pero también pensó en que Juana se ensañaría todavía más con ella.

Las primeras veces que sacudió aquellos títulos impronunciables, puso todo su empeño en dejar impecables las repisas de pino sin barnizar.

Ya con el tiempo, hasta se daba el lujo de hojear algunos de esos tomos de palabras elegantes mientras acomodaba sus pastas maltratadas.

En una ocasión, la directora entró y la sorprendió leyendo uno de los libros.

La chica lo cerró y lo puso en su lugar sin decir palabra; después, se limpió las manos en el algodón desgastado de su falda.

En un arranque de espontaneidad, doña Alicia estiró el brazo y tomó de nuevo el libro.

Se volvió hacia ella y se lo puso en las manos.

—Es una historia de amor, sé que la vas a disfrutar —le dijo, mirándola por el rabillo del ojo para no intimidarla más.

Rosario metió la nariz entre las páginas, inhalando su aroma; después, repasó un párrafo a murmullos.

Las palabras se quedaban en sus pupilas; quería memorizarlas y que le sirvieran de inspiración: «Aquella luz no es luz del día, lo sé muy bien: es algún meteoro que emana del sol para que sea esta noche tu portador de antorcha alumbrándote en el camino… ».

La directora era una mujer de rutinas; se sabía que, al cerrar la puerta, haría su rondín por las aulas para patentar su autoridad.

Le tomaba veinte minutos pasearse por los ventanales de los salones.

Al terminar, regresaba, se servía un té de raja de canela y leía unas páginas de su libro.

Dejaba marcada la hoja con un separador de imitación piel color verde olivo y sus iniciales grabadas: A.

O. Rosario aprovechó en un par de ocasiones el momento de relajación que la directora Ortega se regalaba para pedirle prestado algún libro.

Se atrevió a contarle cuánto amaba escribir, a lo que la docente reaccionó ofreciéndole acceso a muchos de los ejemplares que llenaban aquellos libreros.

Como cada día al llegar del trabajo, Yolanda y Elia se tomaban un chocolate caliente o un café con Rosario para que la muchacha les contara cómo le había ido en sus clases.

Yolanda ya era parte de esa familia y, aunque a Rosario todavía no se le curaba la sensación de orfandad que se le había incrustado en el pecho de tanto extrañar a su padre y a su Lerdo de Tejada, sentía a Yolanda como una abuela.

Para descansar un poco, Elia se sentó con algunas vecinas a ver Senda prohibida , la primera novela que se transmitió en la televisión.

Rosario prefirió ir a buscar a Chema para subir a la azotea a platicar y enseñarle el libro en turno que traía de la escuela.

Los niños jugaban matatenas en el patio y casi se tropieza con uno de ellos; iba totalmente absorta en su pensamiento, en la historia que había comenzado a leer.

Tocó tres veces con el puño acelerado. Chema no abrió.

En ese momento, llegó Justino de tomar unos pulques con su compadre.

La observó y, esta vez, Rosario le devolvió la mirada, tratando de parecer desafiante.

Se había propuesto que, aunque fuera en apariencia, dejaría de ser sumisa.

A él le sorprendió que la joven no bajara la vista tratando de esquivarlo, como siempre.

Ella se asombró de que su determinación le hubiera evitado el asco que, en otras ocasiones, sentía de tan solo saber que Justino estaba cerca.

Recordaba muy bien la amenaza. Ese hombre podía convencer a doña Dominga de que las echara de la vecindad; no era solamente la ilusión de poder la que lo envalentonaba, era un hecho: podía dejarlas en la calle.

Muchas veces se había preguntado si la portera no veía, no sospechaba de lo que era capaz su marido cuando andaba cerca de una jovencita; o, sí lo sabía, pero prefería callar, como se esperaba que hicieran las mujeres: ver, oír y guardar silencio.

Unos minutos más tarde, apareció Chema. No era la primera vez que se retrasaba y escuchar que fue porque estaba buscando trabajo en el mercado le hacía admirarlo, más cuando le decía que necesitaba ayudar a su mamá aportando lo que fuera, ya que su padre se bebía cuanto centavo caía en sus bolsillos.

Él mostraba interés en las lecturas que su amiga le hacía en voz alta.

Para Rosario, eran momentos especiales, rituales de convivencia basados en el placer de compartir lo que más le gustaba.

La amistad entre ellos había ido cambiando y madurando a medida que pasaban tiempo juntos.

Tenía un cómplice, un camarada, un socio. Al menos, eso creía.

Justino miró a Chema con tal desdén que al muchacho se le derrumbó algo por dentro.

Era más vergüenza que miedo lo que ese hombre le provocaba.

«No andes leyendo, nomás te vas a volver joto», le dijo su padre, mientras se le removían los instintos tan solo ver de reojo a Rosario.

Ella se dio cuenta de la incomodidad de su amigo, entonces, trató de distraerlo:

—Me dijo la directora que este libro me va a encantar y que me voy a identificar mucho con la escritora; vente, te leo unas páginas.

Ya en la azotea, Rosario se dispuso a leer en voz alta. El libro era de Rosario Castellanos.

—Ya veo por qué dijo que te iba a gustar. ¿Imagínate que en vez de Rosario Castellanos estuviera escrito por Rosario Aguilar? —comentó Chema y ella sonrió, ilusionada.

Chema observaba fijamente la forma en que sus ojos recorrían las palabras, acompasados por esas largas pestañas oscuras.

Sus labios se movían ligeramente al ritmo de las sílabas que pronunciaba.

Su voz era melodiosa; sus manos, ajadas por el jabón de sosa, sostenían con delicadeza el libro, la misma delicadeza con la que arropaba a los pájaros de su hospital —¿Qué te parece este párrafo?

—le preguntó, sacándolo de su ensoñación.

—Eh, bueno… yo.

—Parece que no me estabas oyendo.

—Claro que te escuché, solo que me distraje un momento.

—Igual ya debe estar por terminar la novela. Mejor ya me voy bajando —dijo Rosario.

—Sí, sí, te acompaño.

Ya en su cuarto, Rosario se propuso terminar las páginas faltantes de un jalón. No podía parar de leer, no podía dejar de imaginar que ella también llegaría a escribir así.

Cuando Elia entró, vio a su hija ensimismada en el libro.

Estaba tan absorta que no se dio cuenta de que su madre había llegado.

Se quedó mirándola con un orgullo inmenso, pero también con una punzada de preocupación.

Con el tiempo, había ido ganando clientes y el pequeño puesto de flores comenzaba a atraer cada vez a más personas.

Esa mañana, mientras acomodaba los ramos en los tambos de agua, pensaba en que necesitaría más manos, además de las de Yolanda, para seguir creciendo.

Una idea que ya había considerado cruzó por su mente: «Es tan buena niña, me ayudaría mucho y aprendería el oficio».

Considerar que Rosario dejara los estudios no la dejaba en paz, pero el temor de no poder mantener el negocio también le pesaba. La observó en silencio durante unos momentos, notando cómo sus ojos recorrían las páginas con avidez.