La piel de las azucenas El Mercado de Jamaica
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El Mercado de Jamaica

El Mercado de Jamaica

Habían pasado meses desde el terremoto. La reconstrucción del centro de la ciudad era lenta, pero, desde las cinco de la madrugada, comenzaba la actividad.

Todo latía después de haber estado adormecido; los autobuses hacían sus rondas, el barrendero daba los buenos días, despertaban las pasiones, la ebullición y las ilusiones.

Todo, tratando de volver a la normalidad después de la sacudida.

Otro día más en que la ciudad volvía a latir.

Otra pelea callejera, otra mujer dándose a desear en una esquina, otro vendedor tratando de sacar el día.

Unos que duermen en la vía pública, otros que pepenan en los basureros o que más tarde robarán fruta en La Merced para saciar el hambre.

El último nombre fue pronunciado. La joven madre y su hija, de ojos vivaces, habían conseguido finalmente un espacio en el mercado de las flores.

Elia aceptó su nuevo puesto con humildad y gratitud, prometiendo mantener viva la tradición de las flores frescas.

Vivió ese momento con la esperanza latente en su corazón, como una semilla en tierra fértil a punto de brotar.

El puesto, pequeño y modesto, se erigía entre otros coloridos escaparates de la misma naturaleza, lleno de promesas de crecimiento y aromas embriagadores.

Al día siguiente, el primer día de trabajo, Rosario, Elia y Yolanda llegaron antes del amanecer, cargadas de una mezcla de nerviosismo y emoción.

Elia se dedicó a arreglar los pétalos de las rosas y los girasoles, mientras Rosario ordenaba las macetas con cuidado meticuloso, alineándolas como soldados listos para una batalla de belleza.

Elia, con su sabiduría de años, susurraba palabras de aliento a cada flor, como si con ello asegurara que su esplendor durara más allá del día.

Yolanda la miraba, confirmando que había hecho lo correcto al convencerla.

Estrenar ese local representaba para la madre una oportunidad de prosperidad, de dejar atrás días de trabajos precarios y de mirar al futuro con más certeza.

Para la hija, era un jardín donde podían crecer sus sueños, un lugar donde aprendería el arte de la floricultura, un legado de su abuela para ella.

Ese día se les hizo larguísimo. El cielo estaba azul.

El viento tenue se metía por hojas, por pétalos, por ramas y tallos ahí reunidos.

Las voces de los marchantes se elevaban en canciones y risas.

Los clientes paseaban entre los puestos, maravillados por la explosión de colores y aromas.

Y así, en el corazón de la Ciudad de México, se erguía un testimonio vivo de la resiliencia y el espíritu de su gente, enmarcado por la belleza efímera de las flores.

Los puestos parecían tener una delicada afinidad y se extendían como un arcoíris sobre el suelo, cual primavera interminable.

Los marchantes, con sus manos curtidas y corazones generosos, preparaban sus mercancías, listos para un día de ventas y negociaciones.

El Mercado de Jamaica no solo era un lugar de comercio, sino un microcosmos donde la vida y la muerte se encontraban en cada rincón, en cada pétalo y en cada espina.

En algunos de sus pasillos se exhibían diseños arriesgados, en otros, formas más tradicionales y flores hasta por kilo.

Rosas de todos colores, anturios, claveles, iris, margaritas y orquídeas encontraron techo en esas naves impregnadas de perfumes peculiares y diversos.

Aquella tradición mexica de surcar con canoas los canales para llevar flores y frutas al corazón de Tenochtitlán seguía viva en el Mercado de Jamaica.

Desde Puebla, Veracruz, Michoacán y Oaxaca, los capullos para cualquier boda, nacimiento o velorio llegaban con un motivo.

Ese mes de septiembre, se dignificó a cientos de comerciantes que antes trabajaban en la vía pública.

Muchos de los mecapaleros fueron sustituidos por cargadores de diablito.

La tradición de más de quinientos años del tameme, o cargador indio, llegaba a su fin.

Con el paso del tiempo, la relación de Elia y Rosario con los demás locatarios evolucionó.

Al principio, los saludos eran corteses y las conversaciones limitadas a temas triviales; sin embargo, los largos días establecieron lazos de camaradería y complicidad.

Los vecinos de los puestos cercanos, encantados con la sonrisa sincera de la hija y la calidez de la madre, empezaron a compartir secretos comerciales, anécdotas personales y hasta cómo lidiar con plagas inesperadas.

Así, Elia y Rosario no solo encontraron un medio para ganarse la vida, sino también un hogar en la comunidad del mercado.

Cada día, mientras arreglaban las flores, sentían que estaban construyendo algo más grande que un negocio; estaban tejiendo un tapiz de relaciones y memorias que perduraría mucho más allá de las estaciones de floración.

Jamaica empezó a sentirse como un refugio, como un jardín en el corazón de la ciudad.

Impregnado de una mezcla embriagadora de aromas florales, especias exóticas y el bullicio incesante de la vida cotidiana, era un mercado vivo, palpitante, donde las historias de sus habitantes se entrelazaban como los tallos de las flores que vendían.

Una de las épocas más importantes llegó un par de meses después, con la flor de cempasúchil que lo llenó todo en una explosión azafranada.

Apenas hubo tiempo para comer un pan y hacerlo bajar con un café por la garganta; era indispensable robarle minutos al reloj y ser de las primeras en llegar al mercado.

La lucha diaria era su condición y cada uno trataba de ganar tiempo como Dios le daba a entender.

Elia salió de la vecindad y caminó, esquivando al muchacho envuelto en un sarape que duerme en la puerta de la pulquería.

Las almas se aglutinaban. Elia se abrió paso entre los cargadores y, con su mercancía en un diablito, fue gritando: «¡Permiso, permiso, ahí va el golpe!

». Pasadizos de gladiolas, flores de amaranto y terciopelo reconfortaban a las personas que habían sufrido una pérdida.

Querían alegrar y honrar al difunto, facilitar su viaje desde el más allá.

Admiración, miedo e incertidumbre: la transición de la vida a la muerte.

Ritos y tradiciones la veneran, la tratan de espantar y hasta se burlan de ella.

Elia colgó papel picado anaranjado y negro en su puesto, la unión entre los vivos y los muertos, para representar el viento.

Hizo guirnaldas que daban la impresión de estar entrando a una gran fiesta cuando se acercaban los clientes a su puesto.

Calidad, buen servicio, producto suficiente y precios bajos debían imponerse en la competencia que se generaba en Jamaica en ese día tan especial.

No pudo evitar pensar en su amiga, en Yolanda, para quien esa fecha marcaba diez años de la separación definitiva de sus niños.

Necesitaría más tiempo para decantar el dolor que nunca desaparecería, necesitaría otro tanto para entender ese amor incondicional que le había puesto mil condiciones en un laberinto de sentimientos extraviados; todos de vacío, de una tristeza que no le permitía ni decir sus nombres porque las letras, como vidrio molido, le cortaban la lengua en cuanto las pronunciaba.

Elia separó dos docenas de gladiolas blancas, un racimo de nube y preparó un ramo con cuidado, con cariño, para dejarlo al pie del cuarto de Yolanda cuando volvieran a la vecindad.

No tocaría a su puerta, sabía que no le iba a abrir, pero quería que supiera que pensaba en ella.

Rosario no fue a la escuela para ayudar a su madre, sabía que les esperaba una jornada agotadora, pero la oportunidad de triplicar las ganancias en el día con más venta del año era un respiro para su economía.

«El olor del cempohualxochitl atrae las almas de los muertos», le comentó doña Matilde, una vecina del local.

No pudo evitar pensar en su papito al ver en el color otoñal de esas flores que la vida es tan solo un tránsito.

Cada uno de los cuatrocientos pétalos le hizo rememorar escenas de su niñez al lado de su padre.

«El color intenso del cempasúchil es una forma de guiar el alma», siguió la doña y Rosario murmuró: «Dios lo tenga en su gloria».

Como en una película, en los corredores centrales del mercado, se veían imágenes nítidas, enfocadas secuencias que iniciaban un relato.

Ríos de gente comprando flores y veladoras, color y luz en el camino de regreso al mundo de los muertos.

Ahí, buscaban lo indispensable para decorar sus altares.

Llevar los alimentos preferidos del ser querido, las calaveras de azúcar, el pan de muerto, un jarrito con agua para saciar la sed del espíritu.

Calabaza y tejocote, las frutas de la temporada; alimentos hechos con maíz y el mole con pollo, guajolote o gallina salpicado de ajonjolí, que no podía faltar, para dejar una estela de aromas y deleitar al ánima.

Braseros sobre los mármoles, canastas rebosantes colgando de las cruces; guitarras y tortillas, lentejas con plátano macho, buñuelos con miel de piloncillo y, por supuesto, una botella de mezcal.

La ofrenda es un ritual que convoca la memoria.

Rosario recordó a su padre en su cuarto de la vecindad, en ese altar al que nunca le faltaban flores porque se las ponía ella.

No así su madre, que ya nunca pudo sacarse de la mente la imagen de la misteriosa mujer abrazando a un niño el día del entierro.

Alumbrar su retrato mientras susurraba su nombre era una práctica diaria desde que llegaron de Veracruz.

Apenas se había cumplido un año de su muerte y la joven se iba dando cuenta de que su miedo al apego venía de esa pérdida.

«¿Para qué encariñarse con alguien si al final te dejará?

», pensaba. El vacío de su padre no se había llenado ni se llenaría nunca y la huella de su ausencia le seguía doliendo.

Con su mamá poco hablaba de eso, pues a ella le dolía más la otra familia que ya no pudo echarle en cara a su marido y las miradas de la comunidad que la hicieron abandonar su Lerdo de Tejada.

Instrumentos musicales nunca mudos. Magia y misticismo, rostros de lo popular; rituales milenarios envueltos en el aroma del copal.

Ironía de un pueblo que, a pesar de la miseria, se eleva con dignidad.

Ofrendar es estar cerca de los muertos para dialogar con su recuerdo.

En esta simbiosis de la devoción sagrada y la práctica profana, se da serenata a los difuntos; realismo y espiritualidad.

Una vida con los muertos, una tierra con historia y todo suspendido en un paréntesis, mientras Rosario extraña más que nunca a su papito.