Un avión y un ángel caídos #2
Elia y Yolanda cruzaron miradas: una, encaramada como caracol dentro de su concha, protegiendo a su hija; la otra, buscando refugio con los ojos desesperados, las cejas contraídas y la mirada desenfocada.
Abrazaron el hedor de sus cuerpos angustiados, zarandeados por el estrépito de un suelo que se resquebrajaba.
Con esa nostalgia que se siente hacia los que se teme perder, Yolanda se dio cuenta, en ese instante, en ese preciso soplo de conciencia, de que había estado encerrada en ella misma por demasiado tiempo, que el derrumbe que la rodeaba representaba el que había tenido por dentro: la destrucción interna, el llanto, la soledad.
Había conectado con su parte más marchita durante demasiados años; era momento de ponerse en el camino de la sanación, en el de desear, desear ser feliz, aunque pareciera imposible.
¿Cómo se repara el daño? Se lo había preguntado tantas veces.
Mirar al pasado solo abre viejas heridas.
El terremoto había dejado desnudos los tabiques que habían resistido la embestida.
Era hora de reconstruir, de volver a vivir.
Se lo merecía por haber soportado durante años el dolor más atroz, el que paraliza, el pesar que desgarra.
Se menciona en la Santa Biblia: «…bienaventurados son todos los que lloran, porque ellos serán consolados», y halló consuelo en el abrazo de Elia, que le alivió el duelo de la suma de todas las ausencias.
Rosario también se sintió protegida, sintió el cobijo que tanto extrañaba.
La cabeza le daba vueltas, la respiración se le entrecortaba.
Yolanda le acarició el cabello ensortijado y le cubrió la mirada para que no viera los cuerpos magullados.
Le brillaban los ojos, los tenía llenos de lágrimas.
Yolanda, que pensaba que sus sentimientos de carencia serían para siempre, se dio cuenta de que todo podía cambiar y que su tristeza podía ser reemplazada por la protección que quería brindarle a la hija de Elia.
Había enfrentado su propia oscuridad al tajar sus muñecas en un solo movimiento; era hora de ver la luz.
En esta vio la mirada almendrada que tendría su niña muerta, el tono tostado de una piel suave a las caricias, el cabello que nunca pudo cepillar, pero que, seguramente, habría sido como el de esta joven que le abría una oportunidad gracias a la desgracia que vivían.
Su tristeza podía no ser para siempre. El recuerdo sí, pero el pesar podía transformarse en cariño hacia quien lo necesitaba.
La melancolía podría por fin desaparecer, lo que nunca moriría en ella sería el instinto materno.
Momentos entrañables se tejían entre los primeros rayos de sol que se filtraban como iridiscencias en los restos polvorientos.
En ese chispazo, apegada a la nostalgia que la había tenido en depresión por tanto tiempo, algo la invitaba a entregarse por primera vez desde que perdió a sus hijos, a no desperdiciar su vida en la soledad.
Todos los vecinos hacían lo mismo, salir a las calles sin saber realmente a qué o qué rumbo tomar.
El caos los arremolinaba en una marea humana que se movía de un lado a otro, confundida, a la deriva, entre vidrios, piedras y escombros de pertenencias que habían caído desde las alturas.
La gente tropezaba, estruendos del bramido de la tierra hacían eco en los derrumbes.
Gemidos, carraspeos, sudor humano, ese que huele a terror.
Bebés llorando. Hombres tosiendo. Mascotas que aullaban despavoridas, como sus amos.
Los habitantes de la vecindad de Manzanares trataban de mantenerse juntos, unidos, ante las atroces escenas sin saber si tendrían casa a la cual regresar.
La ciudad se sumía en las tinieblas y las siete toneladas de bronce de la Victoria Alada caían de las alturas de la Columna de la Independencia, abollada y con la cabeza tirada a varios metros de distancia en pleno Paseo de la Reforma.
Los restos del Ángel se recogieron para evaluar sus daños, los de los habitantes del centro ya no tenían remedio; las tumbas serían muchas.
Una pierna y un brazo del querubín quedaron en buenas condiciones, no así las de decenas de hombres y mujeres que perdieron una extremidad atrapada bajo el cemento, o, peor aún, que perdieron a un ser querido.
No faltó quien quisiera regresar a la vivienda.
Recoger una preciada fotografía, agarrar papeles de identificación o hasta algo de dinero.
Aferrados a sus pocas pertenencias, serían los recuerdos lo que tuvieran que rescatar porque, imposibilitados por otra réplica, era mejor protegerse bajo portales que temblaban tanto como ellos.
No hubo forma de rescatar el resto del cuerpo; el Ángel se había desplomado de una altura de treinta y ocho metros.
Pisos completos caían unos sobre otros, igual que un enorme acordeón que se desmoronaba sobre sus propios cimientos, sepultando a sus durmientes moradores.
La Torre Latinoamericana, símbolo del México moderno, construida un año antes, resistió el terremoto.
Sus 181.33 metros sobre el nivel del suelo, la máxima altura alcanzada hasta entonces en toda la república, resistieron el zarandeo en sus cuarenta y cuatro pisos.
La estabilidad de la majestuosa mole preocupaba a sus ingenieros, los hermanos Adolfo y Leonardo Zeevaert, dado el subsuelo del antiguo lago sobre el que les tomó siete años construirla.
Ciudad de México, 28 de julio de 1957. En la madrugada de hoy el pánico hizo presa de los habitantes de varias ciudades del país, principalmente los de esta capital.
Fueron noventa interminables segundos de terror.
El reloj marcaba las 2:44 de la mañana cuando empezó, con extraordinaria violencia, un terremoto de 8 grados en la escala de Mercalli y de 7.
7 en la de Richter. Se trata del de mayor intensidad registrado en los anales sísmicos de México.
El fenómeno también causó estragos en Chilpancingo y en Acapulco.
Se presume que el epicentro estuvo en el estado de Guerrero.
El ulular frenético de las ambulancias sonó en vano, abriéndose paso entre la multitud despavorida.
Ya no había a quién llevar a los hospitales; era a la morgue adonde se dirigían.
La tierra se calmó, pero los temblores reaparecieron con la ansiedad, con la falta de sueño o con los sueños convertidos en pesadillas.
Palpitaciones, opresión torácica, suspiros; una sensación de ahogo y de espera de lo peor provocaba sobresaltos.
Histeria. El fin principal: la supervivencia.
Almas atrapadas bajo los escombros. Réplicas que generaban pánico.
Cuerpos mutilados. Vulnerabilidad. Rememoraciones constantes.
Solo quedaba el inventario de las pérdidas entre los aullidos del viento.