Un avión y un ángel caídos
Un avión y un ángel caídos
Las resonancias de los siglos no pudieron amortiguar, ni con toda su sabiduría, el trepidar de un suelo que parecía tiritar de miedo.
Las más de cien réplicas recibían el bullicio en las calles que aún no lograban ver la madrugada.
Desde ese acontecer, los sueños de muchos se llenaron de escombros, de sobresaltos y de temor; cualquier sonido se convertía en una estridencia que partía el silencio en mil pedazos.
Por primera vez, Rosario pensó en la muerte como en una posibilidad.
Recordó la fragilidad de la existencia como cuando perdió a su padre.
Bardas, estructuras con grietas, fisuras, desplomes, colapsos de techos, escombros, muros que dejaron al desnudo sus tabiques, acero que, como lámina ligera, apenas soportaba una colindancia.
En la nave central de La Merced, seis cascarones se vinieron abajo. Varios inmuebles que no se derrumbaron en ese momento tuvieron que ser demolidos posteriormente. Al día siguiente de la catástrofe, en los diarios se podía leer:
El saldo trágico de este siniestro, aún no cuantificado en su totalidad ni mucho menos, es aterrador: cincuenta y dos muertos, veintidós desaparecidos y seiscientos cincuenta y siete heridos.
La estatua que coronaba la Columna de la Independencia, en el Paseo de la Reforma, cayó con gran estrépito, desgarrando a su paso una de las repisas de la esbelta columna, y se rompió en mil pedazos contra el suelo.
El edificio número 1 de Reforma, por segunda vez, se partió en dos.
Sobre la avenida Insurgentes solo quedaron ruinas de lo que fuera el edificio Rioma, propiedad del cómico Mario Moreno, Cantinflas, ruinas que sepultaron a más de trescientas personas…
Hoy mismo, el presidente Ruiz Cortines ha prometido que el Ángel volverá pronto a su sitio.
Parecía que todo sucedía ese año de 1957.
Apenas unos meses atrás, una noticia había sacudido, de otra forma, el corazón del país.
El 15 de abril se había caído el avión en el que viajaba Pedro Infante.
Las noticias en los periódicos y en la radio dijeron que fue en pleno centro de Mérida y que él era el piloto; que apenas había alcanzado 200 metros de altura cuando se fue en picada. México entero lloró por él.
Ahora, 28 de julio, las casas que conservaban los perfiles de la antigüedad, de la aristocracia española, de una época que marcó el Centro Histórico, se desmoronaban.
Eran construcciones olvidadas por el paso del tiempo, pero que se habían mantenido vivas hasta esa mañana.
Del techo caía polvo. Los gritos no fueron lo único que rompió el silencio.
Lo hicieron también las tazas que se despedazaban, los gatos que maullaban, los muros cuyas vísceras crujían con súbita furia.
Doña Dominga despertó a Chema, que ni con esa sacudida se despegaba de las sábanas y, al ritmo acelerado del manojo de llaves colgado a su cintura, se disponía a correr hacia el portón de la vecindad.
Dominga pudo haber salido con Chema y dejar a Justino a su suerte, que, como de costumbre, estaba borracho, pero supo que tendría que vivir con el remordimiento en el instante mismo en que lo pensó, imaginando su impotencia al ver un trozo de aquella añeja vivienda caerle encima con todos sus años y todos sus kilos.
Así que no pudo. En varias ocasiones, había pensado en abandonarlo.
Lo pensaba cuando lo veía sentado en el patio, tomando el sol y fumando sus Rubios.
Se escuchaba en su publicidad: «El sabor de sus ricos tabacos, sabor que se conserva hasta la última fumada», y Justino, muy obediente, se los fumaba hasta que sus dedos manchados de nicotina ya casi no tenían de dónde detener la colilla.
Se bebía unas Carta Blancas bien frías mientras veía a su mujer, desde su silla-trono, trapear, barrer, regar las macetas, abrir la incesante puerta y cobrar las rentas.
La rabia se le subía a Dominga y le gritaba que era un huevón, pero él no se movía de su lugar.
Aun así, le ordenó a Chema que la ayudara a sacar a Justino del cuarto, quien, semiconsciente, apenas alcanzaba a arrastrar los pies.
Elia y Rosario, aún cobijadas por el sueño profundo, despertaron por el cimbrar de los muros añejos.
Miraron cómo se desmoronaban sus pocas pertenencias mientras el piso se movía bajo sus pies.
La mesa avanzaba, las sillas se giraban, los platos caían partiéndose en mil pedazos.
Bajaron las escaleras y salieron despavoridas a la calle.
Una parte de la zona de La Merced estuvo antiguamente acotada por dos ramales que provenían del canal de La Viga.
Uno de ellos penetraba por la avenida Circunvalación siguiendo por lo que hoy es la calle de Roldán, justo a la altura de la calle de Manzanares para desembocar al norte del embarcadero de Texcoco.
Es por esto por lo que el suelo parecía tierra movediza, un pantano que ellas temían que las tragara en su viscosidad y del que no pudieran reptar hacia la superficie.
Madre e hija se abrazaban ante los derrumbes que parecían intensificarse bajo el tañido de las campanas de la iglesia, chocando una contra la otra, produciendo un estertor propio de la agonía.
Rosario repetía como en un eco las plegarias que la voz aterrada de su madre no dejaba de pronunciar.
Sus rostros ansiosos se encontraban con los de gente herida y tambaleante.
Súplicas como balidos se mezclaban con el aroma de la muerte.
Rosario sentía una profunda impotencia ante la celosía de sombras que se iba dibujando en aquella madrugada.
Clavando los ojos en montículos de pedacería con huellas ensangrentadas, le corrían lágrimas que iban dejando marcas en la tez polvorienta de sus mejillas.
Escucharon los gritos de vecinos que alentaban a todos a salir. Varios de los hombres, parapetados bajo el quicio de la puerta de la calle, lo sujetaban con todas sus fuerzas tratando de impedir que se cayera y los aplastara.
—Tranquilos, tranquilos, guardemos la calma —recomendaba Matías, que, por cierto, estaba de turno.
Para variar, había llegado un día antes a bajarle las estrellas a Socorro.
Matías sabía exactamente dónde tocarla y cómo desarmar su voluntad.
Ella lo había ignorado unos minutos, haciéndose la muy ofendida por la forma en que se fue la última vez, pero bastó una caricia para que cediera otra vez: fue inevitable seguir conteniendo el deseo acumulado durante semanas.
Más contenta estaba aún de haberlo recibido, ya que, al menos en estas circunstancias, él la estaba tratando de proteger; de otra forma, hubiera pasado sola por este tremendo susto.
En la calle, un hombre gritaba: «¡Ayuda, ayuda!
». Tenía las vísceras de fuera en un charco de sangre, huesos rotos y rajadas de vidrio en la piel.
Una mujer de aspecto confuso se sostenía el vientre abultado con una mano y, con la otra, cargaba a una chiquilla hilvanada a su cadera.
Las familias trataban de no perderse en el tumulto.
Todos agazapados, abrazándose ante el terror.
Ni los temblores de aquellas paredes ni los de los cuerpos indefensos y atrincherados pudieron evitar que doña Dominga tratara de regresar a la vecindad a salvar a sus periquitos, pero, en cuanto Matías la avistó, le ordenó a Socorro retenerla mientras él entraba corriendo al patio.
Socorro se restregó las manos, nerviosa.
Fueron solo unos instantes en los que el hombre desapareció entre la enorme burbuja de polvo, pero a ella le parecieron interminables.
Al entrar a la vecindad, lo primero que notó Matías fueron las macetas de barro rotas que exponían sus raíces.
La afanosa búsqueda le tomó unos momentos; nada estaba en su lugar.
Por fin, reapareció el héroe, jaula en mano.
Domi no dejaba de agradecerle llorando, más que si hubiera sido Justino el que se hubiera quedado atrás.
Cuando lograron calmarse, una réplica hizo resurgir el pánico.
Como en una de las plagas bíblicas, los segundos se hacían eternos y lo único que quedaba era pensar en la fragilidad de la vida.
Era la suerte, mala o buena, de estar en el lugar correcto; así, al azar: un sitio equivocado, haberse quedado a trasnochar en casa de la amiga o del novio o haber dormitado en el sofá y no haberse pasado a la cama, significaba que una viga se desplomara encima, librando, o no, al destino.
Una enorme nube de humo gris lo cubría todo en la esquina de Frontera y Álvaro Obregón.
El nuevo edificio, que antes hacía voltear para mirar hasta su último piso, quedó convertido en una mole de dos mil toneladas.
Ausente del latido humano, se convirtió en un fúnebre montón de cemento que aprisionó treinta y cinco apartamentos y a todas las familias que los habitaban.
Cada casa, cada esquina y cada muro estaban a punto de perder, en un crujido, los mitos y leyendas que durante seiscientos años se habían acumulado en ellos. Una multitud corría por la calle.