La piel de las azucenas Aromas de infancia #2
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Aromas de infancia #2

Matías estaba loco por la joven y ella, una amante habilidosa, sabía exprimir los exquisitos jugos que sus mañas le ofrecían.

Él gastaba sin reparo en cuanto capricho la niña deseaba y, cuando, atestada de regalos, no podía cumplirle el último antojo, le cerraba las piernas y la pasión.

Gozaba con ella lo indecible, lo llevaba a un éxtasis que pocas veces había imaginado; además de que se sabía algunos trucos que, como se preguntaba el propio Matías, sepa Dios quién se los habrá enseñado.

Cuando se le privaba del siempre ambicionado lecho por falta de obsequios extravagantes, le surgía el incentivo de seducir a Socorro una vez más.

De recurrir a sus carnes tantas veces exploradas y despojarle de su pequeño capital a cambio de aguantar, noche tras noche, que ella lo besara y le susurrara al oído y lo lamiera y lo abrazara casi sin dejarlo respirar.

Para ella, era amor. Para él, apenas un cuerpo conocido.

Cuando estaba con ella, su mente seguía el vuelo de sus pensamientos, lejos, muy lejos de ahí, dejando la cama de Socorro llena de sombras con las que ella debía conformarse hasta el siguiente encuentro.

En esa vecindad nada se olvidaba y poco se perdonaba, por lo que cada vez que aparecía el «amante cometa», como lo apodaban, las mujeres le retiraban el habla a Socorro, quien les prometía y les juraba por Jesucristo una y otra vez que no le daría ni su cuerpo ni sus ahorros a quien la abandonaba relamiéndose los bigotes en cuanto llenaba sus bolsillos.

Los silencios eran incómodos y agriaban las conversaciones después de la partida, pero, tarde que temprano, las vecinas, viejas amigas, volvían a convertirse en el paño de lágrimas de una Socorro que caía en una profunda tristeza y quedaba destrozada, con la esperanza de que pronto la visitara su mentado Matías, al que, por supuesto, volvería a aceptar.

Su amor no tenía remedio y vivía pensando que quizá, para la siguiente, Matías ya habría escarmentado y se quedaría, porque la vida le hubiese abierto los ojos por fin.

El incidente se hacía público cada que él partía y ella le arrojaba hasta las macetas, tratando de no atinarle porque en el fondo no quería hacerle daño y, desde ese mismo momento, despertaba mojada en sus recuerdos, esperando nuevamente al huésped.

Nada que hacer con esa ilusa a la que no había que bajarle ni la luna ni las estrellas para tenerla.

Después, se arrepentía. Su apego a la religión la llenaba de culpas y prejuicios de los que solo lograba alejarse cuando estaba con Matías, cuando se le olvidaban la moral, los consejos y hasta los salmos que leía constantemente.

Después de todo, Matías seguía siendo su marido, así que no era como que estuviera cometiendo adulterio ni nada por el estilo, pensaba, pero, para exonerarse de cualquier pecado, acudía a la iglesia a orar, aun con más ahínco después del convite con el visitante siempre ansiado.

Comenzaba muy concentrada con el «Padre nuestro que estás en el cielo…

» , pero, de repente, se le enmarañaban los sentimientos y se persignaba, aunque no se arrepentía de lo que su cuerpo sentía en los brazos de Matías.

Se acordaba y lo deseaba y se estremecía; después, volvía en sí y continuaba: «…

santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino.

Hágase tu voluntad…». Se confesaba con el padre, que suavizaba la mirada severa de juez al adivinar de antemano su falta, ya que era la misma de siempre al igual que la penitencia: tres Padres Nuestros, un Ave María y rezar cada noche en descargo de sus faltas y para absolverla de sus culpas.

Humilde, sumisa y obediente, Socorro intentaba cumplir.

No alcanzaba a recorrer todas las cuentas de su gastado rosario cuando Matías ya estaba de regreso.

Socorro tenía un conocimiento muy profundo de las especias, además de un olfato extraordinario.

No había platillo que cocinara que no fuera aromático y no estuviera sazonado a la perfección.

Encontraba un grato sosiego en cocinar. Conforme surgían efluvios de sus cazuelas sobre los braseros, se le dulcificaba el rostro áspero; le palpitaba la cruz que llevaba a la altura del pecho cada vez que sus cucharones de madera se sumergían en la espesura de la salsa negra que parecía hablarle desde su interior, haciendo desaparecer su agitación y su soledad.

Su cuarto de la vecindad, desolado cuando no estaba Matías, era embalsamado por la fragancia que revoloteaba a través de las ventanas y puertas para llegar en ondas invisibles al olfato de los vecinos, deleitándoles.

Sus cazos de cobre, su metate para moler el maíz, sus guajes y el molinillo para batir el chocolate eran sus compañeros.

Una sonrisa se esparcía por todo su rostro, que brillaba de regocijo, cuando llevaba uno de sus famosos moles como obsequio a una reunión; fuera velorio, quince años o bautizo, la tía de todos los moles, como la apodaban, llegaba siempre con su coloradito, su verde o su almendrado.

No se sabía si la invitaban a los festejos por cariño o porque nunca llegaba con las manos vacías: ella y su mole siempre estaban presentes.

Un ritual para Socorro consistía en preparar el guisado.

El barro de sus cazuelas llevaba impregnado el perfume de todo lo que, al calor del fuego, había dejado huella: la sequedad de chiles anchos, mulatos, pasilla y chipotles crujía en sus manos que los estrujaba como hojas de otoño; cacerolas reposando con manteca sobre fogones refulgentes recibían la mezcla de chiles para tostarlos; un comal bien caliente doraba el ajonjolí que despedía su aroma, endulzando el aire; una deliciosa aleación de clavo, pimienta, cacahuate, canela, comino y almendra se molía con los golpes rápidos de la mano del metate.

Al final, dos tablillas de chocolate se unían a lo ya machacado para hacer tintinear la piedra del metatl .

Con la blusa bien remangada, Socorro le enseñaba a Elia a moler jitomates, cebollas y ajos asados para fusionarlos con los ingredientes anteriores.

Dos bolillos duros eran el toque final para seguir triturando con ágil movimiento hasta obtener la finura que deseaba.

De la olla donde había cosido el guajolote, sacaba el caldo que agregaba al ronroneo de la salsa hirviendo.

Por último, las piezas gordas y sonrosadas del ave se sumergían en un hervor para embelesarse de aquel adobo.

La mano morena de esa solitaria mujer paseaba sobre su delicioso platillo, espolvoreando el ajonjolí que se acomodaba como estrellas en la negrura del manjar.

Nada gozaba más la tía de todos los moles que ver a la gente llenar tortillas esponjadas con el picor que, aunque les enardecía la lengua, no podían dejar de comer.

Esa fue la forma en que descubrió que podía contentar su corazón lejos de Matías.