La piel de las azucenas Aromas de infancia
29%

Aromas de infancia

Aromas de infancia

Por suerte, ahí en la vecindad, Elia se reencontró con muchos aromas de su infancia que le entraban hasta por los poros.

Socorro, amante de la cocina, preparaba un mole delicioso cada vez que había cualquier pretexto para convidar.

Ocupaba su mente y sus ganas en moler el cacahuate, en mover lentamente el cucharón de madera en las ollas sobre los fogones, en agitar entre sus manos el molinillo para hacer el chocolate espumoso y espeso.

En cada roce del mango de madera entre sus dedos, lograba agarrar fuerzas para no extrañar tanto a su marido, para aguantar hasta la siguiente visita que él le hacía.

El paladar es un cerrojo, es la entrada por la que los sabores abren con su mágica llave la memoria, le había dicho Socorro cuando vio llorar a Elia mientras se hacía un taco con las delicias que preparaba.

Cómo no llorar si saborear esos platillos era como besar a su abuela; el mismo sabor, el mismo aroma de lo que ella preparaba.

Se le desataba en la boca el almíbar de sus palabras y de sus consejos.

Las emociones llegaban a Elia de nuevo, tan profundas, tan vívidas como cuando se sentaban juntas en la tierra y su viejecita le enseñaba todo lo que ahora sabía acerca de las flores.

Cómo le dolía hablar de ella en pasado. Cómo la extrañaba.

Los olores le penetraban por la nariz y por el pecho, por los ojos y la piel; evocaciones de su familia y de su pueblo eran provocadas por los trozos de guajolote que crujían en el aceite hirviendo, mientras Socorro calentaba tortillas recién palmeadas.

Esa mezcla de efluvios la transportaba a cuando con sus primos se escondían entre la ropa colgada al viento y escuchaban la voz de la abuela Nati llamándolos a comer.

Si cerraba los ojos, podía oír hasta los balidos de las cabras y su campanilleo.

Socorro sabía cuánto apreciaba Elia su cocina, así que la invitaba muy seguido a preparar el mole y los champurrados, esa bebida sagrada de rituales y ceremonias de la época prehispánica.

Le encantaba fundirse en su consistencia espesa con la leche, el maíz, el chocolate, la canela y el piloncillo, y pensar en su pueblo y en su gente.

No podía evitar que le viniera a la mente su esposo, el hombre al que había querido tanto, el padre de Rosario, del que se había decepcionado justo en el momento en que la tierra cubría su féretro.

Maldijo aquel día, maldijo a su compadre y a la mujer del panteón; lo maldijo a él.

Entre los cuidados cariñosos de Yolanda y los platillos de Socorro, por épocas, creía que la nostalgia se le iba curando, pero eran tardes como esa en que los recuerdos, como los sabores, se le acumulaban en la garganta.

«Los pájaros cantan por la mañana porque la humedad lleva su melodía más lejos», le había dicho Yolanda hacía un tiempo.

Elia se quedó con la idea de que el amor de su abuela le llegaba desde el pueblo en ese canto.

Yolanda le platicó a Elia, en uno de esos encuentros en los que cocinaban juntas, que el esposo de Socorro la había abandonado hacía seis años y tres meses, para ser exacta.

Sucedió el 1 de enero de 1951. Matías Salgado cerró la puerta de lámina tras de sí al tiempo que, a través de su boca bigotuda, balbuceaba incoherencias que flotaban entre eructos de los muchos alcoholes con los que había brindado por el Año Nuevo la noche anterior.

—Una mueca indescriptible se dibujó en el rostro de Socorro —recordó Yolanda— por la sorpresa y por lo vergonzoso de la escena que los vecinos presenciamos.

Los niños, que seguían emocionados con sus regalos de Navidad y que compartían el patio jugando, quedaron mudos de asombro y se cubrieron los oídos con las palmas de las manos ante los gritos atormentados de la pobre Socorro —siguió relatando—.

Juvencio, el de la vivienda número cuatro, empachado de tanto brindis y tanto pozole, salió al pasillo ante el escándalo.

Las vecinas y yo, a pesar de ser el primer día del año y después del desvelo, los mariachis y el mezcal, habíamos despertado temprano para echar la masa al comal y tener listas las cazuelas con el recalentado.

Mirábamos a la pobre de Socorro, incrédula, con la sensación de estar en un caleidoscopio.

Un giro y cambió todo. Un giro… Las piezas y los colores de su vida al lado de Matías iban perdiendo simetría, mientras lo veía alejarse entre las filas de sillas todavía alineadas alrededor de lo que había sido la pista de baile la noche anterior.

Recuerdo como si fuera hoy el áspero silencio.

Los farolillos de papel de colores se mecían con el viento suave de la mañana del 1 de enero; el mecate con restos de la piñata de siete puntas atravesaba el centro de la vecindad y el aroma a ponche en los pocillos de barro vacíos se tornó amargo en un instante.

»Pero esa no sería la última vez que veríamos al Matías —continuó Yolanda—: el muy sinvergüenza se presentó con un regalito en mano en cuanto tuvo el primer aprieto y necesitó un lugar donde dormir.

Desde entonces, unos chocolates, un ramo de flores o unos cocoles de anís trae por delante cuando doña Dominga, que para variar anda de malas y se pone de peor humor al verlo, le abre el portón.

A Socorro le sube el rubor a las mejillas en cuanto escucha su voz, lo mira con ojos vidriosos y lo deja entrar a su cuarto.

¡Ay!, cómo me choca verle la sonrisa triunfante cuando cierra la puerta.

Ya luego Socorro me cuenta de los besos húmedos que le da entre los senos; a mí qué me importa lo que le hace o le deja de hacer.

Yo lo que quiero es que no la lastime, pero, para ella, el Matías es una obsesión —concluyó Yolanda.

Con el tiempo, Elia se dio cuenta de que el chisme corría en la vecindad como estopa prendida en llamas.

Se murmuraba, criticaba y se enjuiciaba a una Socorro que, envuelta en el olor a sudor y sexo de Matías, parecía ensordecer.

Cuando una vez más la dejaba como novia de rancho, ella juraba que no lo volvería a dejar entrar.

«¡Cabrón, hijo de puta!», le gritaba mientras le arrojaba trastes y cucharones de metal desde el balcón del segundo piso.

Una variedad de objetos golpeaba el cemento y se rompían en mil pedazos, como el corazón de la pobre mujer, hasta la próxima ocasión en que él ahogara con besos ebrios las majaderías que salían de la boca de Socorro al tiempo que le hacía el amor.

Se había enamorado de él a pesar de las advertencias de amigos y familiares que conocían la fama de mujeriego que lo precedía: «No te conviene, te va a hacer sufrir además de dejarte con media docena de chamacos», le auguraban todos, pero, deslumbrada por la labia y los rasgos de aquel hombre bien parecido, ignoró consejos y observaciones.

Y Matías, como su padre y como su abuelo antes que él, era un hombre de faldas.

Socorro siempre acababa por ceder, acababa por enredarse con brazos y piernas, con jadeos y caricias para ese hombre que la utilizaba, pero al que ella seguía queriendo, a pesar de sus apariciones intermitentes, de su irresponsabilidad, de su creciente barriga, de sus embustes y chantajes, envueltos en un amante excepcional.

Sus visitas eran así, inesperadas, más cortas de lo que ella deseaba.

Además, le dejaban el bajo colchón vacío de los billetes que con tanto esfuerzo ella juntaba a base de remendar ajeno.

Dios no le había concedido el privilegio de ser madre; solo en eso se habían equivocado las lenguas que tantas veces lanzaron sus advertencias, así que lo que ganaba le alcanzaba para sus pocos gastos y para ahorrar.

Para qué, bien a bien no sabía, pero su madre siempre le había recomendado ahorrar para la vejez.

Elia jamás había indagado nada, jamás quiso escuchar los rumores que, como serpientes venenosas, reptaban por el barrio entero.

«No hay peor ciego que el que no quiere ver», decían al referirse a la situación de Socorro.

En el fondo, temía saber la verdad, una verdad a voces que a nadie debía importarle más que a ella.

La única que no asimilaba que su marido se había metido con la hija menor de edad de un coronel del ejército.

El militar, de enterarse, no dudaría en romperle las piernas a Matías de dos batazos.

Se regocijaría viéndolo en convulsión bajo los efectos de los toques eléctricos que le aplicaría en los testículos.

Ya como acto piadoso, le metería un plomazo entre los ojos para dejarlo por fin descansar.

Veinte años mayor que la muchacha de boca sensual y ojos castaños; estaba enamorado hasta las chanclas, como decía él.

Las ganas le salían por los ojos cada vez que la joven parecía deslizar sus pasos acompasando un romántico tema musical.