Noticias de cambio
Noticias de cambio
Elia tenía rato de haber llegado de su trabajo en Cirios La Soledad y estaba terminando de regar sus macetas junto a la ventana.
Amaba las plantas, una pasión que había heredado de su abuela allá en Veracruz y que, con distintos colores y aromas, contrastaba y embellecía la escasez de la habitación.
Escuchó un golpe suave en la puerta. Al abrirla, se encontró con Yolanda, su vecina y amiga, que traía consigo una noticia que no podía esperar a compartir.
—¡Elia! —exclamó, entrando casi sin ser invitada—. ¡Tienes que escuchar esto!
—Dime, dime, ¿Qué te traes que vienes tan acelerada? Ya me dio curiosidad —comentó Elia mientras le ofrecía una taza de chocolate que acababa de preparar y que la otra aceptó sin dejar de hablar. Se acomodaron en el viejo sofá y Yolanda, visiblemente emocionada, comenzó:
—He oído rumores —dijo, bajando un poco la voz como si estuviera revelando un secreto de Estado—.
Dicen que el año que entra, en la zona de Jamaica donde se venden flores, van a construir un mercado en forma.
Un mercado de verdad, con puestos fijos y todo.
Dicen que habrá un concurso para asignar los puestos —explicó—.
¡Se me ocurre que podrías participar para tener un espacio propio, tener tu negocio!
Elia se quedó en silencio por un momento, dejando que las palabras se le asentaran. La idea de tener algo propio era tentadora. Significaba estabilidad, seguridad para Rosario y una oportunidad de mejorar su situación.
—¿Cómo será ese concurso? —preguntó finalmente, quería saber más detalles antes de emocionarse.
—Pues bien, bien, no lo sé —admitió Yolanda—, pero dicen que los interesados tendrán que presentar una propuesta, mostrar cómo manejarán el puesto, qué tipo de flores venderán y cómo planean atraer a los clientes.
Los primeros que van a tenerla segura son los que ya despachan en los tenderetes improvisados en las calles, allá por Resurrección y San Esteban, ahí mismo, en el cruce.
Elia suspiró, pensando en las largas jornadas y en que dejaría a Rosario mucho tiempo sola.
Después de todo, el horario de trabajo en la tienda de velas le daba para ver a su hija cuando se iba a la escuela, darle de desayunar, volver, aunque fuera un ratito, para la hora de la comida, pues una compañera la cubría, y regresar para cenar con ella y charlar un poco.
Sabía que tenía el conocimiento y la pasión para manejar un puesto en un mercado, pero la idea de que la chica estuviera sola desde la madrugada, en que habría que ir a recibir las flores frescas, la llenaba de dudas.
—No sé —opinó, mordiendo su labio inferior—. Parece una gran oportunidad, pero también un gran riesgo.
Yolanda tomó la mano de la joven y la apretó con fuerza.
—Lo sé, amiga —dijo con voz suave y firme a la vez—, pero piensa en lo que significaría para ti y para tu hija.
Un lugar fijo, sin tener que preocuparte por el futuro de tu niña.
Ella podría seguir en la escuela y después, a la larga, con todo lo que va a aprender, ayudarte con las cuentas, con hacer más grande el negocio.
Es un local que le vas a poder heredar porque así funciona: los hijos reciben la concesión y así se va por generaciones.
Además, tú eres la mejor vendedora que conozco.
Ya ves qué contentos están los de los cirios contigo, dicen que sus ventas aumentaron desde que llegaste.
Si alguien puede ganar ese puesto, eres tú.
Quizá era la primera vez que veía a su vecina emocionarse con algo.
Sus palabras resonaron en el corazón de Elia, que se sintió feliz al darse cuenta de que para Yolanda esto podría significar un proyecto de vida.
Miró a su alrededor, tomó en cuenta su modesto hogar, la cara sonriente de su hija en las fotos colgadas en la pared y las plantas que había cuidado con tanto esmero.
Decidió que valía la pena intentarlo, por ella, por Rosario y por su amiga, que parecía, desde que la conoció, estar viva por primera vez.
—Está bien —aceptó finalmente, con una mezcla de determinación y nerviosismo—. Lo haré. Participaré en el concurso, pero tú me tienes que ayudar y, si ganamos, trabajarás conmigo.
Yolanda sonrió, satisfecha de haber convencido a Elia, en quien ponía las esperanzas que nunca había tenido para sí misma.
—Eso es lo que quería escuchar —exclamó, levantándose del sofá—.
Y no te preocupes, te ayudaré. Juntas podemos hacerlo.
Elia asintió; una renovada fe crecía en su interior.
El futuro era incierto, pero ahora tenía una meta clara y una amiga incondicional a su lado.
Mientras el sol se ocultaba detrás de los edificios, las dos mujeres comenzaron a planear el camino hacia una nueva oportunidad en el mercado de flores de Jamaica.