Bautismo en la vecindad #2
Le costó trabajo incorporarse, se llevó la mano a la frente para descubrir que tenía sangre; se había golpeado contra el asfalto cuando, agarrándolo de la pretina del pantalón con una mano y de la camisa con la otra, un hombre fortachón al que recordó haber visto cuando llegó a la cantina, lo arrojó a la calle como una bolsa de basura.
Metió las manos en los bolsillos, estaban vacíos.
Lo habían desvalijado y, con toda seguridad, el dueño, las prostitutas, el cantinero y hasta el muchachito que tenía la misión de ofrecerle copas eran cómplices.
Un terrible dolor le reventaba la cabeza en pinchazos que iban y venían.
Caminó muchas cuadras hasta llegar a la vecindad.
Jaló la cuerda que daba vida a la campanilla por dentro del portón de lámina, reforzada en las orillas.
—¡Ya voy, ya voy! —Se oyó gritar a Socorro, que abrió malencarada y con una bata de toalla a medio vestir.
—Pa’ luego es tarde —dijo Justino, apurando a Socorro.
—¡Santo Niño de Atocha! —exclamó—. Son las cinco de la mañana, qué barbaridad; mira en qué estado estás. Vienes borracho, ¿no te da vergüenza? Qué disgustos los que le das a tu pobre vieja —murmuró entre dientes mientras cerraba el portón.
Justino abrió la habitación con la llave que dejaba siempre bajo la maceta de la entrada.
De puntillas, se dirigió a su cama. Por suerte, Dominga gozaba de un sueño casi imperturbable y sus ronquidos lo demostraban.
Se quitó la ropa maloliente y manchada con gotas de su propia sangre y la lanzó sobre la silla de madera que ocupaba la esquina.
Se dejó caer desnudo sobre el catre. Cada vez que trataba de recordar lo que había pasado, las imágenes se cubrían por un nubarrón.
Se quedó dormido; los restos de alcohol en su organismo viajaban todavía por sus venas y lo mantenían atarantado.
Entre sueños creyó reconocer la voz de Dominga; abrió los ojos y la vio parada frente a él con un enojo que hacía que en sus sienes se notaran, a simple vista, los latidos de su cólera. Él se dio cuenta de su desnudez y se tapó los genitales con las manos.
—Mejor preocúpate por explicarme por qué llegas así; es la cuarta en lo que va del mes y apenas entramos a la segunda quincena.
¿No te cansas de tomar? ¿No te cansas de las parrandas, de las viejas y de los amigos, que no son tan amigos si te inducen a beber cuando saben que estuviste jurado todo el año pasado?
Un día de estos me vas a matar, de verdad que me vas a matar de un disgusto.
¿Sabes todo lo que podríamos hacer con el dinero que te gastas en alcohol y en putas?
—gritó Dominga, sin preocuparse por que la escucharan los vecinos.
Justino cerró los ojos; todo le daba vueltas y los reclamos de su esposa retumbaban en su cabeza y en sus oídos con un estruendo casi insoportable.
Dominga abrió la ventana que daba al patio central de la vecindad.
La luz, el aire y el ruido entraron en ráfaga, golpeándole los sentidos de repente.
Se tapó la entrepierna con la cobija arrugada cerca de sus pies y se llevó las manos a los ojos, tratando de atenuar el resplandor que lo aturdía.
Respiró varias veces para poder seguir soportando las protestas de su mujer, que le ofreció una taza de café negro bien cargado, a ver si con eso acababa de reaccionar.
Lo sorbió poco a poco y se fue reanimando.
Aprovechó que Domi estaba tallando unas ollas en el fregadero para ponerse ropa interior, pantalones y una playera de cuello redondo, así ella no notaría la ausencia de la cadena con la cruz de oro.
Pero era demasiado tarde, desde que se acercó a él cuando estaba tumbado en la cama, fue lo primero que advirtió.
El momento que tanto había temido desde que llegó a casa casi inconsciente había llegado y no podría evitarlo.
—¿En dónde está la cruz? —reclamó Dominga.
—Perdóname, mamacita chula —le respondió, frunciendo los labios y encogiendo los hombros.
—¿Cambiaste la cruz por unos tragos? Dime la verdad, Justino, dímelo.
—Estaba tomado —se hizo un silencio sepulcral y luego continuó—, pero no vendí la cruz, te lo juro. Mira, ¡por esta! —añadió, llevando a sus labios el pulgar sobre el índice—. Me la robaron. Me la robaron. —Suspiró y unas ganas irrefrenables de vomitar le impidieron proseguir.
Corrió al baño que compartían con los vecinos; por suerte, estaba desocupado y llegó justo a tiempo para devolver todas las imágenes de la noche anterior.
Las carcajadas de las prostitutas, la burla del cantinero, la música de la taberna, los gritos de un par de fortachones que se habían agarrado a golpes.
Todo le vino a la cabeza mientras su estómago convulsionaba.
Por más que Dominga le echaba sus letanías, estaba muy lejos de hacerle caso: que si seguía con los vicios nada iba a poder hacer por él; que lograría quedar más pobre que una rata y seguir ganándose palizas por no poder pagar sus deudas.
Recordó que, cuando trató de defenderse y pelear, la torpeza de sus movimientos bajo los efectos del tequila, o del aguardiente o de lo que fuera que había bebido, le hizo fallar los puñetazos que intentaba lanzar a sus contrincantes.
Sin embargo, aquellos no estaban borrachos y con solo dos golpes en el vientre lo dejaron sin aire y ovillado en el suelo.
Ahí aprendió que era absurdo tratar siquiera de defenderse, además de que ellos siempre eran dos o tres.
Uno lo sostenía por detrás de los hombros y los brazos, los otros dos lanzaban golpes a diestra y siniestra en el rostro, el vientre y el pecho para, al final, dejarlo sin aire y soltarle una última patada para rematarlo.
Eran muchas ya las veces en que parecía haber tocado fondo, en que parecía resuelto a dejar atrás las drogas y el alcohol.
Por momentos, se llenaba de entusiasmo, de fuerzas renovadas para cumplirle sus promesas a la Virgencita y a su esposa, pero, en cuanto sus amigos lo volvían a buscar, la tentación lo vencía para seguir la vida a medias.