Bautismo en la vecindad
Bautismo en la vecindad
Rosario regresaba del colegio, cantando, como siempre.
El Jaibo, con pedigrí de barrio, estaba suelto.
Mordisqueando lo que quedaba de una muñeca de plástico, corrió con furia hacia Rosario y la acorraló en una esquina.
Movía la cola mocha de escaso pelaje grisáceo y babeaba sin cesar mientras le mostraba los rancios colmillos.
Justino pegó un grito que hizo que el perro corriera hacia él.
Le puso su mecate alrededor del cuello y lo amarró al barandal.
—Ahora sí, mi chula, creo que merezco que me recompenses por salvarte del Jaibo —dijo.
A Rosario le temblaron las piernas en cuanto reconoció la voz rasposa.
Con la mirada de quien se siente con poder sobre los demás, la agarró de la cintura sin darle oportunidad de alejarse.
Su cuerpo olía a grasa y a sudor. Desafiante, la jaloneó hacia el cuartucho en donde su esposa guardaba lo necesario para la limpieza.
Entre escobas destrozadas que habían barrido suciedad y desperdicios, cubetas manchadas, cajas de cartón y jergas exhaustas, la aprisionó contra la pared que desplegaba un calendario colgado de un clavo con fotografías de mujeres desnudas.
Estaba oscuro, aun así, Rosario alcanzó a distinguir que en sus pantalones se marcaba una erección.
Trató de besarla, pero ella le volteó la cara con asco.
Sintió el calor de su aliento en el cuello.
Justino no pudo forzar el beso, sus manos estaban ocupadas sosteniendo los brazos de su víctima.
Las imágenes de lo que había presenciado, tan solo unos días antes, en El Carrusel la invadieron, junto con la historia que recién le había contado Chema sobre el accidente de Justino.
De pronto, sintió el calor del miedo entre las piernas, se dio cuenta de que se había orinado.
Tenía el corazón a galope. La vista clavada en las tuberías desnudas, con sus cientos de años oxidados.
En ese momento, se escuchó el ruido que hizo uno de los macetones que señalaba la portería de fútbol en el patio.
El tiro afortunado había roto el barro y los gritos de Dominga, reprendiendo a los niños, se acercaban.
Fue entonces cuando, por fin, la soltó. Sus manos grandes y sudorosas se quedaron marcadas en sus carnes y, al percibir su humedad, le dieron ganas de vomitar.
Rosario se acercó a la puerta. Él volteó a verla e hizo una mueca parecida a una sonrisa.
—Por aquí nos estamos viendo, mi chula —le asestó, arreglándose el pantalón—. Ah, y más vale que no digas nada —añadió, adelantándose a su pensamiento—, porque yo me encargo de ponerlas, a ti y a tu mamá, de patitas en la calle.
La joven tragó saliva. Tragó miedo. En cuanto escuchó esa amenaza de boca de su agresor, decidió que no diría nada, ni a su madre ni a Chema. Ese fue su bautismo en la vecindad.
Imaginó que no se tiene que ser culpable de algo para sentirse culpable, para ser perseguida por pensamientos aterradores.
Salmos y versículos completos de la misa del domingo se le venían encima: «Gálatas 5:19: Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad… ».
«¡Pero yo no hice nada! ¿Soy ahora inmoral? ¿Soy impura?», pensaba.
«Pedro 2:14: Tienen los ojos llenos de adulterio y nunca cesan de pecar; seducen a las almas inestables; tienen un corazón ejercitado en la avaricia; son hijos de maldición».
Ese versículo, sin duda, describía a Justino.
¿Había ella provocado eso? Dudó por un momento.
Del púlpito a su mente, las palabras del sacerdote se le clavaban envenenándola.
Pasó noches enteras entre el sueño y la vigilia.
Las imágenes, alimentadas por su propia angustia, se apoderaban de su alma una y otra vez.
Deseaba que esas visiones se borraran de su cabeza, pero ni todas las fuerzas en sus párpados apretados ni todas las lágrimas lograban lavar los espejismos.
Como habría de enterarse con el tiempo, Justino tenía antecedentes penales.
Se llevaba con malandros con los que se amanecía inhalando pegamentos, trapos empapados de tíner o gas de encendedores, que lo convertían en lo que quería ser: un personaje que solo existía durante esas horas de alucinación y que le permitía ver lo que deseaba a través de sus pupilas dilatadas.
La falsa realidad parecía hacerlo feliz al menos por unas horas para después poder soportar su propia existencia.
Los callejones laberínticos del barrio eran perfectos para la venta de marihuana.
No había corretizas ni perseguidos ni perseguidores.
Era muy fácil esfumarse en tan solo segundos, clientes y vendedores por igual.
Nada pasaba desapercibido en un barrio que a veces olía a magia y otras a sangre.
Saber todo esto le inspiraba más miedo. Justino y su colección de amistades se unían bajo botellas de alcohol, aunque tuvieran que paliar la realidad cuando pasaba el efecto.
¿Cómo podía ese hombre gastar en vicios el dinero que su esposa juntaba con tanto esfuerzo para tener pan en la mesa?
¿Cómo se atrevía a verla a los ojos después de pasar la noche amenazando a los transeúntes con su navaja para robarles y comprar drogas rebajadas con matarratas?
—Mi Domi, no te enojes, ni es tan tarde —le respondía a su esposa, arrastrando las palabras como silbidos de serpiente.
Y así, entre tropiezos, entraba Justino a su cuarto para completar aquella trinidad de desgracia: madre, hijo y ningún Espíritu Santo.
Unas semanas después de lo ocurrido con Rosario, se le vio entrar en una cantina oscura. Ocupó una mesa solitaria y pidió un tequila, que no le duró ni un par de minutos en la mano.
—¡Otro igual! —le ordenó al muchacho, apenas adolescente, que, bajo las instrucciones del dueño del local, estaba muy al pendiente de las peticiones de la clientela y de ofrecerles más en cuanto la copa se vaciara.
Un par de trabajadoras sexuales se paseaban entre las mesas llenas de borrachos que no podían articular una palabra.
Una era joven y, aunque parecía ser muy menuda, la ropa tan ceñida a su cuerpo hacía que sus senos saltaran a la vista.
La otra, alta y de caderas anchas, se contoneaba de un lado al otro en medio de un paseo seductor.
Esta última divisó a Justino, que estaba solo, pensativo y con su segundo tequila en mano.
Se sentó junto a él, aun sin haber sido invitada a hacerlo.
Comenzó a sacarle charla, pero él no parecía interesado.
Aun así, ella siguió hablando y acercando cada vez más su silla a la del hombre que había elegido como presa.
—¿No me vas a invitar una copa, guapo?
Sintiéndose obligado, Justino llamó con un tronar de dedos al joven:
—Un tequila para la —un titubeo en su voz terminó por pronunciar, no muy convencido—, para la… señora.
Hacia el cuarto trago, la mujer sostenía en una mano la copa y con la otra acariciaba el miembro de su víctima mientras le susurraba y sonreía al oído.
Él comenzaba a ceder ante la seducción; su tacto, aligerado por los tequilas, recorría los senos, la cintura y las caderas de la dama que parecía estar muy atenta a lo que el hombre desparramaba entre balbuceos incomprensibles en un arrastre de sílabas sin sentido.
La estrategia era casi siempre la misma, infalible la mayoría de las veces: identificar a un hombre solitario, que se viera nostálgico o deprimido, que tuviera pinta de traer dinero y ropa que anunciara que quizá debajo del puño de la camisa portaba un reloj que valiera la pena.
La meretriz tenía ya bien medido que, cuando el cliente cambiaba su estado melancólico por risas ligeras, provocadas por el alcohol recorriendo su cuerpo, era momento de excitarlo para que acabara de «aflojar».
De ahí, seguían otro par de tragos y la irresistible invitación a bailar pegadito, muy pegadito, rozando muslos y pecho para luego seguir en el baño lo que habían comenzado.
Un beso suave y húmedo, luego las manos bajo la blusa y las caricias en los senos.
Los labios en el cuello y, de pronto, un apagón.
Para cuando Justino recobró el conocimiento, se encontraba acostado en la banqueta del callejón oscuro que daba a la puerta trasera del establecimiento.
Le faltaban los billetes de la bolsa trasera del pantalón, el reloj, que a su vez había robado unos días antes, y la cruz de oro que llevaba en el cuello desde hacía años y que nunca se había quitado; se la había regalado Dominga cuando recién se casaron, para que lo protegiera y lo acompañara siempre.
Lo habían despojado de aquel crucifijo del que no podía prescindir y el susto de no tenerlo le hizo recuperar la conciencia de golpe.
Se enojó con él mismo por haberse dejado engatusar tan fácilmente: «¡Eres un pendejo!
» se gritaba golpeándose la cabeza con la palma de la mano.
Dejó de pegarse para caer en una terrible aprehensión, pensando en lo que le diría a su mujer cuando le preguntara por qué no llevaba puesta su cruz.
La sola idea de tener que responderle le punzaba mucho más que los golpes que se propinaba.