Juntos
Juntos
Rosario descubrió el cine gracias a Chema, que la invitó al Palacio Chino.
No paró de reír con El analfabeto ni de morirse de miedo con El ángel exterminador .
La jovencita agradecía haber encontrado en el hijo de la portera un aliado.
Elia, sin embargo, no dejaba de preocuparse por su hija, pues no olvidaba la mirada de Justino cuando se conocieron.
Era de la firme idea de que «de tal palo tal astilla», por lo que confiaba poco en Chema; sobre todo, después de haberlo visto pasar noches enteras bebiendo con sus amigos.
Pero Rosario comparaba esa amistad con la relación entre las compañeras de la escuela, lo que hacía que apreciara aún más lo cómoda que se sentía a su lado.
Juana la había escogido como el blanco de sus ataques y Ramona, débil como era, no se atrevía a andar con ella, por más que quisiera, por más que la pasaran bien juntas las pocas veces que Juana no había ido a la escuela y tuvieron la oportunidad de convivir, pero el miedo de Ramona era mucho más poderoso que los buenos ratos.
De las demás chicas, Rosario ni siquiera conocía los nombres; le molestaba la manera en que la miraban y sabía que era por lo que Juana les decía.
Lástima que su supuesta amiga, Ramona, no encontraba cómo parar o desmentir los rumores que corrían.
Rosario no sabía lo que se decía o si de verdad creían lo que escuchaban, pero le molestaban los calificativos que le habían impuesto, le dolían.
Era la rara, la sotaca, la popotitos, en fin, la guasa de la que todas se reían.
Se burlaban de las respuestas que daba en clase, así que optó por callar y hacerse invisible para evitar el acoso.
Ya había comprobado que ser abierta y amigable era hacerse vulnerable ante los ataques.
Mientras menos supieran de ella, mejor. La emoción de conocer a alguien nuevo en la escuela se había apagado desde el primer día, así que se dedicaba puramente al estudio y no a socializar, total, ya contaba con Chema, no necesitaba a nadie más.
A veces, pensaba que Juana peleaba con los demás para escapar de lo que seguramente le pasaba a ella.
No sabían nada de su familia, de dónde venía, si tenía hermanos, si vivía con sus padres.
Todo acerca de ella era un gran misterio, salvo que le gustaba molestar a los demás.
Quizá estaba llena de complejos, de secretos que ocultaba celosamente tras su manera de ser.
Seguro que escondía un montón de problemas.
«Quizá le pegan en su casa», pensaba Rosario.
Ese carácter a lo mejor se le había formado a base de confiar en quien no debía.
Prefería entonces humillar que ser humillada, odiar, burlarse, hacer sufrir y sentir que así se protegía.
Era la única explicación que podía imaginar.
Los fines de semana eran más emocionantes porque iba con Chema a todos lados.
Este chico emitía unas carcajadas particularmente ruidosas y eso, lejos de avergonzarla, la hacía reír aún más.
Él le había explicado muchas cosas de la vida diaria en la gran ciudad que Rosario, a veces, no comprendía.
Por ejemplo, que los zapatos colgando de los cables de luz, que tanto llamaban su atención, hacían alusión a la frase: «Ya colgó los tenis».
Con esto se anunciaba a los vecinos la muerte de un familiar.
Se elegía el calzado con el que más había caminado el difunto, le había comentado Chema, para que así pudiera, con sus zapatos, recorrer el largo camino a la eternidad.
También la hizo ver que esa era una añeja tradición envuelta en cierto romanticismo, como muchas otras.
Sin embargo, ahí, en el barrio de La Merced, los zapatos colgados en las callejuelas eran un símbolo de las pandillas que usaban la antigua costumbre como forma de mostrar un trofeo: cada par de zapatos correspondía a una víctima de asesinato.
Su lugar secreto, el hospital de pájaros, fue testigo de aprecio y de confesiones.
Se veían ahí casi a diario. Se contaban lo que con nadie compartían, se fueron conociendo, se adivinaban el pensamiento.
En uno de esos encuentros, Chema le platicó que su madre, doña Dominga, Domi, para los residentes más antiguos, heredó el oficio de Justino debido a un accidente.
Antes, cuando su esposo era el encargado de la vecindad, Dominga se dedicaba a vender lo que cayera en sus manos, formaba parte del gremio de vendedores ambulantes que se tendían, aun en contra de las autoridades que lo prohibían.
—«¡Ahí viene la camioneta!», gritaba alguno que pasaba el pitazo y se echaban a correr; en ocasiones, con la mercancía y, otras veces, cuando ya no daba tiempo, dejaban todo ahí en el piso y la policía lo confiscaba diciendo: «¡Esto no es un tianguis, es la vía pública!
». Al día siguiente, conseguían algo nuevo para vender, desde fayuca hasta chácharas, tacos o aguas frescas —le contaba Chema a Rosario.
»Dios nos ha socorrido porque nunca nos hemos quedado sin comer —continuó—.
La estrategia era cambiar de calle: que si Anillo de Circunvalación o Jesús María; que si Correo Mayor o Roldán.
Cuando se nos avisaba con suficiente tiempo que llegaban los inspectores, mi mamá recogía rápido todas sus chivas y se metía a alguna vecindad o tienda cercana, donde le daban chance de esconderse unos minutos.
—¡Ay, Chema! No tenía idea de que tu papá había tenido un accidente.
—Sí, fue hace ya un tiempo y coincidió con que se llevaron a mi mamá de las greñas a la cárcel por vender en la calle, aunque les ofreció unas chelas a los polis.
—¡Ay, Dios mío! ¿Y entonces qué pasó? —preguntó Rosario con interés.
—Mientras mi mamá estuvo un par de días allí encerrada, yo atendí a mi papá que estaba reteamolado.
No ayudaba en nada, pero bien que daba órdenes.
A veces, a propósito y para hacerlo enojar, me tomaba mi tiempo cuando me pedía algo; después de todo, ese accidente lo había tenido por ir a llevarle unas flores a su amante.
—¿Su amante? —preguntó la joven abriendo los ojos sorprendida— ¿Y tu mamá sabía?
—Mi mamá y toda la vecindad.
—Y ¿tú también? —inquirió con aún más curiosidad.
—Pues, claro. Por eso, me dio tanto coraje y, por eso, no nos compadecimos de él.
Cuando salió mi mamá de la cárcel, mi papá se dedicó a tomar.
Después de un tiempo, mejoró de la pierna y las costillas que se le quebraron, pero, ya de plano, mi mamá se quedó a cargo de la vecindad.
Me acuerdo de que, cuando fui por ella al penal, salió gritándoles a los policías: «¡Enséñeme dónde dice que es un delito ganarse la vida honradamente! ».
Rosario entendió por qué cada día era más grande el desgano con que la portera, con su paso renqueante, salía a atender el escandaloso timbre: «¡Ya voy, ya voy!
» , iba gritando al tiempo que arrastraba las pantuflas y sacaba su manojo de llaves amarradas a la cintura bajo el mandil.
Sus días comenzaban temprano. Primero, ponía a calentar su pocillo de café; enseguida, despertaba a su hijo, a quien, como a cualquier adolescente, se le pegaban las sábanas como sanguijuelas.
Aquellas rodillas torcidas, que parecían cargar algo muy pesado, barrían la banqueta de la calle.
Ya a esas tempranas horas, las siluetas del barrio se formaban vagamente para ir tomando fuerza conforme pasaban los minutos.
Los baldes de agua sucia y los riachuelos grisáceos, muy parecidos a los que recorrían sus piernas en forma de venas abultadas, se iban por las coladeras, indicando que el patio estaba limpio.
Aquel espacio abierto había sido cercado por tristezas, pérdidas, curiosidad, rezos, jadeos, risas, olores de infancia, vientos de fe y de almas añejas que rondaban sus gruesos muros.
De vez en cuando, Dominga recibía un escupitajo que le caía en el enjambre de cabello.
La grosería venía del segundo piso de entre los barrotes de hierro que escondían a unos chamacos revoltosos a los que les hacía mucha gracia la travesura hasta que la portera, de rostro tan duro como el mundo donde vivía, los correteaba con la escoba en mano, dispuesta a darles una buena paliza y gritándoles una serie de amenazas ensartadas por el «¡Ya verán si los agarro! ».
Se iba a hacer su mandado y se tardaba horas entre que saludaba y recogía chismes con cada marchanta de quien obtenía las últimas noticias del barrio.
En la parte baja, alrededor del patio, vivían los más pobres, los que apenas podían pagar la renta, la cual se retrasaba más allá de los primeros días de la quincena.
Darle la cara a la portera, que sin falta hacía su ronda de cobros, era lo difícil.
Tener que suplicar por una prórroga, explicar que había perdido el trabajo en la obra en la que estaba como albañil o que su mujer estaba encinta nuevamente le partía el corazón a cualquiera.
Chema y Rosario se ayudaban en proyectos, se daban ánimo, se hacían compañía, se refugiaban tras las alas heridas de aquellos pájaros a los que asistían para que pudieran de nuevo volar.
Acuclillada sobre la caja que los resguardaba, Rosario escuchaba lo que su amigo le revelaba acerca de sus padres mientras se calentaba las manos con el aliento para revisar a una de las aves; de pronto, Chema acarició con suavidad su mejilla.
Rosario se echó para atrás en un movimiento instintivo.
—Perdón, perdón —exclamó de inmediato el muchacho—, no quise asustarte, pero es que… te ves tan bonita.
Rosario no pudo evitar sonrojarse y se levantó cruzando los brazos sobre el regazo.
—No quisiera que echáramos a perder esta amistad que es solo eso: amistad —contestó con determinación.
—Tienes razón, te prometo que no volverá a suceder —le aseguró, arrepentido, mientras también se ponía de pie.
Poco sospechaban del vuelco que daría la vida.
Tendrían que resignarse a amasar culpas y vivir con coraje, ese que se gana para afrontar el sufrimiento, que se traduce en fuerza de voluntad a pesar de los impedimentos.
Pero también con otro tipo de coraje: el de la rabia que produce confiar en alguien que está a punto de cambiar la historia de todo un linaje.